Por Mgter. Daniel Roura. Licenciado en Relaciones Internacionales de la Universidad Siglo 21. MBA, París School of Business. @daniel_roura.

¿A dónde va ese loco? expresaba el 14 de febrero de 1797 John Jervis, almirante de la Marina Británica, en el Cabo de San Vicente frente a las costas portuguesas, al ser testigo de la flagrante desobediencia a sus órdenes por parte de Horatio Nelson.

No era la primera vez y no iba a ser la última. Horatio Nelson fue quizás el mejor Almirante que dio la Inglaterra de los Siglos XVIII y XIX. Su marca personal fue la de lograr victorias increíbles, en inferioridad numérica y en condiciones poco menos que insostenibles. Su victoria más resonante fue sin lugar a dudas, la Batalla de Trafalgar, cuando superó a una flota combinada franco-española, convirtiendo a la Marina Británica en la Reina de los mares. El precio que pagó fue muy alto por esa victoria: su propia vida.

Nelson tenía una particularidad y era la de hacer lo inesperado, rompiendo con las reglas, la cadena de mando y siguiendo su propia intuición y su propio juicio. Esto le valió el apodo de loco o de “mad dog”. Esto era un problema a la disciplina militar esperada, pero a la vez fue la clave de muchas de sus victorias: el enemigo simplemente no podía prever porque sencillamente no se apegaba a las reglas tradicionales. El desconcierto que generaba en sus adversarios le brindaba el elemento sorpresa que le permitía mantener la iniciativa y como decía Sun Tzu, siempre el que golpea primero tiene la ventaja.

El 8 de noviembre de 2016, el mundo era testigo de como el “antihéroe”, la persona menos pensada, la persona que mayores temores representaba, se hacía finalmente del lugar de líder del mundo libre: Donald J. Trump era elegido presidente de los EEUU. Nelson fue un exitoso almirante, Trump en su mirada de sí mismo, es un exitoso hombre de negocios. Los separan siglos e intereses, pero sin embargo la imagen de mad dog puede ser de utilidad para graficar la victoria de Trump.

No tanto quizás por su brillantez como estratega, más bien por retener siempre la iniciativa a no seguir las reglas tradicionales del juego político.

Supo capitalizar el sistema de elección norteamericano de colegio electoral, utilizando un discurso reaccionario, muchas veces falto de verdad (“alternative facts”) pero que ponía una respuesta simple y directa (no por eso real o apegada a los hechos) en las necesidades de muchos de los ciudadanos norteamericanos. En definitiva, hizo lo que el sistema no había hecho nunca, lo que sus adversarios políticos no hubieran hecho en campaña y esto fue, sin lugar a dudas, una de las claves de su victoria.

Ahora bien, hay otro aspecto importante en el fenómeno Trump. Él es quizás el punto más notorio de una serie de síntomas que está evidenciando occidente, esto es, Trump no es el único mad dog. En Inglaterra, Nigel Farage y Boris Johnson obtuvieron una victoria resonante en el referéndum para el Brexit (luego renunciaron y es Theresa May quien se puso al frente del proceso para respetar la voluntad popular). En Austria, en última instancia y luego de una intervención del poder judicial, los votantes evitaron la llegada al poder de Norbert Hofer, el candidato de la ultraderecha. En Francia, Marine Le Pen, la líder del Frente Nacional, de ultraderecha y conocida por sus expresiones racistas y xenófobas marcha primera en las encuestas para las elecciones presidenciales de mayo, mismo escenario para Holanda y el líder del PVV (Partido para la Libertad), Geert Wilders.

 Y he aquí el nudo gordiano: muchos se preguntaron por qué los estadounidenses votaron a alguien con características tan cuestionables.

Por qué se inclinaron en alguien con un discurso tan radical y tan desapegado a la realidad. La clave está en seguir al votante americano, porque desde luego, algún motivo, genuino, válido, legítimo, tuvo. Una explicación plausible es la sensación de pánico y crisis, por un lado, y la carencia de liderazgos claros del otro, algo así como un desencanto generalizado con las promesas incumplidas de la globalización.

En la década del ‘90 y con el fin de la Guerra Fría, la sensación predominante fue el optimismo. Bienestar económico, paz, cooperación, eran conceptos que se creían marcarían el fin de un siglo traumático por las guerras y el comienzo de una nueva era de esperanza.

En la gran pantalla dos sucesos pusieron en tela de juicio esas esperanzas. Dos sucesos que a su vez sirven como íconos de la sensación de inseguridad personal: el atentado a las Torres Gemelas y al Pentágono como ejemplos del terrorismo internacional y como íconos de la sensación de amenaza a la seguridad personal y la crisis financiera internacional que golpeó a las economías centrales en 2007-2009 como ícono de la sensación de inseguridad económica personal. Ambas sensaciones de inseguridad física y económica, serían las causantes de esta suerte de pánico generalizado que tiene como expresión el auge de los mad dogs. Para graficar esta sensación, siempre los números sirven. En el caso de Europa y el terrorismo, según el Pew Research Center, en 9 de los principales Estados europeos, más del 75% de la población en promedio percibe a ISIS como una amenaza mayor a la seguridad nacional. En el caso de Francia y España la cifra supera al 90%. El fenómeno es potenciado por la era de las comunicaciones logrando el efecto que los terroristas desean, dado que, por caso, en Francia en los últimos dos años hubo 247 muertos en 8 atentados, lo que representa un riesgo 27 veces menor al de morir en un accidente de tráfico. Sin embargo, la espectacularidad de los atentados sumado al eco de los medios y a la sensación de “en cualquier momento y cualquier lugar” lo convierten en el primer causante de percepción de inseguridad física.

