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by • 3 noviembre, 2015 • Educación, GeneralComments (0)4386

Exámenes que rinden. Cómo asegurar la calidad de la evaluación académica en la Universidad

Por Dr. Manuel Velasco, Vicerrector Académico de la Universidad Siglo 21.

En la capacidad para evaluar de manera justa y cabal de una institución educativa descansa la confianza de sus alumnos en la calidad de su educación, así como de las instituciones y empresas que deciden emplear a sus egresados. La Universidad siglo 21 desarrolló un sistema de evaluación diferencial respecto a otras instituciones, para que los estudiantes puedan demostrar saberes con transparencia. ¿Por qué es un sistema de evaluación único?

Quienes estudian hacia dónde va hoy la Educación Superior, afirman que las universidades están migrando a ser acreditadoras de saberes. Esto no significa que lleguen a perder su rol de formación de profesionales, pero no estarán solas en esa tarea. En cambio, sí serán las únicas capaces de acreditar los conocimientos que un alumno adquiere para convertirse en profesional, otorgándole un título y habilitándolo a ejercer la profesión.

En la Universidad, seguimos un sistema de aprendizaje por competencias, entendiendo que una persona puede obtenerlas en muchos lugares. La Universidad se destaca entre estos lugares, aunque no es el único. Desde esta perspectiva, tenemos el desafío de formalizar saberes. Ordenar, orientar, dar un sentido, una ética y una función social a cada carrera. Es aquí donde la evaluación se constituye siempre en un eje clave para decidir de qué manera articulamos los mecanismos para acreditar los distintos saberes de los alumnos.

Al hablar de sistemas de evaluación, la primera imagen que surge es un examen oral al terminar una asignatura, y algunos parciales previos. Ese sistema tradicional es del todo válido cuando hay una relación de uno a uno, según un proceso de enseñanza que tiene su origen en la dinámica maestro-discípulo. Cuando la cantidad de alumnos crece y aparece una organización diferente de la educación, crece también la distancia en la relación con el docente y la dificultad para mantener este tipo de evaluación directa.

Desde el punto de vista institucional, se exige al docente que la evaluación sea equivalente, similar para cada alumno, para cada cohorte y a lo largo del tiempo, hasta que haya un cambio en el plan de estudio. Si no fuera así, los alumnos evaluados este año podrían enfrentar un nivel de exigencia y los del 2016, otro. Al cabo de un tiempo, el nivel de los egresados resultaría sustantivamente diferente.

Evitar que esto suceda es mucho más complejo de lo que parece. Los detalles más simples pueden alterar el nivel o la dificultad de un examen. Por ejemplo, no es lo mismo preguntar las cosas como se fueron estudiando que cambiar el orden de los temas. Por otra parte, lo más corriente es que el docente desarrolle los contenidos en clase y después prepare el examen. En ese momento, es difícil que se abstraiga de la realidad vivida en el aula, e inconscientemente puede adecuar el examen al nivel de sus alumnos.

Por otra parte, los exámenes tradicionales son vulnerables. Si el docente no cambia cada vez las evaluaciones, éstas circulan; los alumnos pueden conseguir las de años anteriores por todos los medios que la tecnología hoy pone a su alcance. Frente al bastardeo de la evaluación y a la subjetividad de la tarea docente, nuestra búsqueda como Universidad apunta a la transparencia y la ecuanimidad.

Siglo 21: garantizar la educación, evaluar en el proceso.

En la mayor parte de las universidades, la educación se orienta por objetivos: se desarrollan contenidos y, al final, se evalúan contenidos. La Universidad Siglo 21, además de transmitir conocimientos, busca desarrollar el saber-hacer que habilita para el trabajo profesional. De esta forma, si enseñamos a andar en bicicleta, tenemos una sola forma de saber si los alumnos pueden hacerlo: queremos verlos andando. La evaluación de competencias se acerca a este ejemplo, ya que debe observar procesos junto con resultados e incorporar, necesariamente, instancias prácticas.

