Por Jaime Rodríguez Alba. Director de la Licenciatura en Administración Pública y de la Tecnicatura Universitaria en Administración y Gestión de Políticas Públicas.

El filósofo H. Jonas consideraba, en su obra El principio de responsabilidad –libro que pese a su extensión y estilo de argumentación filosófica, densa y abstracta, logró convertirse en una suerte de “biblia” del ecologismo alemán- que caben respecto a la técnica y la tecnología dos grandes actitudes: una tecnofílica y otra tecnofóbica. Para la primera la mayor parte de los problemas, incluso los generados por las tecnologías mismas, tienen solución. Y la misma es mediada por la tecnología. Optimismo de base respecto todo cambio, pues aún los efectos no intencionados de las transformaciones tecnológicas tienen solución con el mismo progreso tecnológico. La actitud tecnofóbica sostiene, al contrario, que la simple tecnología librada a su autónomo evolucionar dejará más problemas que soluciones. Problemas además para los que no está preparada la mentalidad humana.

¿Por qué nos acordamos hoy de este filósofo? Por cierto, uno de los más interesantes y desconocidos que nos ha donado el siglo XX: siglo de masacres totalitarias que le tocó vivir en carne propia. El debate que se abre es inmenso, y nada novedoso hay que decir. Pero me gustaría limitarlo y circunscribirlo en el contexto de las transformaciones que está acometiendo la Administración Pública, por la vía de las reformas y modernizaciones que se impulsan desde diversos organismos, nacionales e internacionales. Uno de los grandes ejes de modernización es la implementación de las Nuevas Tecnologías de la Información y la Comunicación a la gestión pública y al gobierno. No es novedosa la línea de trabajo.

De hecho hace dos décadas y más aún que se habla del “gobierno electrónico”.

Bandera que se esgrimía como panacea –actitud tecnofílica- a los problemas sociales.

En el marco de las jornadas Ciencia 21, realizadas en la Universidad Siglo 21, hemos tenido la suerte de contar con responsables del programa de Gobierno Abierto de la Municipalidad de Córdoba, investigadores de nuestra universidad y también invitados extranjeros para reflexionar sobre este asunto: ¿en qué medida puede la modernización tecnológica contribuir a una gestión ética? Ciertamente la ética se ha convertido en una bandera de lucha por muchos sectores sociales, agencias de gobierno, empresas, ONG, y ciudadanía en general. Y ciertamente también se suele incurrir en el triste tópico, que ya Snow atacara: el de las dos culturas. Olvidando que las dos culturas (científico-técnica y humanístico-social) confluyen. En nuestro caso: toda apuesta tecnológica es una apuesta ética; y toda apuesta ética supone tecnologías con las que abordar la modificación de hábitos que pretende (bien tecnologías más “teórico-culturales”, como las tecnologías del yo, de las que nos habla Foucault; bien tecnologías prácticas, como las TIC).

El gobierno electrónico es un soporte, su diseño y su implementación dependen de criterios éticos (entendiendo que la política está emparentada con la ética). Quedarse en simple gestión electrónica, sin profundizar en cómo involucrar a la ciudadanía en la gestión y creación de valor público, es desaprovechar la oportunidad que las nuevas tecnologías nos dan para realmente avanzar hacia nuevas formas de gobernabilidad. Hacer que el gobierno cumpla con los objetivos de la transparencia, la participación y la colaboración, que establecen diversos organismos y documentos –comenzando por el Memorandum sobre gobierno abierto– exige comprender la dimensión ética presente en toda gestión.

La acción conforme a valores, pero también la noción de que la ciudadanía no es simple destinatario, sino actor fundamental, creativo e involucrado en la producción de lo público, son la clave para transformar las prácticas de gestión y gobierno.

Si nos preguntamos pues: ¿qué tiene que ver la ética con el gobierno abierto? Podremos respondernos que un gobierno realmente abierto es un gobierno ético, supone una gestión ética y prácticas orientadas a posibilitar el tejido social de una nueva cultura de servicio, así como una reconfiguración de las prácticas de ciudadanía.

Desde los tradicionales estudios de Ciencia, Tecnología y Sociedad, que datan ya de los años 70, hasta las más modernas tendencias en la teoría social y de la administración, por no dejar de notar prácticas como las de Google, sabemos que la técnica no es tan “técnica”, sino que supone un atravesamiento por lo social, y por supuesto por lo ético. ¿De qué nos sirven los portales de transparencia si no existe una cultura de la transparencia? ¿De qué la democracia digital si no se cultiva la deliberación y el buen juicio? ¿Acaso la tecnología por sí sola induce cambios positivos? ¿No sucede más bien que la misma tecnología está éticamente orientada? Interrogantes ciertamente complejos de solventar.

Sólo una pista para seguir pensando: en su célebre obra La ballena y el reactor, que data ya de los años 80, Langdon Winner cuenta cómo se construyeron puentes y pasadizos en Central Park (New York) para evitar que las clases bajas –mayoritariamente integradas por negros- pudieran entrar al parque, porque viajaban en colectivos. El parque quedaba así  “privatizado” para el goce de los sectores sociales medios y altos, que entraban en auto. Ningún diseño tecnológico es inocente. Sin embargo hay que decir algo importante:

Las Nuevas Tecnologías nos abren las puertas a nuevos modos de hacernos humanos.

Permiten elementos éticos –ethos: construcción del carácter- de fundamental importancia: desde la construcción social de los afectos (que hemos de orientar hacia los valores humanos por supuesto) hasta la materialización de ese proyecto tan hermoso del que nos hablara en su momento I. Kant, la mentalidad ampliada. Una administración abierta a las nuevas tecnologías es una administración que se hace ética en sus mismos tuétanos: mediante la producción de afecto comunitario, el cultivo de los valores implícitos en los Derechos Humanos y mediante la producción colaborativa del valor público generada por la inteligencia de las multitudes, cuyo formato más visible es la misma red.