Por Ab. Esc. Federico Miguel. Director de la carrera de Escribanía.  

Todo surgió como una idea en un café, un asado o a la salida de una clase. Luego la compartió con una amiga que se prendió rápidamente, pusieron plata, sumaron a otro amigo y así los tres comenzaron a emprender, a soñar, a crear, a no dormir, a ser felices de una manera distinta.

La cosa de a poco se puso seria y contrataron sus primeros empleados, porque ya no daban más de ser gerentes, vendedores, distribuidores, cobradores, ordenanzas y también contadores de sí mismos.

Formalizaron, crearon su sociedad en 24 hs, perdón, días. Contrataron a un Contador porque el abogado que los ayudó a armarla les explicó que debían llevar libros, actas, algo del IVA, ventas y compras, a lo que el nuevo profesional le sumó ganancias, ingresos brutos, comercio e industria, el F931, recibos de sueldo, aguinaldos, la habilitación de bomberos, seguros, la cuenta corriente, el impuesto al cheque, los gastos de mantenimiento, el póstnet, y otras cosas más en una hoja de Excel que quedo pinchada en el tablero de coordinación de acciones, entre la impresora y la heladera de la oficina.

Luego vino el primer cheque rechazado por un pago que no entró, de un cliente que no cumplió, un cliente en quien ellos confiaron y luego se dieron cuenta que les había comprado toda una producción a un precio casi de costo, se la habían entregado en sus autos particulares y no cobrarían un centavo, y además habían acumulado todas las deudas que tomaron para poder producir a tiempo, se acumularon proveedores, empleados temporales, logística, impuestos atrasados  y “otros gastos administrativos”.

De lluvia de pedidos a lluvia de cartas documento, las primeras demandas, la cuenta del banco cerrada y el fin de mes que se venía encima. Además tuvieron que hablarlo con sus familias… no fue fácil, los juzgaron, discutieron, vivieron momentos horribles porque, claro, toda la familia dependía de ese emprendimiento y de golpe se encontraron en un callejón sin salida. De repente, la libertad tan anhelada y alcanda del negocio propio se esfuma de entre sus manos como la arena de ese castillo que la marea se lleva sin saber adónde.

Hasta ahí es el desarrollo de lo que técnicamente conocemos como estado de cesación de pagos, piedra fundamental del concurso o la quiebra, entendido el primero como un paraguas legal que permite recalcular, reorganizar, acordar, barajar y dar de nuevo, identificar y honrar las deudas. El segundo, como indica su nombre implica un quiebre, un rompimiento en la confianza y el crédito de la sociedad (nosotros, vosotros y ellos) hacia una persona jurídica, o humana, como le hicieron llamar los legisladores del nuevo código civil y comercial, para que tengamos presente que es de carne y hueso.

Siempre considerando que no sean con fines de estafa, engaño o delito y que hayan derivado de una mala gestión, de una cuestión coyuntural o simplemente del riesgo del negocio, en muchos países estos procesos se viven como lo que son: ciclos de un negocio en la vida de una persona, un emprendedor que erró y debe comenzar de nuevo.

No obstante, en Argentina el concurso implica una alerta para quienes no lo comprenden, pero que bien argumentada, defendida y acompañada, no sacará al emprendedor de la cancha. En cambio la quiebra es una mácula, una suerte de destierro empresarial hacia un limbo de descrédito, que lo perseguirá hasta el fin de sus días o hasta que lo saquen de las bases de riesgo crediticio.

Con este panorama, la idea de Robert Kiyosaki (“Padre Rico, Padre Pobre”. Editorial Aguilar, 2010) de que lo mejor es “fundirse” por primera vez antes de cumplir los 30 años de edad, no es más que una utopía, al menos en nuestro país.

El sistema jurídico,  financiero y social debería dar la posibilidad al emprendedor de equivocarse, saldar sus deudas, o asumir el compromiso y la obligación de hacerlo al mejorar de fortuna, con un régimen específico. Tengamos presente, que al momento de enfrentar obligaciones legales, se aplica el mismo proceso a un herrero que hace rejas y da trabajo a dos familias, a una Pyme que fabrica autopartes y cuenta con 30 empleados, o a una automotriz multinacional con miles de empleados.

Si bien existen programas y leyes que promueven e incentivan la formación de Startups, ese envión no es acompañado luego por un verdadero régimen legal, laboral, tributario y financiero para emprendedores, que le permita comenzar, probar y si funciona, a partir de haber alcanzado determinado nivel de ingresos y estabilidad, empezar a contribuir al estado y no tenerlo de socio que exige y recauda en las buenas, y asfixia y excluye en las malas, en ese Starcrash que no se publica en las redes sociales.

La Ley de Concursos y Quiebras contempla a los pequeños concursos con ciertas características que los distinguen y simplifican bastante pero con las mismas soluciones que para los grandes concursos, no existiendo una verdadera contemplación del emprendedor, menos aún en el caso de las quiebras, poniéndoles el bonete de Inhabilitado, palabra que no hace falta saber de derecho para entender sus connotaciones negativas.

Es notorio y de público conocimiento que existen algunos proyectos de reforma de la Ley de Concursos y Quiebras en carpeta, así como otros que toman el “tema de los emprendedores” como bandera mediática.

Estos proyectos u otros, deberían ser el canal para considerar a los emprendedores como actores económicos particulares y crear un categoría de tutelaje para que, en aquellos casos en que el negocio no funcionó, el mercado no lo compró o simplemente el modelo se agotó, le permita recuperarse rápidamente, encarar otro proyecto y así poder sostener las fuentes de trabajo dadas, honrar sus deudas y aportar a la sociedad, desde su starcrash, recordando más que nunca, ahora que la filosofía vuelve a estar de moda gracias a Merlí, que Errare humanum est.