Por Dr. Ignacio Gadea. Investigador de la Universidad Siglo 21.

Cuando en el año 210 a. c. el emperador chino Qin Shi Huang murió, se extinguió con él su obsesión por hallar el elixir de la eterna juventud. Primer emperador de la China que él unificó, precursor de la Gran Muralla China, y del maravilloso ejército de terracota, dedicó desesperadamente su vida a encontrar, sin éxito, el modo de prolongar su existencia.
Desde aquellos días, mucha agua ha corrido debajo del puente, muchas personas se lanzaron en la misma cruzada, la medicina y la ciencia prosperaron y la expectativa de vida aumento considerablemente. Sin embargo, todavía, aquello permanece una utopía.

En los últimos años los científicos han hecho grandes avances en el entendimiento de los mecanismos del envejecimiento.

Uno de los progresos más destacados es el rol crucial de los telómeros. Los telómeros son estructuras formadas por material genético (el ADN) y proteínas que se encuentran en los núcleos de nuestras células. Estas estructuras tienen la función de proteger la información hereditaria y de ayudarla a transmitirse de generación en generación.

Los telómeros también dictaminan el tiempo de vida de las estirpes celulares. Esto último sucede, debido a que, en el proceso de división celular donde una célula inicial produce dos células hijas, los telómeros se acortan y se ha demostrado que cuando están demasiado cortos las células no pueden dividirse más y como consecuencia los tejidos no pueden renovarse. A medida que envejecemos el largo de los telómeros de nuestras células disminuye. Es por esto que los telómeros pueden considerarse una medida del envejecimiento. Algunos científicos los llaman los “relojes” de nuestras células.

Sin embargo, aparte del paso inexorable del tiempo, existe otro enemigo: el estrés psicológico crónico. Nuevas evidencias sugieren que estos mecanismos de acortamiento de los telómeros se ven alterados con el deterioro de los procesos bioquímicos causado cuando nuestro organismo se encuentra bajo estrés psicológico. Es decir, que cuando nuestro organismo sufre de estrés crónico muestra signos de envejecimiento biológico acelerado.

En las sociedades modernas en las que vivimos y con mayor auge desde el advenimiento de la revolución industrial y el aumento de la presión laboral, surgió en la clase trabajadora el Síndrome de Burnout o estrés crónico en contexto laboral. Este síndrome que se genera cuando la respuesta natural de nuestro organismo ante novedades o desafíos se cronifica puede tener importantes consecuencias para nuestra salud. Como ya se mencionó el envejecimiento acelerado es una de ellas.

Este síndrome que aqueja a millones de personas fue reconocido oficialmente este año por la Organización Mundial de la Salud (OMS) como un “fenómeno ocupacional” que influencia el estado de salud de las personas. El mismo se manifiesta con síntomas como la dificultad para relajarse y realizar otras actividades después del trabajo y un sentimiento de desmotivación por parte del trabajador. Esta importante resolución de la OMS posicionó al Burnout finalmente como un asunto importante que debe ser atendido por los gobiernos del mundo.

En Argentina, nuestro grupo de investigación dirigido por el Dr. Leonardo Medrano de la Universidad Siglo 21 determinó que el 41% de los trabajadores sufre de Burnout en el país. Es decir 4 de cada 10 trabajadores.

Esto implica no solo una desmejora en la calidad de vida de los trabajadores y un fuerte costo para empresas y sistemas de salud, si no también probablemente el envejecimiento acelerado de los afectados. Es importante destacar que el envejecimiento celular puede traer aparejado otras enfermedades relacionadas a la edad como enfermedades cardiovasculares y neurodegenerativas.

Resulta paradójico que en las sociedades modernas se promueva una extensión de la
expectativa de vida al mismo tiempo que su reducción. Las mayores exigencias laborales de estos tiempos, la falta de desconexión del trabajo, entre otros factores, han favorecido y favorecen el desarrollo del Síndrome de Burnout y sus consecuencias.

¿Podremos como sociedades encaminarnos en la misma dirección? ¿Podremos extender la expectativa de vida aún más allá? Y, sobre todo, ¿Lo podremos hacer saludablemente? Seguramente mucha agua seguirá corriendo debajo del puente, y muchas personas seguirán emprendiendo esta cruzada, pero aún estamos remotamente distantes de conseguir el ultimo anhelo del emperador chino Qin Shi Huang.