Nuevas soluciones para viejos problemas

* Por Dr. Damian Andres Canton Gardes – Docente de Universidad Siglo 21 y Director del Proyecto de Investigación “Democracia y Ciudadanía Pluricultural en Argentina”.

La violencia y la lucha por la pluralidad

Si seguimos el planteo de la ética comunicativa de Habermas (1999), podremos sostener que toda negación de considerar al otro como un interlocutor válido o impregnar una mirada reductiva de lo diverso, constituye ya, el primer paso a la violencia. La violencia, entendida como la imposición de una voluntad por encima del otro a pesar de su resistencia, cuenta con múltiples formas que van desde maneras explicitas hasta otras simbólicas, sutiles o incluso, de omisiones (Crettiez, 2009). Así, la Humanidad reúne un largo y penoso repertorio de intolerancia e imposición con hechos bélicos entre persas, griegos, romanos, árabes, guerras santas, imperios coloniales, genocidios, guerras mundiales, guerra fría, apartheid, muros, movimientos separatistas radicales, dictaduras militares, modelos hegemónicos y autoritarismos, a los que se suman a otros, como el multidimensional conflicto palestino-israelí o los etno nacionalismos de los países del Este entre otros. En un viejo debate, mientras Francis Fukuyama (1989) auguraba el “Fin de la Historia y el último hombre” como el triunfo e implantación del modelo occidental como única solución a la problemática humana, Samuel Huntington (1997) por su parte, advertía acerca del “Choque de Civilizaciones y la Reconfiguración del Orden Mundial” declarando al menos, ocho grandes civilizaciones en disputa.

Sin embargo, en los últimos años hemos visto una sucesión de hechos que no dejan de consternarnos, para ser considerados no solo por el nivel de su violencia explícita sino también, con motivo de la complejidad que fundamenta su intencionalidad.

Es así que desde los comienzos de este milenio, fuimos testigos de la crudeza de un malestar e intolerancia radicalizada no solo por su espectacularidad sino por la magnitud de sus efectos, tales como el 9-11 en Estados Unidos (2001), el 11-S en Madrid (2004), Londres (2005), Charlie Hebdo o el club Bataclan en Paris (2015), Nantes (2014), Bruselas (2016), Cataluña (2017) a los que podemos sumar otros atentados a Nigeria, Camerún y Chad (17 y 18 de enero 2015) o la situación de Siria que mantiene en vilo a la sociedad internacional desde las últimas décadas, entre otros episodios lamentables.

A su vez y más cercano a nuestros días, seguimos la escalada de manifestaciones multitudinarias, que parecían tomarse distintas sedes en todo el planeta teniendo la violencia como vehículo; los Gillettes Jeunes en Francia (2018), Hong Kong (2019), Cataluña (2019), Chile (2019), Ecuador (2019), Bolivia (2019), Colombia (2019), hasta las reacciones por los sucesos en torno a George Floyd en Mineápolis (2020).

En esto, más allá de la expresión manifiesta y observable de estas demandas, pueden distinguirse nuevos desafíos para interpretar la profundidad sobre la naturaleza misma de los hechos: Mientras en algunos casos encontraban una base religiosa, otras parecían relacionar una raíz de índole política ya sea contra la izquierda, la derecha o el centro, también se observa un conglomerado que conjuga a dimensiones laborales, habitacionales, inseguridad, pobreza, acceso a la educación, género, y también distintos tipos de minorías, ecologistas o movimientos indígenas, conformándose así, una cadena casi interminable.

A priori, el multifacético nivel de expectativas provenientes de la sociedad civil, parece estar desbordando la capacidad de reacción de la sociedad política en su histórica manera de dar respuesta. Este incremento de toda índole de visiones y divisiones del mundo que exigen políticas prontas al Estado, exponen una estructura que opera de manera casi reactiva en una suerte de obsolescencia o incapacidad para asimilar e interpretar los nuevos tiempos.

Es posible considerar que un error común, puede consistir en incurrir a antiguas nociones como “clases”, “religiones”, “culturas”, “etnias” o “razas” que oficien de manera reductiva, englobando o simplificando todos estos colectivos y carezcan de la suficiente sensibilidad ante fenómenos que, por su dinamismo y naturaleza cobran cada vez mayor vigor.

Todo parece indicar que estamos ante un escenario que se ha vuelto más complejo y heterogéneo, que invita a asumir el reto de profundizar sobre nuevas categorías capaces de responder a los nuevos “sentidos de pertenencia” relacionados a su vez, a aquello que ya planteaba Max Weber (1964), como los “sentidos de la acción”.

En definitiva, podemos observar que estamos ante un crecimiento notable de lo que se consideran sociedades plurales y que desbordan los antiguos criterios uniformizadores que acompañaron el mundo político hasta finales del Siglo XX y que llegan hasta nosotros.

En esta línea, resultan ser indispensables los aportes realizados en los trabajos sobre las políticas de reconocimiento de Charles Taylor (1992), la lucha por el reconocimiento de Axel Honneth (1997), el multiculturalismo y el derecho de las minorías de Will Kymlicka (2000), las intrínsecas relaciones entre género y poder en Judith Butler (2001), la reivindicación de la cultura en Seyla Benhabib (2002) o las luchas por el feminismo en Nancy Fraser (2006).

¿Y por casa cómo estamos…?

Quizás podemos distinguir que nuestra sociedad se encuentra marcada por la “grieta” pero, esto no es una novedad reciente. Ya encontramos en los albores de la independencia las dicotomías de Saavedra o Moreno, Unitarios o Federales, Rosas o Sarmiento, Perón o Balbín, en una extensa lista que se ha extendido hasta ramificarse hasta al menos, las cuatro grandes corrientes contractuales: (neo) liberales, republicanos, nacional-populares y en menor medida, el indigenismo.

