*Por Lucas Ignacio Utrera. Politólogo. Magister en Administración y Políticas Públicas de la Universidad de San Andrés. Profesor de materias de Ética y Responsabilidad Social en la Universidad Siglo 21.

Muchas veces la palabra “ética” nos transporta a grandes reflexiones conceptuales y abstractas sobre qué es correcto y qué no lo es. Se trata de un debate complejo signado por distintas concepciones filosóficas, desde la más pura ética kantiana hasta el máximo utilitarismo.

Es en el marco de estas miradas en disputa que entendemos a la ética como el aglomerado de normas, costumbres y pautas culturales que valoran el comportamiento habitual y cotidiano de los integrantes de una comunidad en un momento determinado. Por lo tanto, la ética está de manera permanente direccionando nuestro comportamiento, de allí el asemejarla con el aire que respiramos.

Hablar de ética en los negocios lleva inicialmente a los decisores de una empresa (y a los grupos de interés también) a reflexionar sobre dos preguntas esenciales:

-¿Cuál es la razón de ser de mi organización?
-¿De qué manera la empresa genera su riqueza?

El primer interrogante se relaciona con un aspecto más filosófico referido a la misión, visión y valores de una empresa, los cuáles deberían orientar el comportamiento organizacional.

Según la ISO 26000 “el comportamiento de una organización debería basarse en los valores de la honestidad, equidad e integridad. Estos valores implican la preocupación por las personas, animales y medio ambiente, y un compromiso de tratar el impacto de sus actividades y decisiones en los intereses de las partes interesadas”.

Quizás muchas veces no se preste atención a los enunciados de las visiones, misiones y valores de una empresa, después de todo, son frases prescriptivas con cierto grado de abstracción. No obstante, lejos están de ser palabras neutras o sin sentido. De alguna forma reflejan valoraciones que, en mayor o menor medida, impregnan la gestión cotidiana del negocio. Por ejemplo: no es lo mismo la visión de una empresa que pretende “ser la marca que más vende”, “ser la empresa más grande” o “ser la marca preferida por los consumidores”.

Es interesante hacer estos análisis, no porque una visión y misión sean correctas y otras equivocadas, sino porque marcan una impronta en la organización para un contexto y momento determinado.
Es alentador que, según la 2ª Encuesta sobre Desarrollo Sustentable y RSE en el sector privado en Argentina realizada por PWC , el 88% de las empresas ya incluya aspecto de RSE en sus declaraciones de misión y visión. También que en el 86% de los casos, el Directorio de la empresa sea quien define y supervisa el cumplimiento de la estrategia de RSE.

La segunda pregunta se refiere al “cómo”, esto es, de qué manera la empresa define una estrategia de sustentabilidad y, en consecuencia, gestiona en línea con esos postulados sus procesos, operaciones e impactos sociales y ambientales. Aquí es donde los asuntos de sustentabilidad incorporan nuevas dimensiones al accionar ético de una organización, y por ende, de cada uno de sus integrantes. A modo de ejemplo, ¿la competitividad de mi empresa se basará en la innovación y ecoeficiencia o radicará en el uso indiscriminado de los recursos naturales y las peores condiciones de trabajo sin considerar las perspectivas futuras de esos trabajadores?

Como mencionara, la ética se asemeja el aire que respiramos, un acto reflejo que está todo el tiempo orientando nuestras acciones y decisiones cotidianas. Ahora bien, imaginemos cómo nos sentiríamos si dejáramos de respirar por unos instantes, inmediatamente clamaríamos por ese elemento vital para nuestras vidas. Lo mismo ocurre con la ética. Es omnipresente pero si se contamina, o peor aún, falta, rápidamente todos nos damos cuenta y deseamos su pronta restitución. En ese sentido, el margen de tolerancia de inversionistas, empleados, consumidores, organizaciones de la sociedad civil, entre otros grupos de interés, es cada vez menor.
Pensemos entonces cómo cuestiones relacionadas con la falta de transparencia, fraude y corrupción nos han dejado sin aire, también reflexionemos sobre aquellas situaciones de maltrato a los empleados, la discriminación, la vulneración de derechos humanos de una persona, un grupo o una comunidad, la comunicación irresponsable de un producto, la falta de un servicio de atención al cliente y la afectación de recursos naturales, entre otros. Estos son sólo algunos de los dilemas éticos que se imponen en estos tiempos. Desafíos bien concretos y operativos cuya forma de resolución refleja valores y creencias, una mirada fundada en la ética.

De esta manera, asumamos una gestión responsable de los negocios como una ética del cuidado de las personas y el entorno, indispensable para generar organizaciones más sanas basadas en códigos de conducta, estándares de negocios y mecanismos transparentes de comunicación, rendición de cuentas y diálogo con los grupos de interés. En definitiva, encontrar los mecanismos, las herramientas de gestión, que mantengan empresas más saludables en un entorno armonioso, de la misma forma que anhelamos el aire puro para respirar cada día.

Foto: Cloudy Business City by Ryan McGuire

Sobre Lucas Ignacio Utrera

Politólogo. Magister en Administración y Políticas Públicas de la Universidad de San Andrés.
Profesor de materias de ética y responsabilidad social en la Universidad Siglo 21.
Autor de los libros “RSE y sus mitos. Manual básico para refutar a ingenuos y escépticos” (2014 – EDICON con apoyo de la Universidad Siglo21) y “RSE y trabajo decente, la articulación entre empresas y gobierno en la implementación de políticas públicas” (2012 – Grupo Editorial Temas).
Lidera el área de Sustentabilidad de Odebrecht. Anteriormente trabajó en el Instituto Argentino de Responsabilidad Social Empresaria (IARSE).