Por Daniel Roura. Licenciado en Relaciones Internacionales de la Universidad Siglo 21. IMBA Candidate, París School of Business. @daniel_roura.

El 24 de junio amanecimos con una noticia que sorprendió incluso a los más desprevenidos: los británicos en un Referéndum decidieron que preferían dejar la Unión Europea y continuar su camino sin pertenecer a la Europa integrada.

Lo primero que debería abundar a la hora de abordar esta cuestión sería la prudencia, algo que precisamente no sobra a un lado y otro del canal de la mancha. Las idas y vueltas entre Gran Bretaña y sus vecinos unidos datan de la creación misma de la Unión, allá por 1950, por lo que este capítulo, quizás el más complicado de esta relación, debería ser abordado con una perspectiva histórica. Solo basta recorrer la reticencia de los ‘50s, la negativa francesa -de De Gaulle- en los ‘60s, el no al Euro, el no a la zona Schengen, entre otros para darse cuenta que esto forma parte de un continuum o como lo graficó el Presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker “No es un divorcio amigable, pero tampoco había sido un matrimonio muy unido”.

A la falta de prudencia y perspectiva de todas las partes involucradas, se le suma el cuestionamiento al referéndum: se ha leído sobre maniobras para intentar anular el referéndum -y así en una supuesta nueva elección el resultado cambiaría-, desconociendo la regla básica que indica que se consulta a la población y el resultado se impone por la elección de la mayoría. Vale la pena aclarar que en esta elección, votaron 15% más de electores que para la anterior a Primer Ministro. Parece una verdad de Perogrullo pero vale la pena recordarlo: las elecciones no valen sólo cuando resulta ganadora la opción que nos gusta. Esencialmente, más de la mitad de la población Británica se manifestó por la salida con una participación más que importante. Ni quienes votaron por el Bremain, ni el establishment político, ni la Unión Europea pueden o deben desconocer o invalidar esa expresión de las urnas. Si hiciesen lo contrario, el mensaje que enviarían seria aun peor del que ya están enviando.

Hechas estas dos salvedades a modo introductorio, y para no perder el llamado a la prudencia, uno podría afirmar que Gran Bretaña al menos se ha encerrado sola en un laberinto que requeriría, para su solución, de liderazgos claros, de los cuales hoy se carece -una vez más, de un lado y del otro del Canal de la Mancha-. Y es que a priori no pareciera haber de parte de los promotores del Brexit una estrategia post victoria. Llama la atención la falta de una hoja de ruta para el día después de mañana, ni en lo político, ni en lo económico, ni en lo social. Como si la única estrategia hubiese sido ganar la elección o como si los mismos promotores no hubiesen creído en su propuesta.

Sumadas la falta de liderazgos y la falta de plan, Gran Bretaña quedó inmersa en un rompecabezas Social, Político y Económico.

En el plano social quedó dividida en dos, entre los jóvenes que votaron por quedarse, y los mayores que votaron por abandonar la Unión. La primera reflexión sobre este hecho es que a las claras, la Unión Europea fue un constructo de un sector de la elite gobernante que en los 50’s diseñó la Europa del futuro basada en la suma de las fortalezas individuales en sus inicios, para lograr una fusión a futuro basada en una identidad común. De más está decir que luego de siglos de guerras e inmediatamente después de dos guerras devastadoras que acabaron con la Europa potencia, desarrollar esa identidad iba a implicar que los vecinos  deberían pasar mucho tiempo “unidos a la fuerza” para que eso se transforme en una realidad. Esa división en el voto muestra que Monet y compañía no estaban tan equivocados. La segunda división social es entre los miembros del Reino Unido. Escocia, Irlanda del Norte, Gibraltar y Londres, votaron por quedarse. Mucho del bienestar de estos países se debe al comercio con la Unión. Escocia e Irlanda del Norte pueden ser testigos a raíz de este resultado del reavivar de sus movimientos separatistas. Incluso el Brexit puede generar nuevas condiciones en los reclamos históricos de países como España y Argentina sobre territorios como Gibraltar y Malvinas, aunque aquí la suerte correrá más por la estrategia que apliquen los países reclamantes.

