Por Jaime Rodríguez Alba. Director de la Licenciatura en Administración Pública y de la Tecnicatura Universitaria en Administración y Gestión de Políticas Públicas.

La noción intuitiva que tenemos de un concepto imprime un sesgo en la percepción de la realidad que este concepto, y su soporte en el lenguaje, transmite en el entramado simbólico de una sociedad. Esto es algo que podemos indagar desde multiplicidad de aportes. Por esto mismo el evento que nuestra universidad convocó el pasado jueves 1 de junio llamado “Equidad de género y prevención de la violencia de género”, resulta de una trascendencia que, si logramos hacer de nuestras apuestas un movimiento social, habrá de lograr frutos en un próximo futuro.

Una de esas nociones intuitivas que vengo, con mis humildes medios por supuesto, clareando en estos últimos tiempos es precisamente la automática referencia del término “género” a “mujer”, desconociendo que cuando hablamos de género hablamos de un concepto que tiene un fuerte componente relacional.

Por no decir, lo que nos sacaría mucho de este lugar de reflexión, que se trata de un concepto de los que Cassirer llamara “conceptos funcionales”: los más desapegados de la imagen que puede originarlos. En los conceptos funcionales la forma se aparta de la materia inmediata de la intuición y se convierte en signo. Decir que el concepto de “género” es un signo es decir, en lo inmediato, que no podemos operar mediante metonimias de modo absoluto. Es obvio que operamos siempre por metonimias –“dame una copa…”, “viste el Merlí…”- pero los conceptos tienen que atender a su dimensión relacional y posicional, lo que obliga a tomar en cuenta el campo de posiciones léxicas que este concepto referencia. Para el caso de “género”, el género se construye en la relación. Y en nuestros días esta relación es cualquier cosa menos una relación binaria. Como bien señalaron los panelistas en el evento que comentamos: la lógica de la media naranja ya no hace más que daño, al situar un ideal de amor romántico que contrasta con la multiplicidad. El género se construye inter-relacionalmente y trans-relacionalmente.

Desconectar pues la noción intuitiva de “género” como “género femenino” es una operación de la máxima relevancia.

Porque si situamos esta desconexión en el horizonte del diseño de las políticas públicas, tendremos que entender que las políticas de género no son sólo políticas referenciadas a la posición femenina.

Sería muy complejo tematizar aquí la relevancia de este abordaje cuando nos referimos a todas las categorías que traspasan y subvierten la lógica del discurso heteronormativo del que hemos escuchado tanto hablar en estos últimos tiempos. Y ciertamente en el evento sobre equidad se expusieron múltiples conceptos y datos para que pensemos dónde estamos parados: la mayor violencia es contra, como dijo uno de los panelistas “el otro género”, esto es, aquél que no es del género masculino cuando este se toma como eje definitorio, como parámetro de toda posibilidad de género. Así sufren las mujeres (acordémonos de la exigencia de Lacan: “La Mujer no existe”), pero también los transgénero, queers, travestis, etc.

Tampoco se trata, por supuesto, de abnegar la particularidad del sujeto en la abstracción del concepto, como se sugirió en el panel.

El cuerpo es lo más concreto, lo que nos singulariza –que es más que “individualiza”-, pero también lo que nos generaliza. Es lo que nos hace máximamente particulares y al mismo tiempo permite todo el sistema de identificaciones con las que el sujeto se posiciona en el espacio social y simbólico.

Un espacio caracterizado por la diferenciación y la “puesta en escena”. No suscribo la posición extrema de Goffman, para quien el sujeto es como una suerte de clavo en el que vamos colgando los diversos trajes con los que ocupamos nuestra existencia, no sólo lúdica por supuesto. El sujeto no es sólo el clavo. El sujeto es esa multiplicidad de atravesamientos, una suerte de nodo en el que confluyen, en una especie de dínamis perpetua pero con ciertas estabilidades estructurales, la multiplicidad de fuerzas (sociales, económicas, culturales, psíquicas, etc.) que suelen generar posiciones que se reproducen constantemente. Y aquí es donde está, precisamente, el gran reto de una política que pretenda realmente impactar.

Una política pública de impacto en temáticas de género tiene, por así decir, dos pre-requisitos: desanclar la noción intuitiva de “género” como “género femenino” considerando la pluralidad de posiciones sujeto y sus múltiples atravesamientos; pero también, considerar la relacionalidad implícita en toda construcción de posición. Sólo en la medida que desconstruyamos el modo como se construye ese “género dominante” esa suerte de primer analogado del género que define todos los demás en el discurso heternormativo –“La Mujer” es la construcción del soterrado deseo de El Hombre, con la salvedad que El Hombre sí ha existido como actor dominante en la historia, siendo las mujeres una suerte de construcción conforme al “deseo de El Hombre”, y lo mismo cabe argüir respecto a otras vivencias de género.

Es un gran aporte el evento que comento por múltiples razones. Pero ciertamente lanzar al debate la noción de que una política de género, una política que avance hacia la equidad y la prevención de la violencia de género, ha de buscar medidas concretas y específicas respecto a los géneros, por supuesto. Pero es un eje central de trabajo el estudio y fomento de, podríamos decir, “alter-masculinidades”. Potenciar desde la educación, la comunicación, la legislación, etc., otros modos de construcción de masculinidad, rompiendo con los lugares comunes desde los que se ha construido históricamente la posición masculina. Esta línea de trabajo no nos la inventamos, por supuesto. Hace tiempo que se viene investigando y haciendo en esta senda en muchas partes del mundo.

Me daba por pensar, a raíz de las intervenciones de los panelistas, en una hermosa distinción que arriba en el discurso de la Fenomenología. La distinción entre “soma” y “Leib”. Mientras el “soma” es el cuerpo en su “desnudez” biológica (ojo que tal desnudez nunca existe), el “Leib” es el cuerpo vivido, el cuerpo vivenciado, vivencial y vivenciante. Indagar modos de relacionalidad que pasen por nuevas formas de amor, pero, desde las políticas públicas –más orientadas a la justicia que al amor- la edificación de espacios públicos signados por masculinidades que –siguiendo las expresiones de Deleuze- “devienen mujer”, pero también “devienen niño” y comparten en su ser la vida misma de la diversidad.

Abordar programas de educación emocional, ejemplificar socialmente con casos de masculinidades alternativas, situar el horizonte del compromiso como horizonte de vida compartida por sobre la lógica del triunfo de uno de los pares sobre el otro, potenciar el reconocimiento de las masculinidades en los trabajos del cuidado, potenciar legislaciones que ayuden a que los hombres asuman “posiciones femeninas” (como el cuidado de los hijos en los primeros meses, por ejemplo), y tantas otras cosas más que se pueden abordar, son modos de de-construir la visión normativa del género definido desde el discurso de El hombre. Terminemos pues, de “de-generarnos” en la edificación de nuevas generaciones.