El coaching es una práctica cuya implementación en empresas e instituciones con miras a mejorar su desempeño difícilmente resulte ya extraña a nadie. Sus términos se han incorporado al léxico empresarial y, en paralelo, crece el número de herramientas que la enriquecen. En la empresa, como en toda organización o grupo humano, su ámbito de influencia es doble; ya que en el mismo proceso puede trabajar para liberar el potencial creativo y productivo del grupo, tanto como del individuo, con claros beneficios para ambos.

 

De este modo, se recurre al coaching para reforzar la comunicación y el trabajo en equipo, resolviendo conflictos en el aquí y el ahora de la empresa. Al mismo tiempo, el trabajo con el coach puede resultar enriquecedor para cada uno de los intervienientes en el proceso. Ya que, a nivel personal, ayuda a contactarnos con nuestras cualidades y enfocarlas hacia la consecución de metas propias.
Sin pretender confundirse con una terapia, el coaching abreva en diferentes fuentes dpara implementarlas en el trabajo diario con ese organismo complejo y dinámico que constituye cualquier conjunto de personas. Cristina Schwander, directora de la Diplomatura en Liderazgo Coach e Inteligencia Emocional, nos brinda algunas claves sobre cómo afrontar el manejo de las emociones dolorosas, mal llamadas negativas, desde la técnica mindfulness. Al practicar esta serie de pautas e integrarlas al trabajo profesional, podemos adquirir una habilidad particularmente valiosa en esos momentos en los que el miedo, la indignación, incluso la vergüenza, salen al paso y amenzan con derribar lo construido.
“Toda emoción es una señal. Las emociones no son buenas o malas, están allí. Como mamíferos que somos siempre estamos en una emoción: tenemos emociones para protegernos. Para advertirnos, para unirnos, para movernos, explica Cristina, y cuenta que, desde su etimología, la palabra apunta a la idea de movimiento. Emoción deriva del latín emotio, del verbo emovere: hacer mover; incluso, sacudir. Es por ello que manejar las emociones nunca significará negarlas o buscar el hipercontrol, reprimirías sino reconducirlas,  canalizarlas hacia un desarrollo positivo.
Para tal ejercicio de voluntad, recomienda el libro Aprender a practicar Mindfulness, de Vicente Simón. En el capítulo titulado “Emociones”, el autor trata la manera de gestionarlas y brinda una serie de pautas para procesar las emociones dolorosas desde los fundamentos de la conciencia plena.

 

Si bien la emoción es movimiento, Cristina añade: “Muchas veces la clave también está en detener el movimiento. En reprocesar, hacer una pausa, escuchar la emoción sin actuar por el primer impulso”. En ello radica el primero de esta serie de pasos que nos resume de la siguiente manera:
Parar. Detener el impulso de la emoción desagradable y llevar la atención a eso que surge en nosotros. Esta pausa nos permite buscar respuestas diferentes a las habituales, algo difícil pero posible de lograr con práctica constante.
Respirar hondo, serenarse. Una manera de parar es concentrar la atención en el cuerpo, concretamente en la respiración. Buscar el punto físico en el que se concentra la emoción y, si ésta es muy intensa, respirar profundo varias veces.
Tomar conciencia de la emoción. Observarla, cuestionar qué la generó; si fue una persona, situación o algo que nos dijeron. Detenernos en las sensaciones físicas y corporales que provoca, para poder nombrarla: ¿vergüenza, ira, rabia, frustración? Una vez así racionalizada, la emoción se apacigua, nos permite analizar qué necesidades revela y qué impulsos desata.
-Hecho esto, ahora sí, aceptar la experiencia, permitirnos la emoción. No evitarla, ni defendernos contra ella, dejar que se manifieste en el cuerpo. Aunque notemos resistencia a la situación, dejarla estar.

-Practicar la autocompasión. La emoción debe evolucionar, no permanecer. Para ello, hay que conectarla con la parte de amor y de cariño que hay en nosotros, desear que algo bueno nos suceda, pensar en una persona querida y cercana.
Soltar la emoción. Cuando amaina, es más fácil dejarla ir. Es importante no identificarnos con ella: “Yo tengo esta emoción, pero no soy la emoción”. Somos mucho más que una reacción pasajera. El sólo hecho de no retener la emoción acelera el proceso de recuperación, ayuda a sobreponernos a lo doloroso que encierra.
Actuar, o dejar de hacerlo. Es posible que actuar sea necesario, dependiendo de las circunstancias. Lo recomendable, en estos casos, es que traslademos la atención hacia la conducta adecuada a seguir, sin estancarnos en la emoción que despertó su necesidad.

 

Cristina agrega: “Es solo una técnica, hay otros caminos por supuesto , pero creo que es bueno para “comenzar” y dar un paso…

El equilibrio emocional es un objetivo arduo pero no irrealizable y, además, muy positivo para el desarrollo personal y por supuesto profesional.  Me permito reiterar que visualizar las emocionantes como señal, escuchar qué me están diciendo, hacer una pausa suele ser un camino eficaz para estar mejor con nosotros mismos y con el entorno.”

 

 

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Cristina Schwander

Fundadora de la Universidad Siglo 21, Secretaria General de Relaciones Institucionales y Extensión y Directora de la Diplomatura en Liderazgo Coach e Inteligencia Emocional.

 

Fotografía por: Laura Cassin