Por Newton M. Campos,  profesor de emprendedurismo en la FGV y de emprendedurismo en economías emergentes en la IE Business School (España).

¿Es Brasil un país de corruptos? Después de años investigando y siendo profesor de emprendedores que actúan en economías emergentes de todo el planeta, puedo afirmar categóricamente que los brasileros no somos más o menos corruptos que los ciudadanos de la gran mayoría de los países del mundo.

Desde Argentina a China, pasando por África, Medio Oriente y Europa del Este, la realidad es que en la mayoría de los países del mundo conviven prácticas entendidas como corruptas, por aquellos que defendemos una mayor ética en las relaciones personales y comerciales.

Vuelvo a contar una historia vivida por uno de estos alumnos: “En un pequeño país de Europa del Este, una familia tradicional controlaba hacía más de cien años uno de los principales comercios de la avenida principal de la capital. Con la apertura del mercado en los años ’90, rápidamente un competidor se instaló en una dirección cercana, vendiendo productos similares a precios más competitivos. Después de pocas semanas, sus fundadores fueron asesinados. Nunca se descubrieron los autores.”

¿Cómo creen que la aplastadora mayoría de la opinión pública local reaccionó? “Obviamente”, apoyando los asesinatos. Lo que ocurre es que, para aquellos ciudadanos, acostumbrados a un determinado estilo de vida, la consecuencia por la osadía de aquellos emprendedores “sin escrúpulos” fue “más que merecida”. El ejemplo demuestra que conceptos aparentemente simples, como lo que “es cierto” o lo que es “errado” pueden ser desafiados por la complejidad de la vida humana en sociedad.

En el curioso sistema capitalista moderno, en vías de la globalización, la competencia y la innovación ajena, deben estar siempre en el radar del empresario, pero la reacción debería ser apenas a través del propio mercado.

Pero la realidad es que gran parte de los emprendedores exitosos, en buena parte del mundo, es llevada a corromper o ser corrompida, en mayor o menor grado, durante su camino al éxito. Como en callejones, aparentemente sin salida, aún los más éticos, religiosos y preocupados por la rectitud y los efectos de sus actos, terminan aceptando una realidad que los lleva no sólo a corromper, sino también a estafar o sobornar a terceros, contaminar biomas, evadir impuestos y estafar, contrabandear o piratear procedimientos o productos.

Es precisamente así que abrimos nuestros ojos a uno de los mayores tabúes de la economía moderna, que glorifica el emprendedor “a todo costo” pero no le da la oportunidad de ser escuchado o aconsejado en cuestiones como estas, tan difíciles y delicadas para la continuidad de su negocio.

Casi ningún gobierno o escuela de negocios posee canales para tratar el tema, como si éste no existiese o fuese demasiado pequeño como para merecer atención.

Es verdad que se han escrito manuales de conducta, se han perfeccionado leyes y la policía ha sido entrenada para identificar mejor los delitos económicos. Y también culturalmente, se nota que hemos pasado a aceptar menos, o por lo menos a cuestionar más, estas prácticas que generan perversos efectos de largo plazo para la sociedad.

Pero el número de soluciones propuestas todavía es irrisorio, teniendo en cuenta la gravedad del asunto. Quienes se atrevan a “meter el dedo en la herida”, ya sea internamente como miembros de grandes organizaciones, o a nivel individual como fundadores de nuevas empresas, trabajan con un objetivo en común: la creciente promoción de la transparencia en las decisiones y actos del día a día, a través del uso de nuevas tecnologías.

Es así como sitios o softwares premiados, como el indio “I paid a bride” (del inglés “Yo pagué un soborno”), han impulsado una reacción todavía silenciosa pero potencialmente robusta/fuerte para hacer más amena esa compleja relación entre ciudadanos, gobiernos y negocios.

En “I paid a bride”, denuncias anónimas en masa son contabilizadas en vivo, con lugar y nombre donde los sobornos fueron pagados, ofreciendo evidencias de que algún determinado proceso no está siendo realizado con la transparencia necesaria.

Me gustaría creer que eso es apenas el comienzo de una serie de soluciones que serán propuestas e implementadas por la sociedad, incluyendo empresas y gobiernos para mitigar los enormes perjuicios causados por la corrupción.

 

 

* Este artículo fue traducido por Daniela A. Arrieta, Lic. en Relaciones Internacionales y graduada de la Universidad Siglo 21.