El segundo gran aspecto crítico de Gran Bretaña es el político. Ya mencionamos la crisis de liderazgo y este es el rasgo sobresaliente. La renuncia (esperada y debida luego de la campaña) del Primer Ministro David Cameron, la renuncia de su principal contrincante y líder de la campaña del Brexit, Boris Johnson, a la candidatura para reemplazarlo, la crisis en el seno del partido laborista, todos síntomas de lo grave que ha ocurrido: no se trata del Brexit, se trata de que la élite política no tiene un plan, una estrategia o un norte. Pareciera llevar a sus ciudadanos en un barco a la deriva y nadie quiere agarrar el hierro caliente.

En cuanto a los apoyos políticos externos, solo Angela Merkel parece contener a los británicos. Inmediatamente luego del resultado del referéndum, durante el fin de semana del 25 de junio, los cancilleres de los 6 miembros fundadores -todo un símbolo- salieron en conferencia de prensa a pedir que Gran Bretaña notifique sin dilaciones su intención de salir de la Unión Europea y comenzar cuanto antes las negociaciones que lleven a los acuerdos que regularán las nuevas relaciones. En este marco y aun en caliente, ya hay países que se disputan a las empresas que deseen salir de las islas. El primer ministro francés, Manuel Valls dijo que ellas son “bienvenidas en París” o como afirmó Hubertus Väth, Director de Frankfurt Main Finance, una asociación público privada que lidera una campaña en este sentido, “un 2% que pierda Londres, representa un 20% para Frankfurt. Incluso un parlamentario lituano le envió una carta al Presidente del HSBC intentando convencerlo de los beneficios de mudarse.

Finalmente, el aspecto a donde el Brexit puede mostrar en el corto plazo sus consecuencias negativas. El poder de Gran Bretaña en sus negociaciones con la Unión se basó principalmente en que aportaba el hub financiero que la Unión necesitaba. Ninguna otra ciudad tiene hoy la infraestructura financiera que tiene Londres, ni París, ni Frankfurt. Era necesario contar con los beneficios de tener ese hub adentro. Por otra parte, ser parte de la Unión permitía a las empresas que operaban en Gran Bretaña contar con el beneficio de seguir operando con la city londinense y a su vez tener acceso al mercado Europeo a aranceles diferenciados.

De continuar el Brexit, este panorama claramente cambiará. Solo por poner un ejemplo, la empresa aeronáutica Airbus podría quedarse literalmente sin alas dado que actualmente manufactura las alas de sus aviones en Gales y los ensambla en Toulouse. El incremento de aranceles y costos podría causar la pérdida de competitividad de esta operación y obligar a la relocalización de dicha planta. Un estudio publicado por el Instituto de Directores (IoD) de la Federación Británica que nuclea a los directores de empresas, muestra que sus representados piensan en un 64% que el Brexit afectará a sus empresas, el 24% piensa que van a congelar las contrataciones y el 22% que deberán relocalizar operaciones. En cuanto al comercio bilateral, la afectación es importante, en 2015 Gran Bretaña mantuvo un déficit comercial con la unión de 89 mil millones de dólares. Gran Bretaña pierde con el Brexit casi el 40% de los destinos de sus exportaciones concentrados en sólo 5 países de la Unión (Alemania, Holanda, Suiza, Francia y Bélgica). Todo esto solo en comercio, sin contar el impacto financiero de la devaluación de la Libra contra el Euro: si la Libra sostiene en el tiempo la devaluación del 20%, los productos importados desde la Unión costaran al menos entre un 20% y un 25% más caros. Un dato más: los principales artículos que importa Gran Bretaña desde la Unión son alimentos.

El Brexit no es sino otro episodio de un comienzo de siglo turbulento y marcado por la crisis. Es una expresión más de la falta de liderazgos con ideas claras que puedan guiar a las sociedades. Más bien es una representación gráfica de que esas sociedades, al menos las occidentales, no están pudiendo generar liderazgos que representan sus valores y que puedan proveer de una guía clara a la suma de las voluntades. La salida de Gran Bretaña se resolverá de una manera u otra, y las fichas en el ajedrez volverán a su juego con otros condicionantes. Lo que queda claro es que está siendo un proceso complejo e intrincado donde esas soluciones, a falta de una estrategia, no son predecibles y certeras.