Por Diego Speroni, docente de la Lic. en Diseño Industrial de la Universidad Siglo 21.

Vivimos en un mundo de objetos. Mucho más que bienes de uso, forman parte de la experiencia cotidiana, se impregnan de subjetividad, evocan sentidos que se actualizan cada vez que alguien entra en contacto con ellos. Cuando algo nos conmueve, nos hace reír o nos produce placer somos capaces de recordarlo más fácilmente. La memoria emotiva despierta de manera azarosa y ligada a diferentes circunstancias. Frente a un objeto, influyen nuestro estado de ánimo, las emociones que nos genera y las que le asociamos previamente. Si un producto es agradable a los sentidos y además, nos dice algo acerca de nosotros mismos, establecemos un vínculo positivo. Lo inverso también ocurre, hay productos que fracasan porque no logran esa conexión o porque generan emociones negativas.

Distintas disciplinas han empezado a considerar las emociones como parte central de sus procesos. En Diseño Industrial, es una tendencia emergente y fuerte a la vez. Cada vez más, los objetos que nos rodean son personalizables. No sólo decoramos el exterior de nuestros teléfonos, desde el software tenemos mil opciones para diferenciarlos, partiendo de algo tan personal como las fotos que guardamos.
El concepto de diseño emocional implica tener en cuenta este componente afectivo en el desarrollo de productos.

Considerar lazos que van más allá de lo racional para lograr objetos que, además de cumplir sus funciones prácticas, provoquen respuestas emotivas.

Esto implica conocer al usuario como persona y plantea el desafío de imprimir a lo material, de manera consciente, una carga emocional determinada. ¿Cómo llevar los sentimientos a algo inanimado, incorporarlos al proceso de un producto manufacturable?
En la cátedra de Diseño Industrial V, la respuesta a esta pregunta es un proceso que sigue su curso. Siempre que encaramos un producto, la primera etapa es investigar. Una buena investigación resuelve gran parte del trabajo; esto incluye identificar quién va a usar el producto. Hace algunos años, junto con el área de Responsabilidad Social, trabajamos en la organización Techo, desarrollando mobiliario. Fue la oportunidad para que empezáramos a experimentar con un delicado material: los sentimientos. Queríamos conocer a la gente que habitaba las casas, saber qué les pasaba, ya que es muy fácil analizar y diseñar desde afuera sin saber cómo come, duerme y vive una persona. De esa forma, nos metimos de lleno en el problema.
El libro Diseño emocional de Donald Norman fue un gran disparador. Tradicionalmente, el diseño se centra en la función; las emociones se consideran casi siempre de forma lateral: Un buen producto es aquel que funciona bien y tiene un equilibrio estético. Norman patea el tablero planteando que, por más que algo no funcione a la perfección, si al usuario le gusta, lo hace funcionar. Desde esta perspectiva, el diseño aborda las emociones frontalmente, les da un rol principal. Por ejemplo, en un centro oncológico de Brasil utilizaron contenedores de suero con logos de superhéroes, acompañados con historietas en las que los personajes tenían la misma enfermedad que los niños y luchaban contra ellas mediante el tratamiento. Partiendo de que, así como la cabeza puede enfermar el cuerpo, el camino inverso es posible, se desprende el potencial de esa caja para sueros. Un producto muy simple, con un valor agregado que resulta en un impacto emocional tremendo.
Una tradición del diseño proclama que éste intenta mejorar la calidad de vida de las personas. Cuanto más a gusto se encuentre alguien con lo que usa, más nos acercamos a ese objetivo. Las emociones son de una importancia radical en este proceso. Este mejorar la vida en sociedad se combina muchas veces con el imperativo de vender productos, o que éstos sean exitosos. De la misma forma, los productos deben ser manufacturables. El siguiente proyecto desarrollado en la cátedra, Héroes de Malvinas, significó un retruque en este sentido.

Doblamos la apuesta y nos metimos de lleno con lo emocional en el desarrollo de producto.

Otro libro entró en juego en ese momento: Malvinas a Sangre y Fuego, de Nicolás Kasanzew. En 2013, el proyecto inició bajo la forma de un trabajo práctico, los alumnos se encontraron con un grupo de personas para reconocerlos por sus actos heroicos en aquella contienda histórica. La consigna fue cargar de emociones un producto, tratando de representar al otro. No sabíamos qué iba a salir de eso, estaba en los chicos ir descubriéndolo.
La particularidad de Héroes radicó en que cada objeto representara a una o dos personas. Entonces, desde lo académico, fue posible realizar productos únicos pensados para procesos en serie, plausibles de reproducirse industrialmente por cientos o miles. Los alumnos pudieron experimentar con el diseño emocional llevándolo a su máxima expresión y mínimo nivel -una persona, una historia- sin olvidar las exigencias de su disciplina.
Cada grupo trabajó con un veterano, personas que tuvieron vivencias extremas y sobreviven cada día con esa memoria. Conversando, investigando sobre sus vidas, se encontraron con una carga emotiva muy fuerte, que impregnó todo el proceso de desarrollo. Historias de amistad, fortaleza, lealtad, de las que extrajeron valores y los llevaron a las formas y materiales de un objeto-homenaje.
Mientras que los chicos se encontraron con personalidades que describieron como “muy grandes para plasmar en un producto”, la devolución de los veteranos en agradecimiento y afecto fue inmensa. Uno de ellos lo resumió, comparando a los chicos con el carpintero Geppetto: “Han hecho algo con alma”. Sin dudas, los alumnos superaron el objetivo de un simple práctico, por lo que fuimos repitiendo la experiencia cada año.
El proceso que atravesamos por el camino del diseño emocional continúa, sumando historias y pensando nuevos proyectos. La enseñanza que nos ha dejado, hasta el momento, se traduce en una meta: diseñar para las personas. Descubrimos que, en lugar de satisfacer el propio ego a través del producto, el camino del diseño puede ser inverso, o al menos distinto. Entre los numerosos métodos para generar ideas, incorporamos la escucha y encaramos los productos de otro modo. Es posible trabajar desde la empatía y dotar de alma a los objetos.