Por Soledad Soler. Periodista e investigadora en políticas de comunicación y cultura. Docente de la Licenciatura en Periodismo de la Universidad Siglo 21.

Los pasillos de Tribunales suenan. Las conversaciones de los familiares se mezclan con el sonido del bar y el movimiento incesante de puertas en los despachos de los fiscales. Es día de sentencia. Todas las cámaras están listas y los cronistas aguardan el ingreso a la sala de audiencias. Es un día clave. Después de varias semanas de escuchar a los testigos, acompañar peritajes y visitas de reconocimiento al lugar de los hechos, finalmente el tribunal dará a conocer el veredicto, que va a significar un grito de justicia o la continuidad del dolor para familiares y amigos de ambas partes.

La tensión se huele, recorre el cuerpo y se traduce en un estado de atención permanente. Todo puede ser un dato, un detalle, un elemento fundamental para la crónica. La espera se vuelve profunda, irrespirable, cuando en medio del tumulto aparece el padre de la víctima. Es la segunda vez que asiste a Tribunales. Un poco más allá, la hermana de la chica asesinada lo ve y los ojos se le humedecen en el acto. Van a abrazarse. De un segundo al otro, se van a abrazar. Y esa será la foto de tapa en la edición de mañana. Lo sé yo. Lo sabemos todos los que estamos mirando la secuencia en slow motion.

Sabemos también que tendrá la primicia el que la twittee primero. Desenfundo el teléfono y empiezo a filmar. No me pagan por esto. Soy redactora. No soy fotógrafa, ni community manager.

Pero sé que la cobertura se completa con ese acto: el de filmar, poner el hashtag más preciso posible y subirlo a las redes. Se abrazan y el resto se sumerge en una imagen nebulosa. Aparece el primer retweet. Un colega que no pudo asistir a la audiencia. Y otro más. Y otro. El abrazo existe.

Periodistas performáticos    

Las y los periodistas dejamos de trabajar exclusivamente para un medio único. En todo caso, nos transformamos en una suerte de cronistas performáticos de nuestra propia práctica. Además de poner la firma en la nota, también nos encargamos de hacerle saber a la comunidad, a nuestros seguidores, que estamos ahí, en el lugar de los hechos.

Dejamos en claro que todo aquello que contamos, podría contarse en primera persona, porque de algún modo nos involucramos con las historias a partir de la presencia del cuerpo en la virtualidad, que no es otra cosa que la puesta en escena de esa presencia física a partir de la cual garantizamos la veracidad del relato.

Así, la objetividad no es otra cosa que la propia subjetividad montada para las cámaras o filtrada en el relato en primera persona, que deja entrever las experiencias y emociones que atraviesan a ese cuerpo presente contando una historia.

Las distancias entre el entrevistador y el entrevistado se acortan, los cuerpos se aproximan y desde ese lugar propio construimos los relatos.

El periodista que durante cierto tiempo se había acostumbrado al escritorio de la redacción, se ve obligado a salir a la calle otra vez para contar, involucrándose con las fuentes, experimentando la adrenalina que sólo proviene del ‘haber estado ahí’.

Del otro lado, en alguna pantalla, alguien hará un click. Escribimos, producimos pensando en eso. Desde que dejamos la Remington y empezamos a incorporar las herramientas digitales en la producción de información, el proceso de mediatización, las mediaciones en términos de Jesús Martín Barbero, atravesaron distintos estadios, que representaron nuevos desafíos para las y los periodistas.

Los medios, tal como los conocíamos, dejaron de ser; transformaron sus dinámicas de producción y de llegada a los públicos, definidos ahora en términos de “comunidad”. Ahora bien, ¿en qué clase de abismo cayeron los antiguos lectores, oyentes y televidentes? Pues bien, los dispositivos de producción multiplataforma generan al mismo tiempo nuevos consumidores de información.

Podríamos pensar entonces que el actual escenario de convergencia digital implica que los lectores también producen, aunque condicionados por los algoritmos estructurales de los grandes grupos productores y distribuidores de contenidos en la web. De hecho, no es casual que en América Latina, los grupos económicos que son propietarios de los principales medios, tiendan a concentrar productos y discursos, a partir de la incorporación y distribución de los servicios de telefonía e internet.

Las y los periodistas ensayamos nuestro oficio en este universo convergente, donde las dinámicas propias del campo de la comunicación nos condicionan y nos interpelan. Frente a este escenario de lo posible, también estamos invitados a imaginar y recuperar el relato propio, inmediato, presente, que implica de alguna manera, volver a poner el cuerpo.