El Dr. Robert Shapiro, ex Decano de la facultad de Ciencia Política de la Universidad de Columbia, se dedica a estudiar la polarización partidaria y la ideología política en los Estados Unidos. El pasado 13 de junio dio una conferencia en la Escuela de Negocios de la Universidad Siglo 21. Aquí se resumen algunos puntos de una interesante disertación, en la que se dibujaron posibles escenarios electorales para el país del norte.

En una primera parte, Shapiro explicó las diferencias y similitudes entre republicanos y demócratas como polos del bipartidismo norteamericano. Áreas donde los partidos coinciden y difieren, las fuerzas moderadoras en su interior, los cambios de posición respecto a cuestiones económicas, pero también en temas sociales sensibles que surgieron a lo largo del tiempo. Resumió una larga historia de diferencias entre los partidos, que no siempre fue lineal ni puede deducirse de sus posiciones actuales. Así, por ejemplo, refirió cómo el largo debate sobre la igualdad de derechos empezó en el partido republicano, el mismo de Abraham Lincoln, que aboliera la esclavitud y apoyara la causa de los afroamericanos después de la Guerra Civil. Con el movimiento de los derechos civiles, por su parte, el partido Demócrata se dividió en dos posturas antagónicas, hasta que prevaleció una ala liberal, del norte, pro-derechos. Fue entonces cuando los republicanos giraron el curso y se transformaron en el partido anti derechos civiles, en comparación con su opositor. Algo similar ocurrió con los derechos de las mujeres. Los republicanos los tuvieron en cuenta sostenidamente en su plataforma, hasta la presidencia de Ronald Reagan. Otros asuntos fueron surgiendo en distintos puntos del tiempo -protección ambiental, derechos LGBTs, control de armas, pena capital, defensa nacional- y los partidos se fueron dividiendo en alas o facciones, a la vez que se acentuó la polarización entre ellos, al punto que el partido Republicano se ubicó en una posición conservadora en el espectro político de Estados Unidos; y el Demócrata se volvió el partido de la justicia racial, los derechos de las mujeres, y otros como la libertad de expresión o religiosa.

Shapiro se encuentra entre los teóricos y analistas políticos que intentan entender cómo los partidos cambiaron alrededor de esa amplia gama de asuntos. En ese sentido, el foco de análisis estuvo, en primer lugar, en los líderes políticos, aquellos que toman las decisiones.

Pero las buenas campañas tanto de Sanders como de Trump en las primarias implican, en su perspectiva, un desgaste o pérdida de confianza en la “política mainstream”.

Con estos candidatos, se mostró un público de clase media, en polos opuestos del espectro, que rechaza la política tal como ha sido planteada hasta ahora.

Desplazando el punto de interés a cómo ocurren estos cambios a nivel de la opinión pública -tema sobre el que escribió en The Rational Public, en coautoría con Benjamin Page- Shapiro, con apoyo de un gráfico de James Stimson, ilustró cómo, cuando la opinión pública vira hacia un tinte liberal, generalmente sigue la elección de un candidato demócrata. Y una vez que esto ocurre, por alguna razón el público decide que necesita luego un presidente conservador. Así, por ejemplo, se explica el movimiento pendular que llevó, después de Johnson, a la presidencia de Nixon en 1969. En el momento actual, las políticas de Obama se han movido en una dirección liberal. Esto, junto con la percepción de que su administración no ha sido muy exitosa, sugiere que el 2016 sería un buen año para los republicanos.

 

Una “wild card” llamada Donald Trump

Entre las preguntas de los asistentes, fueron numerosas las que se refirieron al candidato republicano y a las posibilidades reales de que llegue a la presidencia. Los teóricos y analistas políticos, entre los que se reconoce Shapiro, no pudieron predecirlo. Ahora, al intentar entenderlo, se toma en cuenta su estatus de celebridad, que lo ayudó con visibilidad y reconocimiento previos.

Trump, explicó Shapiro, conoce el uso de los medios, mantiene el foco en él y no en los aspectos positivos de otros candidatos.

Es impredecible, no se puede saber si es serio sobre todo lo que dice; ni siquiera se sabe quiénes serían sus asesores. Por estas razones, Shapiro lo calificó como una “wild card”, un signo de interrogación en medio del juego electoral. Mencionó además a la organización “The Tea Party” como un factor importante en la candidatura de Trump. No sólo por su apoyo directo, sino como una forma que los republicanos encontraron para decir a su partido que no los estaban ayudando, que no estaban haciendo lo suficiente contra Obama. Por lo tanto, para Shapiro, no fueron sus líderes sino las bases del partido las que llevaron a Trump a la candidatura. Haciendo un paralelismo con los orígenes de Sanders en Occupy Wall Street destacó, nuevamente, el surgimiento de estos candidatos por fuera de los centros políticos y partidarios tradicionales.

Interrogado sobre las chances de ganar del republicano, Shapiro respondió que son pocas, pero que atiende diariamente a los medios: si las cosas van mal en la economía, o en Siria, Iraq, Afganistán, o si hay un ataque terrorista en algún lugar, son malas noticias para los demócratas. La respuesta sobre qué va a pasar en noviembre depende, para Shapiro, de la misma pregunta de Trump llevada a distintos frentes: “¿Estamos ganando?”.

Lo que determine a los indecisos será, entonces, el desempeño del gobierno de Obama.

Finalmente, a pesar de su impredictibilidad, Shapiro intentó dibujar un escenario con Trump como presidente. Afirmó que veríamos el primer desafío, en un largo tiempo, para el sistema constitucional norteamericano. Consideró, sin embargo, que la separación de poderes, el sistema de “checks and balances”, está en su lugar. Los congresistas y senadores demócratas serían opositores, pero tampoco parece obvio que el propio partido vaya apoyarlo, pudiendo resultar en la ironía de que Trump sea controlado y restringido por los mismos republicanos. Por ejemplo, si quisiera anular la reforma en Salud de Obama, Trump debería trabajar y adquirir compromisos también con ellos.

 

Relaciones internacionales y con América Latina

La política exterior del próximo gobierno de Estados Unidos rondó las inquietudes del público. En ese sentido, Shapiro destacó la diplomacia y voluntad de negociación del partido demócrata. Interrogado sobre Hillary, hizo un retrato de los Clinton como políticos pragmáticos, capaces de sobrevivir a la crítica, resistentes y resilientes: “una familia muy interesante”. Hillary se diferenció de la administración Obama en su desacuerdo, por ejemplo, con el Tratado Transpacífico. Si es elegida, podría reconsiderar entrar en conversaciones para revisar tratados como ese y volverlos aceptables para las partes. Para Shapiro, hay formas de renegociar las cosas, en lugar de dejarlas atrás. Por ejemplo, un seguro que compense la pérdida de empleo y diferencia de beneficios que los tratados de libre comercio puedan provocar en algunos sectores de la industria norteamericana. El mismo Trump opina que puede obtener “un mejor arreglo” para el país; para ello, aún para convencer al gobierno mexicano de que pague por su pretendido muro, es necesario negociar.

Sobre el acercamiento de los gobiernos latinoamericanos, como el argentino, a Estados Unidos, Shapiro se mostró optimista. Que Argentina aceptara refugiados y que Estados Unidos haya apoyado a una mujer argentina como secretaria general de Naciones Unidas, le parecieron buenas señales a corto plazo. Además, afirmó que no se ha dimensionado aún la importancia de la decisión de volver a tener relaciones con Cuba, un punto que ha sido central en el debate con los países del continente.