*Por Luis María Caballero. Abogado. Máster en Gobierno y Cultura de las Organizaciones. Doctorando en Gobierno y Cultura de las Organizaciones. Docente de la Universidad Siglo 21

A lo largo del siglo 20 el mundo ha sufrido numerosas crisis que han afectado la economía y la política de distintas sociedades, pero que encuentran su origen en problemas ligados, sobre todo, a la ética y la moral.

Cada una de esos derrumbes ha repercutido en la vida cotidiana de millones de personas, con la pérdida o precarización de sus puestos de trabajo, con la necesidad de aumentar la cantidad de horas trabajadas y con la disminución de los ingresos reales de las familias.

Las circunstancias actuales que vive el mundo occidental ameritan reflexionar sobre las gravísimas decisiones morales que dieron origen a la debacle financiera comenzada en los Estados Unidos en el 2008 y nos llevan a hacer un análisis acerca de la importancia que tiene una visión humanista a la hora de pensar una nueva manera de ejercer el arte del buen gobierno en este siglo 21.

En su inicio, el último crack estuvo vinculado de manera directa con la explosión de la burbuja inmobiliaria en 2005, a raíz de la proliferación de las llamadas hipotecas subprime, pero luego ha esparcido como un cáncer sus consecuencias al resto de los países, en su economía, su política y su vida social, generando un profundo círculo vicioso de desconfianza, intervencionismo y corrupción.

Fomentar la confianza a través de diversas herramientas, entre las cuales el ejercicio prudente de un gobierno virtuoso no es de las menos importantes, contribuirá eficazmente a salir de la crisis actual, a minimizar sus consecuencias dañosas y a evitarlas en el futuro.

Desde el comienzo mismo de esta caída han sido muchas las recetas que se han ensayado, y variados los diagnósticos que se han elaborado desde los distintos sectores del espectro ideológico -en todas partes del mundo- para explicar un derrumbe del que aún el mundo no termina de reponerse, y que sobresalta a todo Occidente con nuevos episodios periódicos.

Sin embargo, la mayoría de los abordajes realizados se han centrado en lo meramente económico–crematístico o financiero, y soslayan las causas profundas de estas recaídas.

Desde la política tradicional, y desde grupos nacidos a la sombra de una especie de “no política”, o “anti política”, como el grupo La Cámpora, en la Argentina, y el movimiento de los Indignados, que ha dado origen en España al partido Podemos, se ha pretendido explicar de diversas maneras lo que ha ocurrido, pero, como se ha dicho, siempre desde una perspectiva economicista, o puramente utópica.

Pienso, atendiendo a los resultados de las experiencias de los últimos años, que no es la mera economía entonces, sino la política, entendida aristotélicamente como ciencia arquitectónica y no como mera lucha de facciones por el poder, la ciencia que puede contribuir de manera eficaz y decisiva a la hora de buscar soluciones a las repetidas crisis que asuelan al mundo.

Es importante educar, preparar y formar a quienes habrán de gobernarnos. En ese marco, el estudio y la profundización acerca del significado del valor “confianza” y de un ejercicio virtuoso del poder -con justicia, respeto, honestidad, dominio de sí, austeridad, etc- se presenta como una necesidad imperiosa en la que mucho tiene para decir el humanismo clásico, que ha tratado en profundidad la formación de los gobernantes.

Entablar un diálogo entre las ideas de los pensadores de la antigüedad clásica -Aristóteles, Plutarco, Jenofonte, Séneca y Cicerón, entre otros- con las de algunos autores modernos -como Soros, Argandoña, Rovira Reich y Alvira- puede abrir un amplio panorama en esta tarea, pues en cada uno de ellos se vislumbran elementos que permitirán reconstruir nuestra filosofía política.
¿Pero tiene sentido mirar hacia atrás en un estudio que busca pensar el gobierno hacia el futuro? Creo que sí, pues, “para hacer el bien, -dice Alvira- hay que entrenarse a ello. Se requiere práctica y estudios. El juicio prudente supone memoria de pasado, examen atento de las circunstancias, conocimiento de los principios y de las reglas, y visión de futuro… junto a la necesaria formación técnica, es precisa una educación historiográfica. No se puede ser prudente sin memoria de pasado” (Alvira, R. 1989)
Vocación. Capacidad personal. Conocimientos técnicos y ejercicio virtuoso del poder es garantía de buen gobierno.

Es menester entender al hombre como una totalidad, y no como simple “trabajador”, “consumidor”, “ciudadano”, “contribuyente”, y la visión humanista apunta, precisamente, a ello.

El buen gobernante puede y debe, aun dejando un amplio margen de libertad personal para la iniciativa privada, contribuir de manera eficaz al desarrollo de la persona, de la familia, y de la sociedad en su conjunto, pero para poder hacerlo ha de tener un sustrato de ideas debidamente preparado y sólido.

En esta última década ha quedado claro que no es posible que un país -o un bloque de países, tal como es la Unión Europea, UNASUR, Mercosur, NAFTA, etc.- logre avanzar en la senda de un verdadero desarrollo -presentado como algo distinto al mero crecimiento económico-, ni siquiera en un marco de respeto por la libertad individual, si el valor de la confianza y la práctica de las virtudes no subyace a las relaciones intra – estatales, intra – empresarias, en las que existen entre estado y empresa y las que vinculan a estos actores con la Sociedad Civil.

Por ese motivo la corrupción -los grandes escándalos en este tema se han hecho presentes en todas partes del mundo, no solamente en los países en desarrollo- se presenta como uno de los principales factores desaglutinantes de la sociedad, que merece ser combatido con todos los medios previstos por la ley.

La realidad actual y experiencias anteriores profusamente estudiadas no permiten esperar que sea el estado -en el marco de cualquier orientación de gobierno- el que a través de una serie de normas jurídicas coercibles o leyes “establezca la confianza”, sino que es imprescindible construir este valor mediante el sistema de “arriesgarse” paulatinamente y arribar a acuerdos duraderos sobre puntos fundamentales, que permitan construir a futuro.

Pasados más de cinco años desde el inicio de este proceso, aunque existen señales claras de que la crisis económica podría estar siendo superada, todavía subsisten síntomas de que esa debacle puede volver a ocurrir si no nos planteamos seriamente una nueva manera de gobernar la empresa y el estado.

Por eso, si intentamos generar un nuevo paradigma, debemos asirnos a los principios del humanismo y su visión, que coloca a las personas en el centro.

El camino, sin dudas, será largo, pero hay que empezarlo ya. Las universidades, ¡Nuestra Universidad! tienen una misión clave de formación y de preparación para los directivos, públicos y privados, que habrán de llevar al mundo y a nuestro país hacia el próximo siglo.

Imagen de Patrik Goethe (Disponible en https://unsplash.com/patrikgoethe)