Por Mgter. Daniel Roura. Licenciado en Relaciones Internacionales de la Universidad Siglo 21. MBA, París School of Business. @daniel_roura.

“[El] sentimiento prevaleciente entre la élite de artistas, intelectuales y políticos [era] de que Europa cambiaba rápidamente, y no siempre de acuerdo a sus gustos. A menudo los líderes europeos se inquietaban por sus propias sociedades. La industrialización, las revoluciones científicas y tecnológicas, el desarrollo de las nuevas ideas y actitudes conmocionaron a las sociedades de toda Europa y ponían en tela de juicio antiguas prácticas y valores establecidos. Europa era un continente al mismo tiempo poderoso y atribulado”.

“[Los] cambios como lo que se experimentaban en Europa tienen su precio. La transformación económica provocó enormes tensiones, y los repetidos altibajos crearon dudas sobre la estabilidad y el futuro del capitalismo”.

Si sustituyésemos algunas palabras, ambos fragmentos podrían referir a la actual situación europea y mundial. No obstante, ambos están tomados del libro publicado hace ya algunos años por la historiadora británica Margaret MacMillan titulado “1914 de la Paz a la guerra” en donde aquí particularmente recoge impresiones dejadas en los diarios de Harry Kessler, quien era un miembro de la juventud de la élite en la Europa de la pre Guerra. El libro fue publicado en 2014 y la historiadora buscaba en él por qué Europa había llegado a la primera Guerra Mundial luego de haber disfrutado de más de 30 años de paz, estabilidad y progreso.

El relato, más allá del propio interés por dicho periodo histórico, sorprende por su coincidencia con el sentimiento de crisis generalizada actual. Revisemos el análisis que hace MacMillan de la política Europea de finales del Siglo XIX:

“La índole de la política a lo largo y ancho de Europa cambiaba al mismo tiempo que la sociedad. Los viejos partidos liberales que defendían el libre mercado, el imperio de la ley y los derechos humanos perdían terreno ante los partidos socialistas en la izquierda del espectro político, y los partidos nacionalistas, cada vez más chovinistas, en la derecha. Una nueva generación de políticos se alejaba de las instituciones parlamentarias establecidas y apelaba a los temores y prejuicios populares; este populismo incluía con frecuencia el antisemitismo, especialmente entre los partidos nacionalistas”.

Si los ‘90 recrearon la sensación de un bienestar generalizado con el fin de la Guerra Fría, hoy la percepción es diametralmente opuesta, siendo, como ya se ha mencionado en incontables ocasiones, de crisis permanente en la post-globalización.

Y es que si bien la posibilidad de una guerra intraeuropea es prácticamente cero, los problemas económicos, políticos y sociales no terminan de resolverse, sino que por el contrario, dan la impresión
permanente de que vamos hacia un futuro al menos complejo.

Es por este motivo que la victoria de Emmanuel Macron en Francia puede ser lo más parecido a una buena noticia. No tanto por la fe en que sea él quien resuelva los problemas
que aquejan actualmente a Francia y Europa, pero sí al menos, poner coto a las reacciones populistas actuales que usualmente van asociadas a la xenofobia, el antieuropeismo y el nacionalismo chauvinista.

Prudence est mère de sureté (la prudencia es la madre de la seguridad) dicen los franceses, pero algunos nuevos caminos se le abren a Europa (y con ella a Occidente) con el ascenso del más joven presidente electo en una democracia occidental.

El primer punto que logra es ahuyentar (temporalmente) el fantasma de Brexits masivos. Además, se le da vía libre a la negociación del Brexit en términos duros, suponiendo en ello una medida disuasoria antes futuros díscolos (Italia?). Merkel ha endurecido su postura frente a un Brexit a medida cuando semanas atrás dijo: “Un país tercero no puede gozar de los mismos derechos o ventajas que un Estado miembro. Al parecer hay algunas ilusiones en el Reino Unido pero esto sería una pérdida de tiempo”. Por su parte, Theresa May intentará ganar legitimidad interna con elecciones adelantadas, ante los primeros síntomas de deterioro de la economía post-Brexit: Con la inflación saltando a 2,3% (se espera un 3% a final de año) y el consumo cayendo 1,5% los vaticinios de los anti-brexit empiezan a
hacerse realidad.

El segundo punto, en paralelo a saldar las cuentas del divorcio con el Reino Unido, es la redefinición de la Grand Strategy europea. Desde que a mediados de los noventa en el debate profundización vs. expansión ganara la expansión, Europa ha extendido sus fronteras incorporando países y aumentando las variables a considerar en dicho proceso: economías diferentes, sistemas políticos diferentes, culturas diferentes y sobre todo, visiones de Europa diferentes.

Como resultado, hoy tenemos esta Europa de 27 ½ que se ha ganado la imagen popular de un Frankenstein institucional que a veces no resuelve nada.

Ojo, no hay que confundirse: en promedio el 70% de las leyes de cada Estado miembro en particular, proviene del europarlamento y no de sus parlamentos y el Banco Central Europeo ha estabilizado al euro mediante la compra de deuda soberana a través de su programa de Quantitative Easing. Esto en general, sin hablar de los históricos fondos estructurales y los más novedosos salvatajes financieros a países como España y Grecia.
Con la victoria de Emmanuel Macron, las señales enviadas han sido claras: se avanzará en una profundización del modelo. Se espera con ésto dos resultados: superar potenciales parálisis internas y ajustar los parámetros políticos, sociales y económicos para que Europa marche más afinada por un lado, y por otro, como resultado lógico de ello, incrementar su peso como actor en el escenario internacional. Una suerte de europa por europeos, resaltando principios democráticos, republicanos y de respeto a los derechos humanos. En este contexto se entiende la cancelación de las negociaciones por parte de la Unión para el ingreso de Turquía y el enfriamiento de las relaciones transatlánticas con Estados Unidos luego de la asunción de Trump.

Por su parte, si el frente externo parece el más prometedor para Macron, el frente interno resulta el más complicado. En junio deberá enfrentar las elecciones legislativas, y de no conseguir armar una coalición detrás de su figura, se dará lo que se conoce como cohabitación, es decir, un Presidente de un partido y un Primer Ministro de otro, electo el último, desde la nueva mayoría parlamentaria. Con un escenario de cohabitación, la negociación se impone y el resultado es incierto en materia de las políticas que puede
producir el gobierno.

Si llegase a superar el riesgo de cohabitación, los tres problemas centrales que deberá resolver Macron son la integración social de grandes sectores excluidos, sobre todo de jóvenes, el desempleo y el estancamiento de la economía.

El desempleo ronda un 10% superando largamente a sus pares desarrollados de Europa Occidental, con casi un 30% de desempleo juvenil. La economía la otra pata floja, sigue estancada y la proyección de este año hecha por el FMI no es alentadora, un modesto 1,5%. Todo esto unido al problema de la fragmentación social: sectores que quedan marginados e incapaces de integrarse al sistema productivo.

En definitiva, Macron deberá aprovechar la etiqueta de presidente más joven e imprimirle una buena dosis de juventud, a una Francia y a una Europa que la necesitan. Solo así podrá convertirse en una buena noticia.