El psicólogo social, ex gerente de Cultura y Felicidad de la empresa Páez, emprendedor y asesor de recursos humanos en distintas organizaciones, visitó la Universidad Siglo 21 e invitó a repensar y compartir conceptos como pobreza, riqueza y felicidad desde un lugar cotidiano.

Por sobre cualquier posgrado, curso o estudio formal secundario o universitario aplicado a los recursos humanos y la gestión empresarial, Daniel Cerezo es en el fondo un trabajador social de los barrios. Admite que fue allí en donde nació aquella necesidad de compartir con los otros lo aprendido, a través de un vínculo desde la solidaridad y la confianza con sus vecinos.

Daniel llegó a una villa de Buenos Aires con su familia desde San Juan para buscar trabajo. Allí, se acercó a tomar las clases de piano que cada sábado dictaba una profesora del barrio, parte de la fundación “Crear Vale la Pena”.

Fanático de las cumbias y seguidor de Gladys “La Bomba” Tucumana, aprendió cada uno de los temas y hoy, padre de familia, recuerda entre risas que entre sus amigos y conocidos él era “el Charly García de la Cumbia”.

A los catorce años, su profesora lo invitó a que sea él quien enseñe música a los jóvenes del barrio. En aquel momento, comprendió que la pobreza no es la económica sino la incapacidad del ser humano para proyectarse a sí mismo. Más tarde sería el coordinador de la organización. Allí comenzó a asumir una tarea con la gente.

En las charlas que dio en la Universidad Siglo 21, relató cómo fue trasladar aquellos valores aprehendidos en el barrio a las empresas –destino al que impensadamente arribó en su juventud– y cómo acercar una porción de la organización de las empresas a la tarea social en los barrios y al emprendimiento de las personas para la mejora de su calidad de vida. “Tenía que compartir mi riqueza, transmitirle a mi vecino lo que a mí me habían enseñado”, explicó.

Uno de los desafíos de su trabajo es que las empresas se adapten a nuevos tiempos, estructuras y formas de trabajo, no a través de un manual “paso a paso”, sino a través de un camino recorrido por experiencias vividas.

Cerezo trabajó en asociaciones civiles, en recursos humanos y desarrollo institucional. Realizó trabajo social con los presos del penal de San Martín, y más tarde fue gerente de Felicidad y Cultura de la empresa Páez. Actualmente lidera su propia empresa, “Creer Hacer”, en donde trabaja en sintonía con el sector público, privado y social para mejorar la calidad de vida de las personas a través de la integración y la transformación social.

 

¿En dónde está eso que llamamos felicidad?

El psicólogo social y también músico apeló a la conocida frase “la felicidad es una decisión”, para dar cuenta de que la estabilidad y confortabilidad de la persona en el área de trabajo es tanto una responsabilidad suya como de la empresa.

“Las empresas tenemos una responsabilidad. Si las personas dedican un 70 por ciento de sus días al trabajo, hay que lograr un clima de trabajo flexible en donde se sientan escuchadas.

Si de las nueve horas de jornada la persona sólo hace trabajos profesionales y no se le alimenta su alma, entre ella y una máquina no hay ninguna diferencia”, interpeló.

En este sentido cuestionó el concepto de recursos humanos e invitó a romper el paradigma: “no son recursos, son personas, empecemos a trabajar sobre eso”.

“Ser emprendedor no tiene que ver con la edad sino con el espíritu” dijo. “Todo el mundo es pobre y rico, porque a todo el mundo le falta algo. Ni la pobreza ni la riqueza tienen que ver con lo económico”, subrayó.

Según su consideración el trabajo saca las peores pobrezas del ser humano, como la competencia y la ambición. Por eso –y respaldado por su experiencia positiva dentro del terreno de los barrios vulnerables– sugiere fomentar la cultura de la amistad y la solidaridad entre los compañeros de un mismo espacio.

El autor hizo hincapié en la importancia de que la empresa genere vínculos de confianza con los trabajadores, desde los lazos solidarios.

Consideró la necesidad de distintos tipos de líderes que incentiven a las personas pero manteniendo un vínculo desde lo compartido, y desde el “hacer parte”. Generando de esta forma un ámbito laboral que incluya los sentimientos y las emociones, y que permita cuestionar que un trabajador vaya por una vereda y un gerente por la otra.