Por Cristina Schwander, Fundadora de la Universidad Siglo 21, Secretaria General de Relaciones Institucionales y Extensión y Directora de la Diplomatura en Liderazgo Coach e Inteligencia Emocional.

 

En la última semana, el mundo entero se vio sacudido por la dolorosa fotografía de Aylan Kurdi. La fotografía sólo pone en imágenes y despierta algo que  todos veníamos sabiendo.

Son las 3 de la mañana y no logro dormir. Desde lo vivido en aquel viaje, y sobre todo desde lo vivido ese miércoles 2 de septiembre a las 7 de la mañana, no puedo dormir en mi cama mullida, calentita, confortable. No puedo.

Viví momentos de risas, alegres, de belleza suprema en lugares cargados de historia. Pero la vida es como el yin y el yang, y también hubo otra realidad que hoy quiero compartir.

Cielo azul. Mar azul. Rodeada de luz y de amigas, paseaba mi risa por el Egeo.
Con la mirada de viajera curiosa en busca de lo nuevo, encontré la imagen como un cachetazo, una tijera que cala muy hondo. Allí estaban, inmigrantes sirios arribando a la costa en su gomón. Como miles de ellos en el puerto, en las plazas, en las calles, con sus ojos cansinos y sus labios apretados.

Esa mañana, el gomón llegó frente a nosotras, testigos casuales del arribo. Los refugiados, empapados, besaron la tierra que los recibía y poco a poco se sacaron las prendas mojadas, unas tras otras, como capas de cebolla. Debajo, pegado al cuerpo, llevaban el poco dinero que podían traer. Más abajo, piel, huesos y corazones latiendo con renovadas esperanzas en un futuro de incierta dicha.

Se tomaban de la mano, sosteniéndose unos a otros como podían. Acababan de abandonar sus amores, sus olores, su tierra. Llegaban con la mirada lejana de tierra extrañada. En ellos, estaba yo.

Sentí dolor. Mucho dolor en el alma compartida de humanidad lacerada.

Corrimos a comprar agua, chocolates, alimentos. Se los ofrecimos. Ellos levantaron su vista amorosamente y nos dijeron: “Gracias, pero no hace falta”. Conmovidas, preguntamos por qué. Uno de ellos buscó entre sus pocas pertenencias unos dátiles y extendió sus manos para ofrecerlos. Dátiles de intercambio, de apertura, de dignidad. Nosotros tomamos ese signo de hermandad, recién entonces ellos aceptaron nuestros alimentos.

Lloré mucho. Y después de llorar me pregunté: ¿Qué estoy haciendo?, ¿qué puedo hacer y cuál es mi lugar en una tragedia que me supera?

Me di cuenta de que la mayoría de esos refugiados sirios eran jóvenes, con las competencias y talentos de una edad en la que todas las puertas deberían abrirse para ellos. Además, tenían estudios. Quizás, hasta fuera gracias a su condición universitaria que tuvieron la posibilidad de huir. Me pregunté por los que se quedaron y el dolor se renovó.

Constantemente decimos que la educación cambia el mundo, y aún creo que es así. Estos jóvenes, casi todos, tenían título universitario. Sin embargo, allí estaban.

No sé cómo se cambia esto, no hay refugio que calme tanto dolor, tanto abandono. Lo que no puedo olvidar es que formamos parte de un sistema, somos seres interdependientes. Lo que le pasa a uno repercute en el otro, somos una humanidad entrelazada en la tierra y en la vida. Nos necesitamos unos a otros. Cada uno, donde quiera que esté, está para los demás.

Seguiré trabajando desde la Universidad para educar personas, para formar líderes, porque tengo la convicción de que la educación opera en el progreso.  Debemos seguir comprometiéndonos  por sumar valores a la tarea educativa, apostar a construir un nuevo modelo de convivencia.

Ante las tragedias que la humanidad se da a sí misma, se hace necesario renovar constantemente el debate ético en la Educación. Transmitir conocimientos es necesario, pero no suficiente, también debemos educar en el amor. Ese es el único camino posible para la formación de profesionales conscientes. Continuaré creando y actuando en espacios de desarrollo de liderazgos solidarios, trabajar por empresas humanas y sociedades inclusivas.

Hoy, debemos estar cerca de cada inmigrante, en todo desarraigo. Con cada desprotegido abordando playas desconocidas, también arriba la necesidad urgente de actuar como sea, desde el lugar que cada uno ocupa. Accionar, dejar de mirar el dolor desde las pantallas, desde la ventana…La acción es la posibilidad de cambio, por pequeño que sea el gesto, debemos comenzar ya. Porque el dolor de uno es el dolor de todos. Porque su esperanza y fé en el futuro es la esperanza de todos. En ese gomón navega nuestra pertenencia. En  ese gomón, vamos todos como humanidad.