La vista en las ciudades se encuentra constantemente atravesada por construcciones. El horizonte urbano está compuesto de paredes; convertirlas en expresiones artísticas es una forma de enriquecer, diariamente, la vida de miles de personas.

El arte en espacios públicos construye vínculos sociales en el ordenamiento urbano, conecta lo público y lo privado en las calles, refuerza la memoria y permite, al observador atento, tomar el pulso histórico de su momento. En desafío al elitismo de las instituciones artísticas, las vanguardias abandonaron salas y museos para empaparse de realidad. Fuera de esos círculos, los grafitis se apropiaron con irreverencia de las calles de ciudades de todo el mundo. Los murales, entretanto, existen desde mucho antes. Se los considera complementos de la arquitectura, aunque su historia es la de mucho más que un decorado.
El mural no es un simple traslado del arte a las paredes, un cambio de soporte. El tamaño, la íntima relación con la arquitectura y con un público masivo determinan sus características propias. En general, el arte mural busca ser accesible, de fácil comprensión, aunque no necesariamente simple. De carácter figurativo, frecuentemente presenta personajes humanos. Otra de sus características es la monumentalidad: pensado en grande, la composición del mural puede romper el espacio plano desde múltiples ángulos.

La intención de generar un impacto en un gran número de gente en tránsito hace que busque apelar y que el punto de vista de la audiencia pueda incorporarse a su misma composición.

Sobre todo, los murales cuentan historias, desarrollan relatos mudos a la espera de ser vividos por cualquiera que sea capaz de detenerse. Tienen una intención que va de lo pedagógico a la conmemoración histórica, pero siempre comunican algo.
En Argentina, los murales más antiguos son de temática clásica o religiosa, de influencia europea, frescos en edificios públicos y residencias privadas. Quinquela MartinHasta entrado el siglo XX, el mural se relacionaba con la pintura de escuela, como una forma de “bajar” el arte al pueblo y transmitir un contenido a través de sus edificios. Será con figuras como la de Quinquela Martín, pintor de La Boca, que los murales empezarán a relacionarse con temas populares; su fuerte compromiso con su entorno y su actividad solidaria lo convirtieron en el pintor argentino más querido.
Pero la corriente que tuvo la palabra definitiva en la consolidación del mural como una forma de democratizar el disfrute artístico fue el muralismo mexicano. A principios del siglo pasado, este movimiento más que artístico, político y social, empezó como un claro programa de arte comprometido, solidario e inspirado en la vida de las personas, capaz de transformar la realidad a la vez que de realizar cambios estéticos. No nació de una influencia externa, sino de una necesidad de los pintores: sacar el arte a las calles, pintar las ciudades, donde podrían superar el cerramiento de la alta cultura. Esta autenticidad fue lo que le permitió arraigar y hacer escuela en Latinoamérica.
Uno de sus representantes, Siqueiros, visitó Argentina en 1933. Aquí se encontró con artistas comprometidos que, en un contexto diferente, incorporaron las premisas del muralismo como un arte social. Berni encabezó el Nuevo Realismo desde Rosario. Spilimbergo fundó la Escuela de Muralistas Tucumanos en su etapa en esa provincia. Numerosos grupos muralistas se formaron en distintas provincias en los años 60 y 70. Como resultado de este desarrollo histórico, el mural se consolidó como el soporte preferido para contar algo sobre la realidad, gritarlo en la calle, de manera visual.

Los edificios son más que sus ladrillos, tienen mensajes, historias para recordar; es allí donde el mural asienta el privilegio de dejar una marca en la ciudad y su gente.

Hoy, los muralistas no necesariamente tienen una trayectoria formal en artes, a la vez que los grafiteros se han integrado al circuito, el street art es una manifestación reconocida y cada vez más valorada; los murales han ingresado al eclecticismo de técnicas y motivos que caracteriza al arte contemporáneo. Las mismas administraciones públicas, fundaciones, empresas e instituciones educativas trabajan junto con artistas para plasmar en sus paredes diferentes mensajes y resignificar las ciudades muro a muro. Así, la ciudad de Buenos Aires cuenta desde 2013 con el mural más grande del mundo: para realizar “El regreso de Quinquela”, El regreso de QuinquelaAlfredo Segatori cubrió con aerosol a mano alzada 2000 m2 en el barrio de Barracas. Los subtes de esta ciudad se enriquecen con los aportes de artistas como Martín Ron. En Córdoba, el de Jorge Cuello es un caso de artista profundamente identificado con su medio.

De su primer mural, Cuello dijo: “A veces paso por ahí y me pregunto si el arte será tan sanador para los demás cómo para mí y casi siempre me contesto que sí”*. Esta función social, la capacidad de llevar arte a quien no lo está buscando, quizás sea la más destacada en la historia de los murales.

Su poder de comunicación y de memoria, de construir puentes culturales, se cumple cada vez que un paseante detiene el simple tránsito para verdaderamente habitar la ciudad.

El caso de Milo Lockett suma una variante más. Sus murales se multiplican por todo el país. Coloridas, directas, sus figuras humanas remiten a la infancia y son ya parte de su sello. El 10 de agosto, Lockett estará en Córdoba para compartir su trayectoria. La de un emprendedor que -cuando el 2001 terminó con su empresa textil- hizo de la crisis oportunidad y devino artista autodidacta. Hizo carrera con base en una prolífica obra que trascendió el ámbito de las galerías para convertirse en la marca que quiere dejar, la del artista popular, accesible y solidario. En su visita, Milo realizará un mural en la Universidad Siglo 21 junto con alumnos, en el que trabajará con el concepto de educación democrática, laica y trascendente que la institución propone. Se plantea como una experiencia de encuentro y participación activa en el proceso del mural. Una obra como la de Milo establece una conexión entre espacios urbanos y virtuales, busca llegar al mayor número posible de personas. El mural le brinda la misma posibilidad que los objetos de uso a los que imprime su firma, la de ingresar a la cotidianidad de la gente y romper barreras entre arte y público.

 

Para participar de la charla que Milo Lockett dará en la Universidad Siglo 21 podés incribirte haciendo click acá.

 

*“Arte callejero”, La Voz del Interior,14/10/2012.