Por Mgter. Andrés Pallaro, Director del Observatorio del Futuro de Universidad Siglo 21.

Un cambio disruptivo se viene macerando en la larga marcha de evolución del trabajo humano: hemos perdido, como seres humanos, el monopolio de las capacidades cognitivas que nos hacían únicos. Algoritmos, inteligencia artificial y machine learning han dejado atrás la época en la que nos asombrábamos por la de la Ley de Moore, que prometía ilimitados progresos en capacidades de procesamiento y almacenamiento de información para todo lo que hacemos. Sencillamente, la tecnología hoy no sólo nos complementa y nos da soporte, sino que se ensambla y yuxtapone con nosotros, pues los dispositivos pueden, cada vez más, aprender, discernir e incursionar en el terreno tan nuestro de las emociones.

Citando a Mario Benedetti, “cuando creíamos que teníamos todas las respuestas, cambiaron todas las preguntas”. Es que hoy abundan y florecen nuevos interrogantes sobre el futuro del empleo. Descartando las visiones apocalípticas que expresan un futuro de desempleo masivo bajo el yugo de las máquinas (en lo que literalmente no creemos), el desafío es acelerar la construcción de respuestas basadas en la experimentación y la evidencia. Y especialmente montados en algunas premisas que podemos considerar validadas en virtud del estado del arte: no hay tipos ni niveles de trabajo inmunes al cambio tecnológico, los trabajos no son unidades monolíticas sino conjuntos de tareas con distintos niveles de automatización, cada vez más tareas serán realizadas por dispositivos tecnológicos (no sólo las más repetitivas), nuevos trabajos y modalidades de trabajo están surgiendo y muchas emergerán en los próximos años.

En este marco, la gran tarea que tenemos por delante (políticos, empresarios, educadores, pensadores, etc.) es organizarnos para capturar la oportunidad histórica que tenemos entre manos: las nuevas tecnologías pueden hacer gran parte de nuestro trabajo, expandiendo la productividad que asegure los bienes y servicos que necesitamos a precios accesibles, y reservando para nosotros las tareas y funciones más disfrutables, desafiantes y aptas para la irreproducible fusión racional–emocional que nuestros cerebros habilitan.

Hay mucho por hacer si nos consagramos a semejante desafío, ya sea en las políticas de Estado que debemos darnos al interior de los países como en las concertaciones que se pueden lograr a nivel internacional. Toda hoja de ruta parte de una visión imaginada.

¿Cómo creemos que serán esos trabajos del futuro en los que necesariamente estaremos asistidos y complementados por dispositivos de tecnología inteligente?

Salvando especificidades propias de cada industria y tipos de trabajo, iremos cada vez más a trabajos que estén caracterizados por:

  • Menos repetición y estándares. Más análisis, pensamiento abstracto y discernimiento.
  • Menos certezas y planificaciones. Más ensayos, experimentación y micro aprendizajes continuos.
  • Menos rigidez y estructuras. Más flexibilidad, cambio y diversidad.
  • Menos soledad y autosuficiencia. Más interacción, co-creación y empatía.
  • Menos regulación y verticalismo. Más iniciativa, creatividad y autonomía.
  • Menos manualidad y soporte analógico. Más digital, medible y en tiempo real.

¿No es acaso fantástico proyectar mercados de trabajo donde las oportunidades de desempeño respondan a estas características que nos saquen del tedio y el stress, tan amplificados en nuestros días, sin ceder ritmo de producción dado que las máquinas harán aquello que menos nos distingue? Más aún, ¿no dispara el entusiasmo pensar que la ciencia ya ha comprobado que todos podemos desarrollar habilidades blandas (soft skills) que tanto se requieren para esos nuevos trabajos en potencia? ¿Y no tenemos suficiente evidencia histórica de que siempre la humanidad ha sabido adaptarse a las revoluciones tecnológicas y que también esta vez seremos capaces de crear y aplicar nuevos trabajos en grandes cantidades?

Sí, todo ello fundamenta nuestra visión optimista sobre lo que podemos construir. Pero sería irresponsable hacerlo sin detenernos en reparos que pondrán a prueba nuestra capacidad social de construir puentes, acuerdos y modelos para llegar a los nuevos estadíos de evolución humana que podemos visualizar. En síntesis, nos espera el desafío de resolver la restricción que viene por el lado del flujo y la que viene por el lado del stock.

Por el lado del flujo, las alertas a atender tienen que ver con la complejidad para acelerar los procesos de formación de la gente en nuevas habilidades (millones de personas), las limitaciones para reconvertir personas desde los empleos que mueren a los que van naciendo, y los efectos de inequidad a corto plazo que se dan al observar cómo personas en la frontera del conocimiento y dominio tecnológico, pueden aprovechar primero las nuevas oportunidades mientras enormes franjas de personas de empleos tradicionales de la era industrial quedan atrapadas en largas reconversiones (fenómeno conocido como “vaciamiento del medio”) o pasan a engrosar los segmentos laborales de la base de la pirámide (aun relativamente a salvo de la agresiva automatización). Mercados laborales polarizados en sus extremos requieren de nuestra acción e ingenio sostenido.

Por el lado del stock, la gran cuestión viene dada por la ecuación a conseguir entre todo lo que dejaremos de hacer por el avance de algoritmos y el volumen de todos los trabajos que se transforman o aparecen. Para que este stock arroje cifras positivas no alcanzará con rezar ni mirar con optimismo el devenir de los acontecimientos. De mínima, debemos trabajar para diseñar y crear modelos para aquellos tipos de desempeño que más prometen compensar la cuenta: la economía freelance o “gig economy” (pequeños encargos), cuyas modalidades on demand seguirán creciendo exponencialmente (Uber y afines). Por otro lado, la economía “de los cuidados” cuyos roles de creciente necesidad (enfermeros, coaches, cuidadores, acompañantes, etc.) no está claro si los pagará el mercado, el Estado o combinaciones de ambos. Y finalmente, la economía de los emprendimientos en todas sus dimensiones, potenciada hoy por el fenómeno de la economía social (triple impacto) que promete expandir el segmento de “dueños” de proyectos irradiando empleos para otros.

En 10 años seremos más de 9.000 millones de personas en el mundo. Sólo seremos capaces de sostener y mejorar los avances logrados en vencer la pobreza, si encontramos nuevas soluciones al desafío del empleo humano en la era de los algoritmos. Podemos hacerlo. Pero, como dijo Saint-Exupery, “no se trata sólo de prever el futuro, sino de hacerlo posible”.