En el mes de la solidaridad, nos tomamos un tiempo para pensar las acciones que la incluyen y explorar en terreno el valor educativo de una palabra tan amplia. Sumamos testimonios de alumnos de distintos puntos del país que permanecen con las organizaciones en las que cursaron la materia Práctica Solidaria, para descubrir cómo la experiencia los afecta como personas y los transforma en agentes de cambio.

Aunque nombre un sentimiento, la solidaridad existe cuando se pone en marcha. Para construirla, hay que ensuciarse las manos, salir de la zona de confort y abrirse a los demás. Muchas veces, surge con fuerza para reparar injusticias, o en situaciones de catástrofe. Sin embargo, teniéndola presente en la vida cotidiana, la solidaridad tiene un gran potencial humano entre países y pueblos, para el desarrollo y la resolución de conflictos. Las Naciones Unidas plantea que quienes sufren la desigualdad merecen la ayuda de los más beneficiados, mientras que los problemas mundiales deben abordarse de manera que los costos y las cargas se distribuyan según principios de equidad y justicia social.

De esta forma, la solidaridad, más que una virtud individual, se constituye en una herramienta y un valor fundamental para las relaciones humanas, en un sentido amplio.

Reconociendo este compromiso trascendente, la Universidad, a través del Centro de Sustentabilidad Social, incorpora el componente solidario a su trabajo educativo. Sale de sus edificios y pisa el terreno, para generar un impacto tanto en la comunidad como en los alumnos. En la materia Práctica Solidaria, los estudiantes se involucran en organizaciones de la sociedad civil y trabajan con comunidades vulneradas en sus derechos. La responsabilidad social se construye así desde las bases de la formación profesional, mediante el aprendizaje en servicio se educan ciudadanos con conciencia para mejorar la sociedad y las comunidades donde se desarrollan. A medida que los alumnos se compenetran en esta experiencia, surge la pregunta: ¿Cómo enfrentar la pobreza y la desigualdad?
Julián Bronstein, docente de la materia, propone dejar de usar la palabra pobreza para hablar de personas y definir vidas. Para él, no es posible hablar siquiera de sociedad si lo que sucede a los demás no nos provoca una conmoción:

“La sociedad tiene que fomentar y es responsable de que todos sus miembros tengan iguales capacidades de acceso a oportunidades que les permitan tomar decisiones para definir y crear sus realidades. Porque todos tienen derecho a ser felices en su propio contexto.”

Julián es Diplomado en Diseño de Políticas Públicas y coordina la red de Academias Solidarias. Busca desmitificar la idea de solidaridad como una relación vertical, de dar o enseñar algo a alguien que no tiene o no sabe. Su materia impulsa la idea de ser solidario como una forma de compartir riqueza interna. Para enfrentar la desigualdad, propone tres pasos: conocer las distintas realidades que nos rodean; tomar conciencia o definir una postura al respecto y, por último, tomar parte, asumir un activo compromiso para generar los cambios necesarios.

 

Conocimiento

Carolina González es policía y futura abogada. En 2015 cursó Práctica Solidaria en Vuelve a empezar, en San Justo, Santa Fe. La ONG trabaja con casos de violencia de género, un tema que siempre le interesó: “Como policía, veía la temática pero no sabía la cantidad de casos que había, es una localidad chica donde creemos que nos conocemos todos y nos enteramos de todo, pero es mentira. Hay un montón de gente que no se animaba a hablar del tema”.

Pilar Avalos es estudiante de Relaciones Internacionales, en el 2014 ingresó a la Academia Solidaria de Artes como parte de su obligación académica. La academia está en su mismo pueblo, Villa Allende, y le permitió una nueva forma de conectarse con su comunidad: “Hice amigos entre personas que de otra manera no hubiera encontrado. Gente que ya conocía pero nunca había interactuado. Nos conocíamos pero no teníamos conexión”.

Pedro Torres Guerrero estudia Abogacía como Carolina, pero en la gran ciudad. Realizó su práctica en 2015 en el Comedor Comunitario Cacerolazo, en La Boca, donde continúa. Además, trabaja con la Fundación Crecer, que realiza trabajos de contención en toda la ciudad. Cuenta sobre sus comienzos: “Lo distinto era tener la chance de ir conociendo distintas realidades de la Ciudad de Buenos Aires, realizamos trabajos en parques, plazas y lugares al aire libre, en barrios humildes, en villas de emergencia. Nos permitió conocer mucho, no tanto un lugar, sino diferentes realidades”.

 

Conciencia

Romina Méndez se incorporó a la Fundación Manos Abiertas en 2015, cursando Práctica Solidaria. Desde entonces, por las mañanas, en la Casita de Niños, ella y otros voluntarios brindan desayunos y almuerzos, contención escolar para los chicos y talleres de oficios para las mamás. Hoy, Romina está a cargo del taller de cestería. Sobre la experiencia de una tarea solidaria dice:

“Te saca de tu mundo, en el que tus problemas son los más importantes, para darte perspectiva. Ves la violencia, falta de comida, pero también conocés otros sentimientos y expectativas. Para mí, es un cable a tierra”.

Carolina cuenta que, sin el empuje de la materia, quizás no se hubiera metido en un tema que hoy considera fundamental para la dirección de su carrera. Para ella, contar con una instancia de voluntariado es “una experiencia básica, que todo universitario debería vivir y que toda persona disfrutará”.
Para Pilar, educar en la solidaridad es importante porque el mundo necesita más profesionales que trabajen con los demás y sean capaces de empatía: “Aunque estudies carreras que puedan parecer alejadas de este campo, es importante tener la mente abierta a otras personas y lo que les pasa. Sea que colabores con una ONG o que en momentos difíciles -como las inundaciones de Villa Allende- te surja ayudar, estar desde el lado humano y no necesariamente como profesional”.
“Esta materia -sentencia Pedro- abre cabezas, sobre todo para el día en que todos estos chicos estén recibidos, se dan cuenta de que pueden ayudar también desde su trabajo. Por ejemplo, en el comedor pudimos dar ayuda en forma de asesoramiento legal, empezar por escuchar los problemas de la gente y derivarlos a amigos abogados”.

Compromiso

Hoy, Carolina forma parte de la comisión de Vuelve a empezar. Cuenta con orgullo cómo inauguraron en San Justo un refugio para mujeres, el tercero de la provincia.
Pilar es coordinadora de voluntarios, contagia a sus amigos para compartir lo que saben en la Academia Solidaria de Artes y recibe alumnos de la Universidad: “Está muy bueno fomentar el lado humano, aunque sea para cumplir con una materia. El que quiere sigue y el que no quiere, no. De hecho, muchos se quedan, nuestra directora social es una chica de la Siglo”.
Pedro continúa yendo al comedor todas las semanas y permanece en la fundación Crecer. “De otros compañeros, puedo decir que la práctica fue su primer empujón. No es que se sacan la materia de encima, muchos siguen con el comedor. Lo que más agradece la gente no es el plato de comida, el abrigo o la ayuda momentánea, sino el hecho de volver, de escucharlos y crear un vínculo”.
En ese vínculo reside el secreto para cambiar realidades. La solidaridad se hace verdadera en igualdad y reciprocidad. Al reconocerse parte del problema y de sus soluciones, en la necesidad de establecer nuevas relaciones y reconstruir el lazo social, los alumnos crecen como personas y ciudadanos. Se constituyen solidarios en comunidad, la única forma de serlo.