Por Daniel Roura. Licenciado en Relaciones Internacionales de la Universidad Siglo 21. IMBA Candidate, París School of Business. @daniel_roura.

Ya de regreso a París después de pasar dos días increíbles en Ámsterdam en donde asistí a “The Next Web Conference”, una conferencia que en términos de un colega puede decirse que “no importa qué estemos estudiando ahora, cualquier persona debería venir por lo menos para enterarse de qué está hablando el mundo en este momento, no solo en digital, sino en toda la economía”. Agregaría sobre política también, pero dejemos eso para otra discusión.

Es que, de hecho, y más allá de la presentación al mejor estilo Tony Stark del co-fundador de TNW, Boris Veldhuijzen Van Zanten, TNW es realmente muy buena en varios sentidos. A pesar de estar diseñada para tratar temáticas vinculadas a disrupción digital y entrepreneurship, lo digital como concepto general, es probablemente hoy el elemento más homogéneo a nivel global, que cruza a todas las sociedades en todas partes del planeta, con lo cual, permite visualizar síntomas de lo que está ocurriendo. Solo un hecho:

hoy tendemos a utilizar como un indicador de bienestar y riqueza de un país a su número de usuarios de internet.

Es este poder de expresividad lo que me lleva a analizar una parte de la conferencia: La Economía Colaborativa o en su término inglés, The Sharing Economy. Para ponerla en contexto, según un reporte de la consultora EY: “La Economía Colaborativa comprende nuevos modelos de negocios, que se vieron potenciados por múltiples tecnologías disruptivas (ej. apps colaborativas basadas en tecnología cloud, banda ancha, redes móviles y la web) que explotaron información que previamente era inaccesible, para unir de manera instantánea, las necesidades del consumidor y la capacidad disponible. Esto crea eficiencias económicas disruptivas. Los modelos de negocios de la economía colaborativa, se basan en la creación de plataformas online y móviles para que los propietarios de los bienes o servicios puedan publicitar la disponibilidad de ellos y para que los clientes puedan adquirir el uso de esos bienes o servicios. Una de las compañías más icónicas de la economía colaborativa es Airbnb, quien posee 60 millones de usuarios, 640.000 receptores (hosts), 500.000 estancias por noche en 57.000 ciudades en 192 países. Una muestra rápida de la magnitud de estos números: Airbnb promedia alrededor de 22% más de huéspedes por noche que la cadena Hilton Worlwide.

Volviendo a TNW, tuve la posibilidad de escuchar a Jon Leland de Kickstarter y a Stacy-Brown Philpot de TaskRabbit. Ambos nos dejaron a mí y al resto de los participantes, muchas ideas sobre la marcha de la economía colaborativa en general y sobre el mundo de las startups de esa naturaleza en particular. En el caso de Leland, mencionó algo que fue realmente llamativo y es que la economía colaborativa pareciera ser una expresión moderna de retorno a la noción básica de negocio, entendida como intercambio en donde una persona que tuviera una necesidad y algo para ofrecer, intercambiaba con otra persona recibiendo lo que para la primera fuera de valor a cambio de que aquello que tuviera para ofrecer, fuera necesario para la segunda, y de este intercambio mutuo de satisfacciones de necesidades, surge el valor de ambas partes. La economía colaborativa parece cristalizar este concepto o como lo muestra otro reporte de PwC en una sola frase:

La economía colaborativa se basa en que “no necesito un taladro, sólo necesito un agujero en mi pared”.

Este momento de la charla, me llevo de manera instantánea a recordar el momento más serio de la crisis de Argentina en 2001. En simultáneo a que la economía perdía liquidez, es decir, no había dinero circulando en las calles, las personas por instinto natural comenzaron a intercambiar productos entre sí directamente, sin necesidad de mediar el dinero, en lo que se conoció como “Trueque”. Fue así que muchos clubes y organizaciones barriales empezaron a organizar clubes de trueque en grandes superficies y a manera de mercado y de pronto tuvimos personas intercambiando zapatillas por jeanes, paquetes de harina por tarros de café, agujeros en la pared…

Y es aquí a donde viene el punto de este artículo: la economía colaborativa, podría bien representar la expresión digital de una economía en crisis. Ya no hacen falta los clubes de trueque, porque hoy tenemos sofisticadas plataformas digitales, que a un bajo costo nos permiten unir a alguien que tiene una necesidad, con alguien que tiene con qué satisfacer esa necesidad, pero siempre, siempre, a bajo costo. Y para justificar esta última afirmación, solo bastan algunos números provistos por PwC, nos dicen que entre aquellos que utilizan plataformas de economía colaborativa, 86% indicaron que reduce el costo de vida y que el 81% opina que es menos costoso compartir bienes, que ser dueños de ellos y en un sector como el de automóviles (rentados) el 56% de los usuarios indicó preferir estas plataformas por el mejor precio que ofrecen. Con lo cual, hay dos tendencias claras: usar, no propietario y búsqueda de bajo costo.

