Hace 17 años atrás, la Organización Mundial de la Salud quitó a la homosexualidad como enfermedad mental. En Argentina la Ley de Salud Mental prohíbe en su artículo 3° cualquier tipo de diagnóstico en base a la orientación sexual e identidad de género. Y la Ley de Identidad de Género vino también a reforzar estos criterios. Según la Campaña Libres e Iguales de la Organización de las Naciones Unidas todavía hay 76 países donde la homosexualidad es ilegal.

Con el interés de pensar críticamente las prácticas de la psicología en el abordaje teórico y clínico de la diversidad, invitamos a Diego Borisonik -Director General de Políticas Integrales de Diversidad Sexual, subsecretaría de promoción de Derechos Humanos y Pluralismo Cultural de la Nación- al primer encuentro de Psicología y Género. Pocos levantaron la mano cuando Borisonik preguntó quiénes estaban dentro de la diversidad sexual.

“Cuando hablamos de diversidad sexual pareciera que lo diverso es ‘el otro’. Porque la norma es la heterosexualidad que señala a lo diverso como ‘lo otro’, no se incluye dentro de esa diversidad. La heterosexualidad es una más de las orientaciones sexuales. Hay que dar el paso y comprender que cuando hablamos de diversidad sexual hablamos de todas las personas, de todas las orientaciones sexuales, de todas las expresiones e identidades de género y toda la diversidad corporal dentro de cada una de las expresiones e identidades”, explica Borisonik al abrir el debate.

La Ley de Identidad de Género vino a garantizar y proteger los derechos de la población LGBTIQ: Lesbianas, Gays, Bisexuales, Trans, Intersex y Queer.

No son derechos nuevos, sino derechos ya existentes que fueron reconocidos para una población vulnerada.

“Cada una de esas palabras representa una población que necesita ser nombrada, para ser visible, para exigir derechos. Lo que no mencionamos no existe. La palabra genera mundo. Lo que se plantea es la igualdad ante la ley, no que todos seamos iguales”, dijo Borisonik. Y señaló que al momento de ejercer la profesión como psicólogos es importante validar la experiencia individual de quien está en el consultorio.

No solo se trata de despatologizar. Sino también de pensar cómo usamos el lenguaje y en la posibilidad de crear un nuevo modo de nombrar que sea más abierto e inclusivo para reconocer e integrar a otras identidades cuando hablamos. También reflexionó acerca de la palabra homofóbico. “El homofóbico no es alguien con fobia sino alguien que discrimina. Es discriminación por orientación sexual, expresión o identidad de género”, dijo Borisonik y marcó la importancia de hablar con propiedad no sólo como profesionales sino porque también da cuenta de qué mundos queremos generar.

La discriminación y la sensación de angustia o culpa que genera la no aceptación son las causas principales que conducen a la población LGBTIQ a recurrir a la terapia, por no poder vivir su vida libremente.

En el consultorio, también hay que considerar el modo de preguntar para no hacer preguntas cerradas que habiliten a una única respuesta.

“Lo que hay que trabajar en el consultorio es la angustia o la ansiedad de la persona que viene. ¿Qué lo provoca? Si tiene depresión y es una persona trans, lo que hay que trabajar es la depresión, como se trabaja con cualquier otra persona atendiendo a las experiencias individuales de cada una”, explica Borisonik.

El artículo 12 de la Ley de Identidad de Género garantiza el “Trato digno”, es decir, que debe respetarse la identidad de género adoptada por las personas, en especial para niños, niñas y adolescentes que utilicen un nombre de pila distinto al consignado en su Documento Nacional de Identidad. El nombre de pila elegido deberá ser utilizado para la citación, registro, legajo, llamado y cualquier otra gestión o servicio, tanto en los ámbitos públicos como privados.

El género es una construcción sociocultural. No es lo mismo ser mujer hoy que hace cincuenta años atrás, así como tampoco es lo mismo ser mujer en Argentina que en Afganistán.

“Hemos sido criados dentro de ciertos estereotipos, en una sociedad heteronormativa y binaria, que habilitan o limitan determinados roles. Lo interesante es romper con el encasillamiento de qué es masculino y qué es femenino. El encasillamiento lo que permite es crear posiciones de poder y dominación y el intento por romper esos estereotipos es para erradicar la violencia que esas posiciones de poder provocan”, dijo Borisonik.

Todos tenemos una identidad de género. La expresión de género refiere a cómo cada persona exterioriza el género autopercibido. “Hablamos de cisgénero cuando hay una coincidencia entre sexo biológico y el género autopercibido por la persona. Y transgénero cuando el sexo biológico no coincide con el género autopercibido por la persona. Cada concepto que vemos no sirve para etiquetar a la gente sino para entender cuando alguien se nombra a sí mismo de esta manera qué es lo que está diciendo”, explica Borisonik. Todavía nuestra normativa no incorpora otras identidades, como a quienes se consideran intersex, es decir que no se consideran a sí mismos ni como hombres ni como mujeres.  

Por eso, insiste con la importancia de que nuestro lenguaje evolucione para incorporar a otras identidades y sugiere la utilización del “les” para romper el binomio de “los” y “las”, es decir, con dos únicos modos posibles de ser: masculino y femenino.

“Es necesario generar espacios o materias exclusivas específicas en materia de género, diversidad sexual y derechos humanos, así como también revisar los programas de cada carrera para que haya una perspectiva en toda las materias y la mirada no sea aislada sino transversal”, indicó Borisonik. Y concluyó el Seminario diciendo que la educación es una de las vías de acceso a una sociedad en equidad de género. Nosotros como Universidad, también asumimos ese compromiso.