*Por Andrés Pallaro, Director del Observatorio del Futuro en Universidad Siglo 21.

Proponer nuevos “contratos” o acuerdos para organizar las sociedades en medio de cambios acelerados era casi un lujo intelectual o una quimera alejada de los imperativos de la realidad. Cuando el mundo derrote el Covid-19 e ingresemos en tiempos de reconstrucción, las secuelas económicas y sociales serán tan profundas que se convertirá en cuestión de supervivencia.

La pandemia significará un baño de humildad respecto a todo lo que nos falta aún en el camino del progreso, un empujón de realismo frente a lo mal preparados que estamos para enfrentar crisis globales.

Dos son los eternos enemigos para lograr “contratos sociales”: la incapacidad de los líderes políticos para trascender la agenda inmediata de la política agonal, esa que muchas veces hace ganar elecciones, pero impide plantear y avanzar en los problemas de fondo de una sociedad. Y, por otro lado, la estoica resistencia de los intereses creados durante décadas de progreso a repensar sus beneficios en el marco de nuevos balances colectivos.

Se suceden iniciativas siempre inacabadas. Como la de Macron, cuando intenta explicar a los franceses que ya no es posible en una sociedad con esperanza de vida en 90 años, seguir con casi 50 regímenes especiales de jubilaciones. La derrota de la pandemia será un triunfo de la sensatez, nos inmunizará contra liderazgos que hayan abusado de la demagogia cortoplacista (Donald Trump y Boris Johnson a la cabeza) y contra aquellos que abusan de la duda y pecan de lentitud amparados en las restricciones de la democracia (Italia o España, por ejemplo). Sensatez y coraje para plantear y proyectar los temas de futuro, con toda su complejidad, pero agilidad y eficacia para actuar en el corto plazo con menos deliberaciones y politiquería berreta, será la consigna. Todo, con menos margen de discrecionalidad y más apoyo en las evidencias científicas.

 

Quizás el virus termine siendo el acelerador no esperado de esos cambios que se resisten a florecer.

No habrá reconstrucción de multilateralismo eficaz ni nuevos mecanismos de gobernanza global, vitales ante un mundo que promete crisis globales recurrentes, si este triunfo de la sensatez no se consuma en años posteriores a la pandemia. Esta vez, en medio de la aceleración del cambio tecnológico, serán vitales contratos sociales para acordar:

1- Cómo financiar a los sectores más alejados de las nuevas palancas del progreso. No alcanza con políticas sociales. Se requiere innovación para apuntalar a las mayorías que no podrán por muchos años reconvertirse hacia actividades demandadas y sustentables. Rentas universales u otros mecanismos serán inevitables para evitar sociedades duales.

2- Agenda digital: no hay sectores inmunes al cambio tecnológico. Será clave lograr hojas de rutas para guiar la digitalización de actividades, acompañar a las empresas a entrar con fuerza en la Cuarta Revolución Industrial, el avance tutelado de la inteligencia artificial y la formación masiva de las personas para achicar las brechas de acceso y dominio de la tecnología, incorporando habilidades que sean claves para el ascenso social.

3- Nuevas modalidades de trabajo: repensar el mundo del trabajo creando nuevas figuras de trabajo flexible e independiente será vital para combatir el paro y convertir las amenazas del fin del trabajo dependiente en una oportunidad para millones de personas.

4- Sistemas impositivos que superen la dicotomía entre el riesgo de ahogar la iniciativa privada y quedarse cortos para construir mayor equidad en las sociedades. Terreno de parches constantes, la innovación y la eficacia para lograr impuestos justos y progresivos de acuerdo a la nueva dinámica de la economía digital, es parte central de cualquier contrato social.

5- Sistemas transparentes: muchos de los excedentes del valor que creamos se va en corrupción, ineficiencias y desidias. Un contrato social debe barrer con mecanismos cerrados y oscuros, abriendo los datos y los procedimientos para garantizar transparencia.

6- Actuación global: superar los contrastes entre mercados internos y externos. Toda sociedad tiene sectores dinámicos que suponen oportunidades para el comercio internacional. Identificarlos, promoverlos e integrarlos al crecimiento del conjunto de la economía debe ser parte de un acuerdo nacional.

7- Blanqueo de actividades que agregan valor social y merecen financiarse. No alcanza para todo, pero debe alcanzar para financiar esas actividades de alto impacto social que el mercado no siempre paga, como la atención de la niñez y la vejez, los sistemas sanitarios, la educación pública y la ciencia. Los presupuestos son prisioneros de la lógica incremental, hay que barajar y dar de nuevo con foco en el impacto social real de cada línea de gasto.

8- La protección del planeta: cada país debiera multiplicar su compromiso para bajar sus emisiones contaminantes en el marco de los objetivos de desarrollo sostenible acordados (y hoy amenazados) en Naciones Unidas en 2015 (ODS). O ya no habrá hogar común para proteger.

9- Revolución de la empatía: la eficiencia y el crecimiento no deben estar enfrentados a nuestra máxima capacidad: interpretar las necesidades de las personas y ponerlas en el centro de todo lo que hacemos. No es una expresión utópica, un contrato social puede definir máximas para que la empatía prevalezca en nuestros sistemas. Como vimos en Joker, ganadora del Oscar, solo el amor, la bondad y la empatía podían salvar a Arthur Fleck (y tantas otras vidas).

10- Construcción de comunidades: las ciudades están siendo emporios de soledades y el individualismo nos empobrece. Recrear ese espíritu de comunidad que generó progreso es vital. Expresiones como La Juanita en La Matanza demuestran que es en el espíritu comunitario, aun en la marginalidad, donde florece la iniciativa, la cultura del trabajo y las redes de solidaridad.

Quizás no hacía falta una pandemia para hacer viables estos nuevos contratos. O quizás, tristemente sí. Será contrafáctico analizarlo. Pero apuesto a que el sacudón global del Covid-19 abrirá una enorme oportunidad para superar viejos debates y construir mejores sociedades.