En cuanto a su situación económica personal, los europeos y estadounidenses tampoco son optimistas, según Pew, en su mayoría los estadounidenses (60%) y los europeos (64%) piensan que sus hijos tendrán que afrontar una situación económica peor a la de ellos. Y es, en el aspecto económico, a donde se mezclan diferentes elementos que retratan nuestra época y que desde luego contribuyen a la sensación de inseguridad económica. En este último aspecto económico, la inseguridad perceptible puede justificarse en los profundos y vertiginosos cambios que estamos observando a diario. La crisis de 2007-2009 originada en el sector financiero, contribuyó al sentimiento generalizado de que unos pocos se repartían los beneficios económicos mientras que grandes sectores de la sociedad debían hacer los esfuerzos para rescatar bancos privados. Por caso, aquí en España, cuatro bancos privados fueron receptores de rescates con fondos públicos que superan los 64 mil millones de euros. Esta sensación se agudiza cuando se observan los datos de concentración de riqueza: de acuerdo a una comparación de datos realizada por Oxfam, las 8 personas más ricas del mundo concentran una riqueza valuada en más de 421 mil millones de dólares, el equivalente a la riqueza de la mitad más pobre de la población mundial.

Para que quede claro, las 8 personas más ricas poseen la misma riqueza que las 3.6 mil millones de personas más pobres.

El panorama no es alentador para los más jóvenes que empiezan a incorporarse al mercado laboral. Diversos estudios muestran que los millennials ganan hoy un 20% menos que lo que ganaban sus padres en la misma etapa de su vida. La esperanza es que son una generación mejor educada, lo cual a lo largo de la vida les permitiría mejorar sus ingresos.

Sin embargo, hoy, en términos de pago de aranceles y matrículas universitarias en EEUU, los millennials pagan casi tres veces más que sus padres, lo que a su vez los convierte en una generación más endeudada.

En el aspecto de la concentración y de los ingresos, hemos visto que hay algunos indicadores alarmantes. Ahora bien, ¿qué ocurre con el trabajo? Bueno, a priori hay elementos, que si bien no son alarmantes in extremis, deben al menos ser considerados. En 2013 Carl Benedikt Frey y Michael Osborne examinaron la probabilidad de automatizar casi un millar de trabajos. El resultado fue que casi la mitad de ellos (47%) tenían una probabilidad alta de ser automatizados. ¿Qué quiere decir esto? que en 20 años (de acuerdo al estudio) la mitad de los trabajos y, por consiguiente, la mitad de los trabajadores de Estados Unidos, quedarían sin trabajo al ser sus trabajos reemplazados por robots o computadoras. Es importante destacar un dato: el estudio se hizo solo considerando la tecnología actual. Como sabemos, la tecnología evoluciona permanentemente. Estudios luego realizados en otras partes del mundo como Gran Bretaña y Japón mostraron índices similares (35% y 49%). Es por esto, que del lado de las Políticas Públicas se comienzan a ver iniciativas como el ingreso universal ciudadano para paliar estos efectos de los avances tecnológicos.

Cuando se analizan fenómenos de esta naturaleza, como el auge de personajes como Donald Trump, tenemos siempre dos formas de hacerlo: viendo las tendencias de corto plazo, o bien observando las más profundas de largo plazo.

Donald Trump está llamado a ser un personaje polémico, contradictorio y que muy probablemente encuentre problemas a soluciones.

Sin ir más lejos, lleva 3 semanas en el poder y genera una crisis político/diplomática casi a diario pasando de reconocer como Estado a Taiwán antes de ser presidente, a prohibir el ingreso de nacionales de 7 países mayoritariamente musulmanes. Sin embargo, hay tendencias profundas que permiten el surgimiento de personalidades con estas características. En esas tendencias, el pánico y las inseguridades de grandes sectores de la población son las claves para entender el por qué de lo que ocurre.

Grandes segmentos de la población temen por su seguridad física, por su empleo, por el ingreso de sus hijos y por su futuro cercano. Son sensaciones legitimadas por la realidad evidenciada en las estadísticas y que han creado la tierra fértil para el surgimiento de estos liderazgos negativos. En el corto plazo las sociedades deberemos lidiar para sobreponernos a personajes como Trump, Le Pen y compañía, pero estos mad dogs tiene su Trafalgar a la vista, en el caso de Trump, máximo 8 años. Son los temas profundos los que necesitamos resolver y para los cuales se necesitan liderazgos positivos.

Son esas tendencias profundas actuales las que generan estas reacciones, y a su vez son las más difíciles de cambiar, llevan tiempo, inteligencia, esfuerzo individual y colectivo, y desde luego, no se resuelven construyendo un muro.