Por ello, la acreditación de saberes se hace en forma continua, reduciendo la intervención del factor suerte y quitándole estrés al examen final. Queremos que los alumnos sepan, no sólo un día y ante una hoja. Las evaluaciones tradicionales se mantienen y se realizan a través del Sistema Q, un desarrollo pedagógico y de software propio de la Universidad para asegurar su equidad y transparencia. Pero estas instancias no son las únicas que los alumnos tienen que aprobar para llegar al título.

Por un lado, la llamada tercera nota deviene de las materias de procesos, en las que los alumnos participan de una forma diferente a otras asignaturas, llevando a cabo una actividad de carácter práctico. El Seminario de trabajo final de graduación y Práctica Solidaria son materias en las que los alumnos plantean un proyecto y lo van desarrollando. El seguimiento de ese proceso en conjunto constituye un eslabón más para alcanzar la graduación.

Luego, los EFIP son dos exámenes presenciales integradores de contenidos que se realizan en el Campus, uno a mitad de carrera y otro al final, también para las modalidades a distancia. Integran materias que se han cursado hasta el momento, de manera escrita y oral. Dado que, una vez en la práctica profesional, difícilmente un egresado pueda volver a los apuntes del primer año de carrera para recordar algún dato o procedimiento, estas instancias transversales resultan fundamentales para retomar contenidos parcialmente olvidados y afianzarlos como competencias.

Por último, las evaluaciones finales y parciales de las materias son generadas por el Sistema Q. En base a preguntas codificadas y combinadas aleatoriamente, resulta un examen de opciones múltiples diferente para cada alumno. Esto se logra mediante un trabajo en conjunto con el área de Contenidos y con docentes propuestos por los directores de carrera, que colaboran en la elaboración y características de las preguntas para la base de datos que se actualiza y engrosa semestralmente. Además, se trabaja constantemente en el desarrollo y mejoramiento del sistema para adecuarlo al aprendizaje por competencias. Por ejemplo, permitiendo plantear una pregunta como si fuera un caso, un problema a resolver que exige un nivel de integración de contenidos mayor para decidir cuál es la opción correcta.

El Sistema Q otorga ventajas, por ejemplo, frente al presencial tradicional, en el que, mediante la clásica división en temas, con dos o tres exámenes diferentes se evalúan quizás quinientos alumnos. En la Siglo 21, podemos generar quinientas evaluaciones, sin repetir el patrón. Por otra parte, si bien el docente formula las preguntas, lo hace antes de dar las clases. Luego, puede decidir los puntos a evaluar, pero ya no elegir qué preguntas incluir. Es el equivalente a que una persona enseñe y otra evalúe: el examen no se verá influido por las percepciones sobre el aula y las particularidades de cada cohorte. Además, el docente lo sabe, por lo que el desafío y la satisfacción son mayores cuando sus alumnos aprueban. De esta forma, la evaluación no sólo se mantiene ecuánime año tras año, sino que también se enriquece el proceso de enseñanza.

El alumno que pertenece a la Siglo 21 sabe que cada final o parcial es único y que tiene que estudiar. Aunque consiga un examen antiguo, no hay posibilidad de que se lo tomen. De este modo, el sistema logra la transparencia del proceso evaluativo. Sus alumnos cuentan con la tranquilidad de saber que no existe posibilidad de que, el día de mañana, haya ocurrido algún episodio por el que las empresas digan “No queremos gente de esta universidad”. Al final del proceso, esto redunda en bien del egresado y en la confianza de quienes lo empleen.

Como institución, gracias al sistema desarrollado, podemos decir acabadamente que si alguien se recibió, por ejemplo, de Contador público en la Siglo 21, es porque estamos seguros de que sabe lo que necesita saber. Además, ese alumno tuvo la oportunidad de ir acreditando su capacidad en distintos momentos, a través de un sistema que es igual para todos y que no se reduce a un conjunto de preguntas en instancia final. Junto con el título, nuestros egresados llevan consigo un saber que nadie les podrá quitar y que les permitirá realizar verdaderas transformaciones en su entorno.

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