Y finalmente le tocó el turno a Stacy, con su increíble startup “TaskRabbit”: ¿busca una persona para limpiar la casa? ¿Necesita mover un mueble de un piso a otro? ¿Compró un mueble para ensamblar y no puede hacerlo?  Bueno, puede encontrar a un “tasker” que lo haga por Ud. en TaskRabbit. Pero esto no fue lo más llamativo, sino que tuvo que mover su sistema de un modelo de turnos tradicional, a un modelo “a demanda”, es decir, alguien demanda la necesidad ahora y la idea es que esa demanda sea satisfecha en el menor tiempo posible. Como resultado, mostró algunos datos contundentes: el tiempo de reserva, es decir, el tiempo que pasa entre que alguien plantea una demanda y en el que efectivamente se agenda la visita, es de menos de 5 minutos, además, el 60% de las tareas se cumple durante el mismo día con una duración promedio de menos de 90 minutos para completarla. Simplemente impresionante.

Pero si combinamos tanto las ideas de las charlas y los reportes que periódicamente publican distintas consultoras como EY y PwC, podemos continuar el argumento de que al menos partes de la economía global están en una crisis profunda. Que hay necesidades básicas, en un nivel simple, que no pueden ser satisfechas a pesar de que el sistema económico global ha construido enormes y sofisticadas compañías, que se desenvuelven en un también sofisticado entorno. Pero también existen numerosas porciones de nuestra población que se encuentran sin empleo y peor aún, sí pueden tenerlo, pero lo que ganan no les alcanza.

Y el dato es que la hora promedio en EEUU de TaskRabbit es de USD 35. Con lo cual, toda la información combinada, nos muestra la tendencia de la crisis. Por caso, otro estudio recién publicado por el Pew Research Center, muestra que la clase media en EEUU se derrumbó en 203 de 229 ciudades. El mismo centro de estudios fue el que comunicó que por primera vez en más de 130 años, la proporción de adultos entre 18 y 34 años que vive con sus padres es mayor que aquella que vive de manera independiente.

Para concluir, vale decir que la economía colaborativa tiene también el potencial para proveer soluciones a estos problemas.

Si la economía colaborativa tiene éxito hoy en día, es en gran parte también por la forma de vida y la percepción que de ella tienen los millennials, donde la experiencia y la utilización tienen más relevancia que el concepto de propiedad de generaciones anteriores.

Esto está ayudando a las compañías pertenecientes al sector de la economía colaborativa. Y es en esta tendencia a donde las startups de este sector deben enfocarse: ellas tienen el poder de relocalizar recursos de una manera más rápida y eficiente que las grandes compañías, dado que están habituadas al entorno digital, lo cual les exige una gran flexibilidad y una gran adaptabilidad a cambios repentinos, y porque a su vez, las actividades que realizan se encuentran en su mayoría desreguladas por las leyes de los Estados incluyendo cuestiones impositivas. Inclusive, el segmento al cual apuntan, está dispuesto a adoptar propuestas de este tipo, más aún si le van a proporcionar soluciones a problemas como el desempleo.

Y todo esto es válido también para los países. Hoy estamos marchando sobre la 4ta Revolución Industrial, generada por la conectividad, la disrupción permanente de los modelos de negocios tradicionales y por el requerimiento de una fuerza laboral altamente calificada, no en conocimiento (que está disponible en la red) sino en competencias que permitan aplicar y adaptar esos conocimientos. Mientras que las economías menos desarrolladas lucharon y se vieron complicadas para sumarse a la primera, en este caso al ser los costos más bajos, vemos que muchas Economías Emergentes lo están haciendo muy bien y se están adaptando de manera rápida a los cambios, proveyendo no ya recursos naturales, sino otro tipo de recurso: acceso. Acceso de su población a los mercados digitales, a donde pueden consumir a un costo más bajo, pero también a la posibilidad de generar riqueza a través de comerciar en la red. Es así que entre los principales países, encontramos a economías emergentes como Israel o incluso Estonia, como nos lo muestra el Network Readiness Index desarrollado por el World Economic Forum:

Network Readiness Index
Por lo tanto, incluso para los países, brindar acceso y proveer de redes a bajo costo y de Buena calidad, implica acceder a beneficios como los desarrollados por las plataformas de la Economía Colaborativa.