Por Jaime Rodríguez Alba. Director de la Licenciatura en Administración Pública y de la Tecnicatura Universitaria en Administración y Gestión de Políticas Públicas.

Las universidades son muy antiguas, extendiendo este concepto a las primeras agrupaciones de estudios. Si nos fijamos en la institucionalización de las mismas son más recientes, en los albores de la modernidad, con los procesos de urbanización y modernización de los estados se generalizan con fuerza.

Hoy las universidades caminan hacia nuevos modelos de enseñanza-aprendizaje, nuevos territorios y geografías epistemológicas, emocionales y actitudinales. En el plenario codocente celebrado el día 7 de septiembre se nos aportaron interesantes reflexiones al respecto. Lo más inquietante –aquello que no nos deja quietos, con sus retos, amenazas, pero a su vez estímulos- es saber que nosotros como institución ya estamos cabalgando esta senda. Superar el elitismo, avanzar hacia el despliegue de las competencias humanas, considerar que los profesionales del futuro van a desbordar las categorías académicas tradicionales, que hay tantos modos de aprender como inteligencias creativas, etc. Todo esto supone un reto inmenso. Pero de esas inmensidades que acompañan no con el desasosiego, sino con la certeza de que el final del camino –aun cuando este final sea un nuevo comienzo- es un hito compartido.

Quizá por distorsión profesional tiendo a considerar que la universidad que somos ya y aún queremos ser más se asemeja a lo que será la gobernanza del futuro.

Gobernanza que ya está asomando. La complejidad y el dinamismo de nuestras sociedades nos hacen pensar que la apuesta por un mundo sostenible no es un añadido, sino una necesidad creciente. Y esta sustentabilidad es impensable bajo los modelos clásicos de gobernanza que tienden a contraponer lo público a lo privado, el Estado a la Sociedad Civil, y dicotomías afines. La gobernanza del futuro es una gobernanza colaborativa, en la que son vitales los tres sectores: público, privado y tercer sector. Pero como señalan los expertos esta nueva modalidad de construcción del vínculo de la gestión y el gobierno requiere partir de algo fundamental: la inteligencia de las multitudes. Esto es, el hecho –ya hoy perentorio- de que los bienes, servicios, etc, más innovadores y con mayor valor se generan por redes de colaboración. Establecer un diseño institucional –incorporando la gestión del talento humano- que reconozca y potencie esta dimensión, es uno de los factores de éxito organizacional sin lugar a dudas.

Aunque el concepto de una inteligencia de las multitudes parece reciente, tiene larga data. Hoy es usado por los teóricos de la gobernanza y  también los del gobierno abierto, pero podemos remontarlo hasta la antigüedad misma. Así, la famosa polémica por el entendimiento agente en época medieval, que revela por cierto todo el trasunto ontológico y ético-político del lugar del individuo respecto a la comunidad. La modernidad ha situado en el horizonte una noción fuerte de individualidad. Noción que hoy es cuestionada desde muchos flancos. Pero ha habido una altermodernidad, con pensadores como Spinoza (frente a Hobbes, por ejemplo), que vindicó una noción de pluralidad colaborativa frente al atomismo individualista y competitivo atribuido a lo que el politólogo Macpherson llama “individualismo posesivo”: la suposición de que los actores sociales obtienen su máximo beneficio en el enfrentamiento con los restantes por captar los recursos escasos.

Esta altermodernidad no tuvo su lugar en el esquema histórico quizá, si seguimos las concepciones hegelianas de una “astucia de la razón”, por la exigencia misma del desarrollo de las propias relaciones de producción, por decir en términos marxistas. Esto es: frente a estructuras institucionales organicistas y jerárquicas como las medievales, lo revolucionario fue la apuesta por la individualización. No en vano los países con mayor desarrollo material fueron los que alumbraron la reforma protestante, cuyo quid pro quo es precisamente esta noción fuerte, casi lacaniana, de un individuo que se enfrenta angustiosamente a su propio destino, en la soledad más alumbrante que cabe imaginar.

Hoy en cambio son muchos los teóricos de la política, los sociólogos, historiadores y economistas, que nos dicen que las condiciones materiales de producción son otras. Curiosamente el Marx desconocido – el Marx más allá de Marx¸ que Toni Negri estudiara, nos analiza esta tendencia. Él lo llama el General Intellect: el Entendimiento General. La idea es brillante: el propio desarrollo de las relaciones y fuerzas de producción hará que el fundamento de valor no será el trabajo individual estratificado y diferenciado, sino la colaboración y la co-operación en la producción de valor.

Negri nos dice incluso que el valor se produce fundamentalmente desde el afecto y la cognición.

Para teóricos como Negri y otros afines hoy el reto no es el “proletariado”, sino el “cognitariado”. Esto es, la capacidad que tengan las distintas estructuras institucionales -entre las que por supuesto la institucionalidad política del estado tiene muy importante función-, de generar relaciones de producción que permitan que esa fuerza de trabajo cooperativo propia de la multitud conduzca a incrementar y universalizar los niveles de bienestar. Porque siempre cabe el riesgo de lo contrario. Los humanos habitamos y habitaremos siempre la contingencia y el límite.

Tenemos pues una inteligencia de la multitud Siglo 21, podríamos decir, que se plasma –por supuesto, toda multitud ha de estar bien liderada para no degradar su propia potencia, como ya viera Spinoza, uno de los primeros teóricos que pensó la inmensa capacidad de la colaboración- en la apuesta por esa universidad del futuro que está siendo ya. ¿Qué retos nos exige? Primero, y más fundante quizá, situarnos en este nuevo modo de ser que supone la noción misma de una “inteligencia de las multitudes”. Comprender que cada uno de nosotros (de los que tenemos más años de lecturas y de los que tenemos menos, de los que hacemos unas tareas más abstractas y de los que las hacemos más concretas, etc.) es una suerte de nódulo en la composición de sentido y valor. La inteligencia de las multitudes es una inteligencia que gobierna el mundo desde el gobierno de sí mismo y la construcción de sentido en la malla plural, esquiva y hasta confrontativa (el conflicto es motor de cambio) de la composición de deseos, energías y talentos del conjunto. Segundo, en este horizonte se nos abren múltiples puntos de reflexión: “allí donde crece el peligro, crece también la salvación” (Holderlin). El reto de pensar-con-desde-por-para-entre cada uno y el todos menos uno (no hay nada más peligroso que el “todos” a secas) cómo podemos apuntalar una sociedad que ha de guiar sus propios pasos. Al servicio, pues, de la sociedad que somos.

En qué se concreta todo esto. Decimos muchas veces que somos una “universidad mediada por tecnología”. Pero quizá no nos demos cuenta de todo lo que esto implica. Ya en los albores del siglo XX, Gilbert Simondon reflexionó sobre ese mundo de los objetos técnicos que parece en ocasiones rebelarse contra nosotros mismos. Esta rebeldía no es tal, es en realidad una apuesta, una oportunidad. Y aquí estamos. Se nos avecina un mundo en el que la inteligencia artificial mutará profesiones, relaciones, y hasta los deseos mismos. Salir de la caverna del recuerdo y aventurarse a pensar y sentir con los tiempos es la gran apuesta. Por esto una universidad que co-gobierna con empresas, estado y organizaciones sociales es la clave, a mi entender, para los saberes (ser, hacer y querer) que el futuro está ya demandándonos.