Por Ab. Sebastián Nini Zalazar. Tutor de la carrera Martillero y Corredor Público e Inmobiliario de la Universidad Siglo 21.

Allí donde exista una propiedad rural, surgirán oportunidades de negocios relacionados. Casi siempre, éstos se asocian a la producción en cantidad y calidad de productos agropecuarios, a partir de una tradición orientada hacia la producción primaria y una segura obtención de beneficios. Hay, sin embargo, otras posibilidades de gestión en el campo y los llamados agronegocios engloban un número mayor de actividades asociadas, incluida la inmobiliaria.


Trabajar desde la perspectiva de la mobiliaria e inmobiliaria rural es un nicho de gestión indudable y de necesaria profesionalización. El rubro atiende un amplio abanico de necesidades, de propietarios y productores, empresas grandes, medianas y pequeñas. El panorama actual del sector presenta, por una parte, una dinamización del mercado nacional, dadas las expectativas positivas a partir de las medidas económicas favorables -fin del cepo cambiario y quita de retenciones- que repuntaron la venta de campos a principios de año. Por otra parte, los precios internacionales de los granos y costos altos de siembra significaron una caída en la rentabilidad de los alquileres. Ante este escenario de buenas expectativas mezcladas con cautela, cabe a las inmobiliarias rurales explorar la diversidad de opciones que el campo ofrece; asistir, por ejemplo, en la búsqueda de esquemas asociativos que repartan los riesgos en el arrendamiento, presentar nuevas posibilidades y nichos de rentabilidad.
La idiosincrasia del campo reside en su clase particular de actividades, dependiente de variables propias, como el clima o los tiempos de cultivo y crianza. Éstas generan características como la difícil distinción de modalidades laborales. Entre el tipo de trabajo asalariado que domina en las grandes explotaciones y los pequeños productores que se mantienen y emprenden por cuenta propia, existe una enorme variedad de fórmulas mixtas o intermedias (arrendamientos, aparcerías, sistemas cooperativos, explotación integral o parcial de tierras y ganados). Entonces, la organización del trabajo obliga a delinear cuidadosamente los derechos y responsabilidades en el goce y disfrute de la tierra. A su vez, puede verse que hablar de campo como unidad es una simplificación engañosa, susceptible de desdibujar actividades y formas de vida. La diversidad de necesidades que puede atender una inmobiliaria rural es tan grande como la del espacio urbano. En cada ocasión, es necesario contar con posibilidades contractuales adecuadas y propuestas que alcancen a satisfacer a las partes involucradas.
En cualquier caso, el contrato agrario es uno de los tantos medios que da vida a ese espacio productivo multiforme que llamamos campo. Posibilita rentabilidad y capitalización con ingresos de producción en plazos determinados, los ciclos productivos. El avance de las tecnologías, la evolución de la administración y el impacto legal y económico que recae en este tipo de negocio, son factores a tener en cuenta para incursionar en innovadoras relaciones contractuales. Así, por ejemplo, hoy se habla con frecuencia creciente de contratos sobre frutos futuros, locación de vientres, contratos para la utilización de maquinarias o alquiler de implementos agrícolas. Otras figuras se acercan a contratos de provisión de servicios y productos con pago diferido, o a formas asociativas de producción con obligaciones recíprocas. En la franquicia ganadera, por ejemplo, una de las partes aporta la tecnología, los sistemas y los alimentos balanceados o complementos nutrientes para un rápido desarrollo y engorde de los animales de otro, el ganadero que aporta el personal y cumple con las instrucciones del franquiciante. Un pool de siembra es un fideicomiso conformado para la producción de granos, que reúne distintos inversores –de dinero, maquinaria, tierra, insumos- por un tiempo determinado. El leasing es una herramienta crediticia que posibilita sumar bienes de capital y aumentar el potencial productivo de las empresas a través de la incorporación inmediata, por ejemplo, de costosas maquinarias. La entidad que aporta el dinero (generalmente, un banco o una financiera) compra a su nombre el bien en cuestión y lo entrega al cliente para que lo utilice durante el plazo de vigencia del acuerdo, un financiamiento a mediano o largo plazo. Estas y otras formas que encuentran los emprendimientos rurales dan cuenta de un desarrollo constante y creativo en el sector.
Martilleros y corredores inmobiliarios toman conocimiento de estas opciones, de la reglamentación especial que rige en nuestro país para este tipo de contratos, de los adelantos técnicos que permiten nuevos modelos de trabajo y asociación. La inmobiliaria rural no es un nuevo desafío para el profesional argentino, es una gestión dentro de un ámbito de negocios especiales que genera, a su vez, sus propios paradigmas dentro de los beneficios económicos agropecuarios; su crecimiento y actualización corren a la par de los avatares del campo. En la actual o futuras coyunturas, el inmueble rural será siempre un bien con amplias posibilidades de actividad económica; visualizarlas y permitir que crezcan dependerá de cuánto hayan podido profundizar, conocer e incorporar alternativas las oficinas o empresas de servicios inmobiliarios.