*Por Gastón Utrera. Presidente de Economic Trends S.A. Profesor de Análisis Macroeconómico para la Direccion de Empresas. Escuela de Negocios. Universidad Siglo 21.

La economía argentina finalizó 2014 con muchos problemas acumulados. Inflación elevada (38.5% según indicadores no oficiales), recesión (2.5% de caída de actividad económica) y fuerte atraso cambiario (competitividad cambiaria entre 40% y 50% por debajo de fines de 2007, tanto en comparación con el dólar como con el euro y el real brasileño).

Y, como lamentablemente ocurre cada vez que la macroeconomía no funciona bien, 2014 finalizó también con serios problemas sociales, como una tasa de pobreza que según distintos indicadores afecta a entre 25% y 30% de la población, cuya cara más visible, y dolorosa, es la muerte por desnutrición de niños en el norte del país. Y una tasa de desempleo subiendo levemente, aunque con elementos para sospechar que los datos oficiales están subestimando el deterioro del mercado laboral.
Un presente tan complejo llevó a muchos analistas económicos, e incluso a importantes políticos, a sufrir en 2014 una especie de exceso de pesimismo, reflejado en expectativas de una crisis económica inminente. A pesar de que la economía hacía tiempo que mostraba signos de fuerte deterioro, tal crisis no ocurrió, y los motivos por los cuales no ocurrió son relevantes ahora para analizar lo que puede ocurrir durante el resto del año.

La mayoría de las expectativas de crisis inminente se basaban en que (a) el Banco Central tendría que emitir una cantidad muy grande de dinero a final de año para financiar el déficit del Tesoro Nacional y (b) la pérdida de reservas del Banco Central no se revertiría con endeudamiento externo como consecuencia del default de la deuda pública. Y ambos procesos presionarían entonces fuertemente sobre el dólar paralelo y la inflación.

Pero ocurre que el Banco Central, por cada 100 pesos que emite por una ventanilla para financiar al Tesoro, retira de circulación, por otra ventanilla, mediante la colocación de deuda, alrededor de 50 pesos, quitando así presión sobre el dólar paralelo y la inflación. Y ocurre también que, para apuntalar sus reservas, viene tomando fondos del Banco Central de China en el marco del swap de monedas firmado a mediados del año pasado.

Ambos instrumentos son transitorios. La deuda que el Banco Central emite para retirar pesos de circulación, junto con sus intereses, tendrá que ser pagada en algún momento, al igual que la moneda china tomada en préstamo, que tendrá que ser devuelta junto con sus intereses.

Pero mientras el Gobierno Nacional tenga su mirada puesta en el 10 de diciembre de 2015, y no más allá, tendrá el incentivo a utilizar ambos instrumentos, que permiten esquivar una crisis pero condicionando cada vez más la política económica luego de esa fecha. La paradójica ventaja, desde el punto de vista del Gobierno, de tener una mirada de corto plazo: permite utilizar instrumentos que, con una mirada a más largo plazo, seguramente no serían aceptables.

Pero que tal vez pueda evitar una crisis no significa que el escenario económico sea positivo. Por el contrario, no es razonable pensar que la inflación baje drásticamente (es probable que se mantenga en torno al 30% anual, en medio de un proceso por el cual salarios suben porque suben los precios y precios suben porque suben los salarios, todo eso funcionando a un ritmo de alrededor del 30% anual) y, con continuidad de la inflación, continuará el problema de atraso cambiario. Se trata de una especie de trampa: con inflación elevada, es difícil salir del atraso cambiario: si no se devalúa, el problema sigue y, si se devalúa, también, ya que la devaluación arrastra rápidamente precios internos, volviendo la competitividad cambiaria al nivel original. Lo que ocurrió el año pasado. Por eso la intención del Gobierno de no devaluar nuevamente, sino sólo actualizar gradualmente el dólar oficial.

Y con atraso cambiario continuarán las dificultades actuales. Con atraso cambiario es difícil salir de la recesión, al Banco Central le cuesta recuperar reservas, a la industria y ciertas producciones agropecuarias les cuesta cerrar sus números, es difícil exportar y aumenta el esfuerzo del Gobierno por restringir las importaciones.
La economía que heredará el próximo Gobierno tal vez no sea una economía en crisis (al menos no del tipo que estamos acostumbrados en Argentina, como al final de los ’80, o en 2001 y 2002), pero seguramente será una economía complicada por la inflación, la recesión, el atraso cambiario y los problemas sociales.
Y de nuevo puede haber expectativas equivocadas, aunque en sentido contrario. Así como a finales del año pasado, en medio de las dificultades económicas, hubo una especie de exceso de pesimismo, a finales de este año, en medio de la natural renovación de expectativas en el inicio del nuevo gobierno, puede haber cierto exceso de optimismo.

Exceso de optimismo que se refleja, por ejemplo, en los discursos de los candidatos presidenciales que plantean que la regeneración de expectativas, casi de manera automática, permitirá atraer capitales del exterior, aumentar las inversiones y comenzar así la recuperación económica.

Hay que tener en cuenta que tales procesos efectivamente pueden ocurrir en el marco de un nuevo gobierno que genere un mínimo de expectativas positivas. Pero que la regeneración de las expectativas no resuelve por sí misma varios de los problemas de la economía argentina. De entrada, no resuelve ni la inflación ni el atraso cambiario. Ambos pueden incluso agravarse en medio de un boom de inversiones alentadas por mejores expectativas. Reducir la inflación y revertir el atraso cambiario requiere políticas específicas.

Sería un error confiar entonces sólo en la regeneración de expectativas para solucionar los problemas macroeconómicos. Error que parece haberse cometido varias veces en la historia argentina, por gobiernos que asumieron en contextos de alta inflación e inestabilidad económica y tardaron año y medio o más en lograr sus primeros resultados económicos, tal vez por subestimar la magnitud de los problemas heredados y sobreestimar el impacto de la regeneración de expectativas. Les ocurrió a Arturo Frondizi, Juan Carlos Onganía, Raúl Alfonsín y Carlos Menem.

De cualquier modo, es probable que más tarde o más temprano, el próximo Gobierno logre ordenar la macroeconomía, bajando la inflación, revirtiendo el atraso cambiario y reactivando la economía, con el natural impacto positivo sobre las cuestiones sociales.

Pero debemos aspirar a que, además de ordenar la macroeconomía, el próximo Gobierno siente las bases para que todo esto no vuelva a ocurrir. Para que dejemos atrás tantas décadas de inflación, inestabilidad y crisis económicas.

Y eso requiere recuperar las instituciones republicanas que imponen límites a la discrecionalidad y arbitrariedad en las decisiones de los gobiernos.
Tal cosa no ocurrirá sin que lo demande y exija la sociedad.

En medio del asombro, la angustia y el temor que genera un hecho tan grave como la muerte violenta de un fiscal luego de denunciar a lo más alto del poder político, cuando parece que volvemos a un oscuro pasado de violencia política, tal vez no todo esté perdido.

Es posible que la sociedad reaccione reclamando y exigiendo el tipo de instituciones que permiten la estabilidad política y económica necesaria para lograr el desarrollo económico y social que nos merecemos.

Contenidos para profundizar:

La república degradada

Pobreza, política e instituciones

1 minuto: El próximo gobierno y las instituciones