Ana Cubeiro Rodríguez. Tutora de la Tecnicatura Universitaria en Gestión de Moda de la Universidad Siglo 21.

La sala está repleta y la obra a punto de comenzar. El público espera, casi impaciente, que se abra el telón. Luego de unos minutos entre aplausos y murmullo, se abren las cortinas. Los actores comienzan a moverse por el escenario. La obra ha comenzado.

En el teatro el cuerpo es el protagonista. Mientras los actores se desplazan, manipulan objetos, hablan, se ríen, gesticulan, lloran. El cuerpo se transforma en una herramienta, un medio para la creación artística.

Los espectadores son parte de la obra. Entre ellos y los actores existe un aquí y ahora compartido. El componente esencial del teatro es el principio de la inmediatez, la copresencia física entre quienes actúan y quienes miran la obra.

Los actores salen de sí al encuentro con un otro incierto, desconocido. La escena se baña de un carácter efímero e irrepetible y esa es la magia del teatro.

El cuerpo es el protagonista de la obra. Abandona su carácter natural para ser un cuerpo construido, medido, controlado, plenamente consciente de la mirada del espectador.

El actor produce su apariencia y, en este territorio, la vestimenta juega un papel central. Hoy es habitual que los actores cambien de rol permanentemente, casi como un reflejo de nuestra sociedad donde las identidades ya no son armónicas y estables. Aquí el vestuario es la pieza clave a través de la cual podemos reconocer al personaje

Según el director ruso Konstantín Stanislavski el vestido opera como un medio a través del cual encontrar la esencia del personaje. Comparte con Declan Donnellan, también director de cine, la idea de que el vestuario es un recurso que traspasa el ámbito de la apariencia o caracterización externa. Rige entre la teoría de que la vestimenta puede ser un medio a través del cual descifrar la esencia del personaje, como una prolongación del yo.

Sin embargo, una hipótesis opuesta a estas ideas sostiene que las apariencias también pueden resultar engañosas y la vestimenta un disfraz bajo el cual se oculta el individuo. El vestuario aparece como un mecanismo de ocultamiento y enmascaramiento, un dispositivo del artificio del acontecer teatral, que en el grotesco se ve claramente plasmado. No sólo vestimos nuestros cuerpos para cubrirnos del frío, sino también para demarcar el espacio ficcional que resulta de la construcción de la propia imagen.

Podemos entonces decir que los cuerpos se construyen. Que los actores construyen su apariencia a través de un traje, que es su propio cuerpo.

En este punto el desnudo es una envoltura artificial e imaginaria. El cuerpo desnudo pone en jaque nuevos puntos de vista.

La desnudez resulta inapropiada en las situaciones de carácter público y cotidianas, según sostienen algunas teorías de la sociología. El mundo social es, justamente, un mundo con cuerpos vestidos.

Una cuestión importante en el teatro es la toma de conciencia del propio hecho del desnudo, y de su exhibición ante la mirada del otro. El desnudo adquiere carácter de atuendo o vestido. Se trata de convertir en disfraz la superficie de la propia piel. De esta forma la desnudez está condenada a no ser nunca desnudez. El actor controla su cuerpo sin ropa tanto o más que vestido.

Otro punto a explorar es la prenda, la vestimenta, el objeto sin la compañía del cuerpo. Aún en este caso, la vestimenta remite al sujeto, a su presencia o su ausencia, generando un vínculo estrecho entre ambos..

El vestuario tiene un rasgo que lo distingue del resto de los objetos, y es precisamente la imposibilidad de desligarse del cuerpo. Es difícil distinguir donde termina el cuerpo y donde empieza el vestido, por eso éste es un elemento fundamental de la creación teatral.

 

*Licenciada en Comunicación Audiovisual, Licenciada en Arte Dramático. Tutora de la Tecnicatura Universitaria en Gestión de Moda de la Universidad Siglo 21.