Desde el 25 de noviembre -establecido por las Naciones Unidas como Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer- hasta el 10 de diciembre -Día de los Derechos Humanos-, transcurren los “16 días de activismo contra la violencia de género”. Esta es una campaña que se realiza cada año desde 1991, con diferentes temáticas, para alentar a gobiernos y ciudadanía a generar conciencia y prevenir este tipo especial de violencia en todo el mundo. En la Argentina, este 25 de noviembre se acompañó con una nueva convocatoria #NiUnaMenos, que repitió el reclamo de la multitudinaria marcha del 3 de junio. Los casos de mujeres asesinadas en el país no mermaron desde entonces, el objetivo es mantener en agenda estos hechos y exigir políticas públicas para combatirlos.

La violencia de género se sintetiza en el femicidio como su máxima expresión. Sin embargo, tanto el reclamo de la marcha, como la campaña mundial buscan llegar más lejos, hacia el entendimiento de que esa violencia tiene diferentes niveles, raíces profundas en la socialización de los individuos y se relaciona intrincadamente con otras violencias y formas de discriminación. En este escenario, la investigación en el ámbito universitario asume el objetivo de contribuir, desde diferentes disciplinas que abordan los estudios de género, a entender y transformar una realidad compleja.

El equipo sobre “Género y violencia” inscripto en la Secretaría de Investigación de nuestra Universidad y dirigido por Marina Tomasini, desarrolla su trabajo en escuelas medias de sectores populares de Córdoba, con adolescentes que construyen sus identidades de manera siempre cambiante, variable según el contexto y partiendo de incentivos múltiples, hasta contradictorios, alrededor del género y la sexualidad. El trabajo de campo de este equipo incluye observación, registro, entrevistas y charlas con grupos de discusión, que dan sustento al análisis teórico-crítico y aportan a la reflexión informada.

Tomasini y su equipo sostienen, en los límites de su campo de análisis, que la escuela presenta maneras legítimas de ser varón y de ser mujer, sin opciones fuera de ese binomio. Así, describen categorías como “hacerse el malo” y “hacerse la linda” que chicas y chicos utilizan para calificarse y nombrar quién es quién en la escuela. Mientras que los varones se consolidan en la agresividad, las mujeres enfrentan presiones que las impulsan a una vida sexual activa, a la vez que la condena de sus comportamientos sexuales permanece vigente. Deben demostrar cualidades consideradas masculinas (iniciativa sexual, intimidación física) sin olvidar la exigencia de actuar según las normas de una feminidad tradicional, que implican un rol de pasividad y sumisión: disvalores en una cultura en la que hay que saber “meter el pecho” cuando resulte necesario.

La misma violencia, de este modo, es valorada de manera contradictoria, lo que puede proyectarse de las escuelas estudiadas a la sociedad en general. Se sancionan ciertos tratos -como la coacción, intimidación o imposición sobre el otro- en las relaciones interpersonales; pero las mismas formas de vinculación son valoradas por su eficacia práctica, como maneras de afirmarse ante los demás.

De esta forma, los estímulos y mandatos sociales se presentan de forma, por lo menos, paradójica. En sus prácticas, en sus diferentes actuaciones de género, las chicas y chicos de las escuelas reproducen o desafían lo esperado, perpetúan la violencia a la vez que lidian con ella. Trabajos como el de este equipo demuestran las contradicciones que no es posible ver cuando se habla de manera unívoca de mujeres y varones, sin revisar prejuicios y suposiciones. Conversamos con Marina Tomasini sobre el trabajo de investigación de su equipo, desde la inquietud sobre cómo el estudio de los modos en que se construyen identidades y relaciones en sociedad se conecta con las personas movilizadas en las calles por el dolor de los femicidios.

-¿Por qué es importante investigar y discutir sobre género?

-Porque es necesario aportar información y argumentos con fundamentos sólidos, que contribuyan a desarmar las matrices ideológicas que justifican, legitiman y naturalizan las violencias de género, en sus distintas formas de expresión. En particular, la investigación que llevamos adelante con jóvenes en escuelas secundarias pretende cuestionar estereotipos que sustentan la discriminación en las relaciones escolares, en particular hacia las niñas, las jóvenes y las minorías sexuales. Esto es clave para avanzar en el acceso efectivo a derechos.

-¿Cuáles son los tipos de violencia que encuentran más frecuentemente en el trabajo de campo?

-Los tipos de violencia que encontramos con más frecuencia son las que denominamos “micro violencias” o “violencias tenues”, como las burlas o cargadas, porque se naturalizan y muchas veces no se perciben como violencia sino como parte de los “juegos” o “jodas” entre compañeros/as. Sin embargo, estos modos de relación implican humillaciones, formas de avergonzar, destrato o inferiorización y, en su conjunto, discriminaciones por razones de género u orientación sexual. Por ejemplo, encontramos varios relatos de situaciones donde algunos chicos le “tocan la cola” a sus compañeras o “intentan apoyar sus genitales” al pasar por detrás de ellas. Esto se significa como una joda o un juego entre varones, mientras se soslaya o minimiza que produce en las chicas un profundo malestar e incomodidad.

-¿Cómo responden las instituciones ante estos casos?

-Muchas veces no advertimos intervenciones desde la escuela, o bien las intervenciones se dirigen a las chicas para que cuiden su vestimenta, sus formas de sentarse o de caminar. Tiene lugar, con ello, otro modo de violencia, bien por omisión de intervención o bien porque las intervenciones de docentes vuelven a vulnerabilizar a las chicas, toda vez que se las presenta como responsable de los actos de sus compañeros. 

-¿Qué conexión se puede establecer entre esas “micro violencias” con la violencia de un femicidio?

-Mientras se produzcan actos que no respetan la dignidad y el valor de las niñas y mujeres, mientras se sigan construyendo “otros de menor valor” en razón del género y la orientación sexual, seguirán vigentes las matrices simbólicas que habilitan y justifican las violencias, las sutiles y tenues como las brutalmente explícitas y abiertas.

-¿Cuál es su posición respecto al “Ni Una Menos”?

-Más allá de la diversidad de reclamos que se conjugan en el “Ni Una Menos”, creo que es importante que una “voz colectiva” enuncie la problemática y reclame por el acceso a derechos y por un cambio cultural en las relaciones de género.

-¿Cómo se puede aportar, desde la investigación, a ese cambio?

-La escuela es un lugar estratégico para desarticular las construcciones culturales que han constituido sujetos subordinados en razón del género. Intentamos que los resultados de investigación lleguen a docentes y estudiantes, en distintas instancias de capacitación o talleres. Apuntamos, especialmente con docentes, a sensibilizar en estos temas, señalando la importancia de que haya palabras y actos institucionales que, lejos de naturalizar las violencias o pensarlas como “parte de una exploración normal de masculinidad”, “parte de la adolescencia”, “cosas que los chicos siempre han hecho”, puedan nombrar y visibilizar que ciertas prácticas están violentando a estudiantes, niñas y jóvenes, en el ámbito de la escuela.