Sin embargo, el hecho más notorio consiste en la construcción de una suerte de “relato argentino” que se fundamenta casi en un modo absoluto, proveniente en una herencia de ultramar como “descendientes de los barcos” y que reúne a una mezcla de inmigrantes europeos italianos, españoles y franceses, entre otros.
Este “mito” argentino cuenta con dos negaciones tan notorias como violentas, la primera de ellas consiste en el “genocidio estadístico” de la población afrodescendiente o afro-argentina, que los declara desaparecidos luego de la Guerra con el Paraguay (1864) o la Fiebre Amarilla (1871), y que sin embargo, invisibiliza su presencia estimada en 2 millones de personas según el censo del 2010.

A su vez, existe un segundo elemento que condena a los pueblos originarios a vivir en la literatura, bajo el rótulo de “así eran…” negando su vigencia y aportes al espacio público o a una nueva ecología de saberes (Boaventura de Sousa Santos, 2012).

Así, los herederos de estos inmigrantes europeos trabajadores del Siglo XIX y XX, hoy cultura mayoritaria en el país, tenemos serias dificultades para identificar algún punto de nacimiento como colectivo, más allá de los hechos de 1810 y con gran esfuerzo imaginar alguna influencia previa a Jerónimo de Cabrera o Pedro de Mendoza.

La mayor parte de los pueblos originarios, definidos aun de modo ambiguo, pero al menos reconocidos como “preexistentes” a un Estado nacional a partir de 1994 por el artículo 75, inciso 17, viven en condiciones de exclusión de un pacto que se presentó como homogéneo de “Argentina para argentinos” y que se implantó combinando Civilización “con” Barbarie.

Poco sabemos de ellos y poco interactuamos, salvo las irrupciones mediáticas ante los hechos de violencia contra los Qom o los reclamos mapuches, que activa ciertas alarmas muy efímeras, sobre si son o no genéticamente tan argentinos como los Tehuelche, o si provienen de otro espacio geográfico distinto.

Somos deudores de sanar una historia, donde se expuso al cacique Inakayal y sus familiares en un Museo, montado en alegoría al evolucionismo como también, declarar la extinción de los kâmîare (comechingones) salvo la herencia de la alegre tonada cordobesa y el casi nulo aporte que puedan realizar los cerca de 38 pueblos distribuidos en el país, salvo la mirada paternalista o la asimilación por medio del mercado de trabajo o la educación uniforme. A esto sumemos el silencioso reclamo de las nuevas inmigraciones como venezolanos, colombianos, senegaleses o los más históricos casos latinoamericanos de bolivianos, peruanos, chilenos, uruguayos o paraguayos victimas de discriminación y estigmatización que plantean desafíos desde diferentes sentidos de pertenencia. En la actualidad su presencia en el país ronda en más de 1 millón y medio de personas (4,5% de la población total), ubicando a la Argentina en el segundo lugar en Latinoamérica.

¿Qué podemos hacer?

La Humanidad dispone de una rica tradición que tiene a la no-violencia y la tolerancia como sustrato. Podemos citar los intentos de Francisco de Asís por el diálogo interreligioso, la ciudad Toledo que durante siglos logró albergar de manera pacífica las tres grandes religiones monoteístas; Bartolomé de las Casas y su defensa de los derechos indígenas; Ghandi en la independencia de la India; Martin Luther King por la inclusión de los derechos de afrodescendientes; Nelson Mandela en la unión de Sudáfrica; los esfuerzos por conciliar las nacionalidades de la Unión Europea que a su vez integran a otros países multiculturales como España, Suiza o Bélgica y las comunidades locales; la inclusión parlamentaria de las minorías indígenas en Canadá o Australia; avances en materia de multiculturalidad como Quebec, País Vasco, Cataluña o Flandes; los intentos de la plurinacionalidad del país vecino Bolivia o los derechos de la naturaleza en Ecuador, como tantos otros miles de casos cotidianos y anónimos en términos mediáticos.

Las sociedades son cada vez más diversas y plurales clamando por su reconocimiento. Son plurales en sus formas de vida, opciones políticas, religiosas, género, orientación sexual como también en su sentido ético o moral.

A la tradicional ética de la reciprocidad o Regla de Oro, podemos anexar las perspectivas de Hans Küng (1999) por una ética mundial, Habermas (1989) fortalecer las condiciones de comunicación, Adela Cortina (1998) una ética de mínimos o Levinas (2012) quien consideraba al otro como un infinito, entre otros.

Según los primeros resultados del trabajo de Investigación sobre “Democracia y Ciudadanía Pluricultural en Argentina” llevado a cabo desde la Universidad con comunidades indígenas e inmigrantes, notamos la necesidad de superar los estereotipos, el reduccionismo o los simplismos para comprender al otro “no-argentino” y poder salir de esta suerte de monocromía, que solo distingue grises y reconoce argentinos, argentinas o argentines como habitantes casi exclusivos (y excluyentes) del espacio público. La diversidad se encuentra ante nuestros ojos y nos interpela. Para esto es necesario trabajar nuestra disposición a la tolerancia, sin renunciar a la búsqueda del bien común y la justicia contribuyendo a la conformación de espacios simétricos de comunicación y el diálogo.

Tenemos una enorme oportunidad y un largo camino por recorrer.

Tenemos una responsabilidad trascendente para construir desde ahora, una nueva sociedad y un nuevo contrato social inclusivo.