*Lic. Agostina Cattaneo, Coordinadora del Área de Género y Diversidad Sexual de Universidad Siglo 21.

Recuerdo que, durante mi infancia, pensaba que Florencia de la V. era la única mujer trans del mundo, porque claro, era la única que podía ver. La única que los medios de comunicación me habilitaban a ver. Las mujeres trans no estaban trabajando en la panadería, ni en el supermercado, ni eran secretarias ni presidentas, ni dentistas ni doctoras. Entonces, seguramente la única mujer trans que existía era Florencia de la V. Si no, no se explicaba. ¿Dónde estaban las demás? Con el tiempo entendí que las otras estaban, pero excluidas. Excluidas en las esquinas, en la noche, en la calle. Pero estaban.

Vivimos en una sociedad que predica como norma el binarismo de género, ese que categoriza nuestros comportamientos en la dicotomía masculino/femenino.

Nos han dicho que, si nacimos así, así debemos morir. Y que, si no encajamos ahí, sufriremos la peor de las consecuencias: no pertenecer nunca, a ningún lugar, ¿y a qué le tememos más en esta vida, que a no pertenecer?

El DELS (Diccionario Enciclopédico de la Legislación Sanitaria Argentina) entiende que el concepto de Diversidad Sexual es político ya que nuclea a identidades, sexualidades y géneros disidentes (y estigmatizados). Sin embargo, en el ámbito de las políticas públicas nos dicen que la diversidad sexual incluye a todas las sexualidades, inclusive a la heterosexualidad. Esto genera rispideces en lo que respecta al valor político de esta definición, cuando en realidad se significa como resistencia a la heteronorma.

La Ley de Identidad de Género (26.743) se sancionó en Argentina en 2012, y es reconocida como una ley de vanguardia. Entre muchas otras cosas, porque reconoce el derecho a la identidad de género a las infancias y juventudes, y porque no requiere que transformemos nuestros/as cuerpos para poder reconocer quiénes somos, sentimos o expresamos ser.

Sin embargo, la Ley nos queda chica cuando la responsabilidad social no colabora con la ampliación de Derechos. Nos queda chica si lo que existe es nada más que una tolerancia pasiva. Esta tolerancia “pasiva” que ofrece comodidad es peligrosa, porque desdibuja nuestra responsabilidad y nos convierte en un espectador distante. En contrapartida, Victoria Camps entiende la tolerancia como una cualidad de las personas en la medida que tenga proyección pública y favorezca la práctica democrática. Porque lo personal es político y colectivo, porque
el cambio debe transpolarse a lo privado, sino no hay tal cambio.

Necesitamos reflexionar, problematizar e internalizar la vigencia de una identidad de género, expresión de género y elección sexual libre, necesitamos entender que esto no determina ni imposibilita a las personas en cuanto a su roles profesionales, sociales o culturales. Estamos hablando de Derechos Humanos, y ya lo dijo Marlene Wayar “Todo es discutible, pero la dignidad humana no”.

¿Y por qué tenemos que hablar todo el tiempo de este aspecto? ¿Por qué tenemos que decir LGBTTTIQ+, así, con todas esas letras?

Primero, para que se vuelva cotidiano, para que todas las personas podamos vivir libres. Segundo, porque “lo que no se nombra no existe”.

Cuando nombramos otorgamos importancia, entidad, visibilidad, carácter. El lenguaje construye las realidades que vivimos y nada existe por fuera de éste.

Entonces, hay otra pregunta que queda por hacer: ¿Cuánto nos falta como sociedad y como Estado para que exista una verdadera integración de la diversidad? Imposible saber cuánto. Pero estoy segura de saber qué nos falta: nos falta cambiar esta manera de pensar que nos hace creer que el interés individual es el único legítimo, y pone en juego la legitimidad social de un colectivo, con derechos y necesidades.