El 9 de mayo de 2012 se sancionó en el país la Ley de Identidad de Género que reconoció a todas las personas el derecho a la identidad autopercibida. Victoria Amaya y Carr Brugnoli son estudiantes de Siglo 21 y desde la cuarentena reflexionan sobre sus propios procesos de libertad.

La Ley de Identidad de Género marcó un precedente histórico en el país, en un momento donde la región todavía no se animaba a discutir ciertas libertades de las personas. Al momento de su sanción en 2012, sólo México y Uruguay contaban con leyes de estas características.

La noche que el Congreso de la Nación aprobó el proyecto, Victoria Amaya miraba televisión junto a sus amigas. En el aire se condensaba la esperanza. “Identidad”, “sexo asignado”, “género”. Todas las personas tendrían el derecho a que su identidad de género sea reconocida según su propia vivencia, esto significa el libre desarrollo de su persona conforme a su identidad de género. “Me cambió la vida. Imaginate que antes iba a lugares y la gente me llamaba, de muy mala manera, por el nombre del DNI. Yo bajito les pedía que por favor no lo hicieran. La ley nos dio el respaldo para decir: ‘Me llamó así, tengo un aval y sí o sí me tenés que decir de esta manera, no importa cómo me veas”, dice.

El texto de la norma que rige desde hace ocho años entiende a la identidad de género como la vivencia interna e individual que cada persona siente, la cual puede corresponder o no con el sexo asignado al momento de nacer.

Esta identidad puede involucrar la modificación de la apariencia o la función corporal a través de medios farmacológicos, quirúrgicos o de otra índole, siempre que ello sea libremente escogido. También incluye otras expresiones de género, como la vestimenta, el modo de hablar y los modales.

En la práctica, que se respete la identidad de género no es tan fácil. Para Victoria, durante los últimos años se ganaron derechos pero aún faltan otros importantes. “La ley nos dio libertad, pero todavía no se nos reconocen situaciones como a cualquier otra persona. Las trans peleamos por la inclusión laboral. Al fin y al cabo, dejas el currículum pero nunca te llaman”, dice.

Victoria vive en Córdoba y estudia la Tecnicatura en Relaciones Laborales en Siglo 21. Llegar a la Provincia implicó separarse de su familia en San Juan y batir las alas para perseguir su propia vida: “Cuando decidí ser una chica trans me echaron de mi casa. Mi abuela y mi tía me hospedaron un tiempo y entendí que lo mejor iba a ser irme”.

En Córdoba y junto a sus amigas, sintió que por primera vez podía ser verdaderamente “Vicky”. “Venía de una ciudad prejuiciosa, de una primaria donde profesores y alumnos se me burlaban. Usaba mis pulseras y pañuelos y a todo el mundo le llamaba la atención. Sumado a eso tuve un padre muy cerrado que se oponía a que mis hermanos y yo estudiemos. Quise empezar en San Juan, pero me dije ‘no, no puedo seguir sufriendo más’. Y empecé trabajar para juntar dinero para irme”, recuerda.

Victoria conoció la Universidad Siglo 21 cuando terminó sus materias pendientes del secundario a través del programa provincial CENMA. “Después de eso se abrieron muchas puertas y conocí a las autoridades de Siglo. Estoy agradecida de la posibilidad que me dieron de poder estudiar. Me siento súper cómoda”, dice. Y agrega: “Lo bueno de estudiar es que un día vas a estar en un lugar lindo y van a tener la obligación de respetarte”.

Para ella, el derecho a la identidad es “algo que no se le puede negar a las personas”.

“Si tuviera que darle un consejo a alguien que vivió lo mismo que yo, le diría que siga y siga. Porque ser libre de ser quien sos es una felicidad que no te la da nada ni nadie”, dice.

“Es inmensa la sensación de que en tu DNI aparezca tu identidad”

Hace un año Carr Brugnoli vivió uno de los momentos más importantes de su vida. Una operación de reasignación sexual le permitió encontrarse con el cuerpo que siempre había buscado: “Sacarme la faja de la operación implicó mirarme en el espejo y reconocerme como nunca me reconocí. Es una sensación que no mucha gente entiende. Por ahí te dicen ‘para qué te vas a operar si no hace falta, si así sos lindo’. Para mí me cambió la vida”.

Otro de los momentos importantes también ocurrió en 2019, cuando un sobre enviado por el Correo Argentino viajó hacia su domicilio con su nuevo documento de identidad. “Estaba sentado afuera con mis perras cuando llegó la carta. Empecé a gritar, correr, sacarle fotos. No hay palabras para explicar lo que se siente”, recuerda.

Carr es estudiante de la Lic. en Psicología en Siglo 21, desde donde vive un profundo proceso de deconstrucción. Hace unos meses y en medio del recorrido hacia el reconocimiento de sus derechos, fundó junto a otros amigos trans la “Casa de Varones Trans y Familias”, para darle más lugar y reconocimiento a parte de una población no tan visibilizada. “Lo que tiene que ver con la identidad de los varones trans hace algunos años no eran muy nombrado. Cuesta encontrarnos en la historia y fueron las luchas colectivas de las mujeres trans las que sirvieron para que hoy nos visibilicemos nosotros”, dice.

La Casa de Varones Trans funciona en un local cercano al centro de la ciudad de Córdoba, desde donde Carr y otros compañeros reciben, contienen y trabajan para promover derechos, y acompañar a varones trans y familias en sus caminos y procesos de transición. “Si bien la Ley de Identidad de Género implicó un paso fundamental, cuesta mucho abrir las cabezas y sacar ciertas ideas que tiene la sociedad”, dice.

Desde la cuarentena en Chaco, su provincia natal, Carr piensa en aquellas personas que todavía no pueden ejercer su derecho a ser quienes desean ser y se encuentran encerradas en sus casas.

“Las organizaciones y las redes son muy importantes para la diversidad. En este momento de cuarentena se complejiza todo”, señala.

Después de su operación en Córdoba, Carr viajó a Chaco con su nuevo DNI a visitar a su familia. “Ahí es donde viví toda mi adolescencia y niñez como la mujer que ya no soy. Para mí todo este cambio trajo muchas cuestiones positivas. Por suerte tengo una familia que me escucha y aunque también es un proceso para ellos, todos logramos entendernos. A veces se les pifia el pronombre, pero no hay problema”, dice riendo.

“Cuando hablamos de identidad, hablamos de personas. En todo su contexto y en todo su ser. Y hablar de derechos implica que se otorguen. Todavía quedan cosas pendientes, como el derecho a trabajar”, dice.

Del otro lado del teléfono Carr se toma segundos para pensar. Si tuviera que darle un consejo a alguien que atraviesa el mismo camino, no lo dudaría: “Le diría que no está solo. Que ese sentimiento de extrañeza no es malo. Hay que dejarse llevar por lo que uno siente porque es ahí donde está la libertad”.