Desde 2006, en Argentina entró en vigencia la Ley 26.150 que crea el Programa Nacional de Educación Sexual Integral (ESI). A partir de su sanción, las escuelas tienen la responsabilidad de brindar a sus estudiantes conocimientos sobre su sexualidad y la de otros. También, en ese momento, para los chicos y chicas se convirtió en un derecho.

La aprobación implica la inclusión de temas vinculados a la sexualidad en los ámbitos educativos y respalda las prácticas docentes que van esa dirección. Sin embargo, a diez años de la sanción, no todas las escuelas han tomado la temática como parte de sus contenidos.

En muchos casos se debe a que algunos maestros consideran que se trata de un tema para materias como biología, pero los lineamientos curriculares de la ESI no reducen la sexualidad al aparato genital o al sistema reproductor. Introduce la noción de “integral” e incluye entre las temáticas a abordar, las identidades de género, las sexualidades diversas y las relaciones igualitarias de géneros. En ese sentido, se trata de conocimientos y herramientas que atraviesan las diferentes áreas curriculares, ya que los temas propuestos como enseñanza son variados, entre ellos: el conocimiento del cuerpo, su anatomía y funcionamiento, la prevención de enfermedades de transmisión sexual, las relaciones afectivas entre personas, los estereotipos de género, el respecto por la diversidad sexual y de género.

En otras palabras, la 26.150 modifica la mirada biologicista de la sexualidad para entenderla como una construcción histórica, social y cultural.

También, es un obstáculo para la implementación del Programa ciertas resistencias culturales. La especialista en educación y género, Marina Tomasini, explica “la sexualidad es un objeto cultural complejo, sobre el cual pesan muchos tabúes y mitos y que ha sido silenciada o de lo que se ha hablado a “medias”. Sumado a ello, a veces hay distancias generacionales entre las maneras en que niños, niñas y jóvenes viven y conciben su cuerpo y su sexualidad y la manera en que lo hacen las y los docentes. Para éstos últimos, algunas expresiones juveniles pueden producir incomodidad y esto genera ciertas resistencias a abordar estos temas”.  No obstante, comenzar con la educación sexual desde la infancia sirve “para sensibilizar en este tema y desnaturalizar prejuicios, mitos y estereotipos que contribuyen a sostener la violencia de género en sus distintas formas de manifestación”, señala Tomasini, quien es Doctora en Psicología. Por ejemplo, muchos chicos y chicas tienen entre sus demandas hablar sobre temas como la discriminación homofóbica y las violencias de género.

Para Tomasini, esto se debe a que las escuelas son parte de la vida social, por tanto las mismas situaciones y prejuicios que se observan en otros ámbitos aparecen en las instituciones educativas. Dice la investigadora: “La sociedad patriarcal no solo encarna en sujetos, encarna en las instituciones, en sus normas, en los símbolos culturales, en los contenidos de enseñanza, entre otros aspectos”.