Por Laura Rosso. Directora de Innova Educa 21. Universidad Siglo 21.

Ya no plantea discusión que el advenimiento tecnológico ha puesto bajo una lente de revisión numerosos aspectos de nuestra vida, cambiando hábitos, conductas y formas de relacionarnos. En Educación, la discusión no transita ya el canal de cuáles son los mejores usos que pueden hacerse de la tecnología para enseñar, qué recursos utilizar, qué requieren las instituciones educativas y sus profesores para proponer arquitecturas de aprendizaje que las incluyan. Las tecnologías ya están en nuestras aulas, alumnos y profesores, las estamos operando e intentando aprovechar las inagotables áreas de oportunidad que plantean para aprender significativamente.

Ahora bien, así como la educación mediada por tecnologías ha venido a romper paradigmas y a proponer nuevas formas para acceder al saber y a la formación de competencias necesarias para la vida, generó también la urgencia de repensar los criterios mediante los cuales analizar la calidad educativa de cualquier sistema formal. Cuando todavía no se habían agotado las discusiones sobre lo que entendemos por calidad en educación, se presenta el nuevo desafío de encontrar criterios que la definan en entornos donde alumnos y docentes aprenden desde cualquier punto del planeta.

En términos de UNICEF, la calidad educativa se refiere a los efectos positivamente valorados por la sociedad respecto del proceso de formación que llevan a cabo las personas en su cultura. Recibir una educación de escasa calidad es lo mismo que no recibir educación alguna.

Tiene poco sentido brindarle a un joven la oportunidad de matricularse en la universidad si la calidad de la educación es tan precaria que no le permitirá adquirir las habilidades disciplinares básicas o prepararse para la vida.

Es por ello que hablar de la calidad educativa de una institución no es un concepto neutro; en cambio, es un concepto ideológico, que nos ubica en una perspectiva específica desde donde mirar la realidad.

Una educación de calidad, esencial para el aprendizaje verdadero y el desarrollo humano, se ve influida por factores que proceden del interior y el exterior del aula. Existen al menos cinco elementos que afectan a la calidad de la educación: lo que el estudiante trae consigo, el entorno, los contenidos, los procesos y los resultados. Estos elementos constituyen una base que permite supervisar la calidad, y las instituciones formales deben entenderse como actores responsables en cada uno de estos espacios. Respecto del entorno, por ejemplo, cabe preguntarse si el entorno de aprendizaje que se propone es saludable, seguro, protector, estimulante, si tiene en cuenta las necesidades de los alumnos. En cuanto a los contenidos educativos: ¿Son pertinentes los materiales didácticos y los programas de estudios? ¿Imparten destrezas básicas? ¿Promueven técnicas para la vida? En cuanto a los procesos, la pregunta pasa por los métodos que los profesores emplean, ¿se centran en los alumnos? ¿Sus valoraciones facilitan el aprendizaje y reducen las disparidades? ¿Se gestionan debidamente las aulas y las instituciones? Finalmente, en relación con los resultados: ¿Qué resultados se esperan para los alumnos en materia de educación? ¿Cómo se puede documentar el grado de progreso del aprendizaje de los alumnos y valorar la influencia del programa de estudios en su crecimiento futuro?

En este marco, revalidar los conocimientos no constituye una competencia de los mejores, sino una necesidad para promover la calidad.

Los procesos de evaluación de aprendizajes vuelven a cobrar relevancia y surgen nuevas dificultades al emprender la tarea de proponer estándares curriculares.

Muchas veces se extrapola el concepto para adaptarlo a pruebas estandarizadas, o, aún más, la palabra estándar se ve asociada a la homogenización de contenidos y saberes, lo que provoca confusión y, la mayoría de las veces, rechazo. En contraposición, es posible pensar que los estándares académicos son unidades de información mediante las cuales se clarifican las metas educativas y se establecen los parámetros para comparar el aprendizaje de los alumnos y la enseñanza de los profesores.

Los estándares curriculares pueden diferenciarse entre estándares de contenido y estándares de desempeño. Los primeros describen lo que los profesores deben enseñar y lo que se espera que los estudiantes aprendan, proporcionan descripciones claras y específicas de las competencias que se busca promover. Mientras que un estándar de contenido debe ser evaluable para que los estudiantes puedan demostrar realmente su nivel de competencia, los estándares de desempeño bien diseñados indican tanto la naturaleza de las evidencias requeridas para demostrar que los estudiantes han dominado el material estipulado, como la calidad del desempeño del estudiante.

Ambos tipos de estándares son complementarios, ya que en todo proceso educativo no basta con saber qué debe ser aprendido, sino qué tanto fue asimilado ese conocimiento por el estudiante, con su consiguiente gradualidad y verificación o evidencia de aprendizaje.

Se alcanza así un Perfil de Egreso con elementos que el estudiante adquiere desde el inicio. De ahí la importancia de establecer escalas de desempeño que permitan monitorear el avance en los distintos niveles de logro.

Lo anterior propone pensar la evaluación como un sistema en el que alumnos y profesores accedan a oportunidades reales y significativas para poner a prueba el nivel de logro alcanzado. La propuesta evaluativa debería promover la integración de saberes, destrezas y actitudes observables en cierto momento y fomentar situaciones que, aunque simuladas, acerquen al alumno a su futuro desarrollo como profesional, desarrollen sus habilidades de análisis y de relación de contenidos estudiados en bloques de asignaturas clave. Situaciones de evaluación que retomen conceptos fundamentales, promuevan la oralidad, la expresión libre de ideas fundadas en el saber teórico y el juicio crítico de situaciones complejas evaluadas por el propio alumno, pero también por docentes inmersos en la realidad profesional del contexto local y global. Cada vez más, los exámenes integradores que vinculen diferentes contenidos en tramos específicos de las carreras se presentan como una necesidad a ser observada.

La educación de calidad, en la definición de UNICEF, es clave para la igualdad entre los géneros, la seguridad humana, el desarrollo de las comunidades y el progreso de las naciones. Si podemos acordar, entonces, que las definiciones de estándares y sus evaluaciones integrales son necesarias y deben corresponderse con las demandas y requerimientos que el cuerpo social hace a la educación, se hace más sencillo acordar que un sistema educativo es de calidad si nos transmite conocimiento socialmente válido y los alumnos son capaces de evidenciarlo.

 

Referencias: UNICEF: “Calidad educativa”.