Por Claudio Fantini. Mentor de la Licenciatura en Ciencia Política de la Universidad Siglo 21.

El califato que rigió durante tres años en Siria e Irak está desapareciendo.

Según algunas corrientes musulmanas, el minarete se inclinó para reverenciar a Mahoma, a su paso hacia el cielo. Según algunas corrientes caldeas, asirias y siríacas, antiguo cristianismo árabe, la torre se inclinó en dirección a la tumba de la virgen María. Para quienes buscan razones físicas concretas, fue la dilatación de ladrillos mal fabricados la que torció el minarete de la Mezquita al Nuri. Lo cierto es que “al habda” (el jorobado) y su apariencia de Torre de Piza, ya no existe. Lo derrumbó la dinamita que redujo a escombros la histórica mezquita Al Nuri, que desde el siglo XII era parte del patrimonio histórico y cultural de Mosul.

La nube de humo que devoró el minarete inclinado y el resto del templo, fue la señal del fin del califato. Los jihadistas no quisieron dejar en pie el recinto donde, en junio del 2014, Abu Bakr al-Bagdadí proclamó el Estado Islámico que aspiraba a regir en todo Irak y la región del Levante.

Ese Califato proclamado en Mosul, se presentó en sociedad con el discurso dado en la mezquita Al Nuri y dinamitando la Tumba de Jonás, profeta del Antiguo Testamento y del Tanaj, que también es mencionado en un versículo del Corán. Y empezó a despedirse borrando de Mosul la mezquita donde fue proclamado.

Cuando Al-Bagdadí decidió que la milicia creada por el jordano Abú Mussab al Zarqaui durante la ocupación norteamericana, dejara de llamarse Al Qaeda Mesopotamia (AQM) y tomara el nombre Estado Islámico Irak-Levante, cuya sigla es ISIS (Daesh en árabe), pensaba sólo en conseguir la millonaria financiación que las petromonarquías sunitas daban a las milicias que lucharan contra el régimen Bashar al Asad y sus aliados chiitas libaneses e iraníes. Quizá no esperaba que las divisiones de los ejércitos sirio e iraquí huyeran en desbande, sin luchar y dejando carros de asalto y piezas de artillería, ante la irrupción de las caravanas de camionetas Toyota con los jihadistas de las banderas negras.

Sube y baja

Demasiado pronto conquistaron Raqqa, la capital del califato en el lado sirio de la frontera, extendiendo desde allí sus dominios hasta las cercanías de Damasco y de Bagdad. Pero de aquel vasto territorio, ahora sólo quedan retazos y algunos focos de resistencia en las ciudades que representaron su esplendor.

Los kurdos los derrotaron en el monte Singar y otras zonas del norte iraquí y sirio, donde también empezaron a ser doblegados por los ejércitos nacionales, por milicias chiitas y por los bombardeos norteamericanos y rusos. Fue precisamente un bombardero ruso, el que habría matado a Abu Bakr al-Bagdadí en el suburbio de Raqqa donde, junto a un gran grupo de jihadistas que también fueron exterminados por los misiles aire-tierra, planificaban la retirada de ese bastión.

El califato también empieza a derrumbarse en Libia, donde milicias aliadas habían llegado a controlar la ciudad de Sirte y nada menos que Bengasi, la segunda urbe más importante del país y capital de la región de Cirenaica. Tres años le llevó al mariscal Jalifa Haftar recuperar la ciudad donde comenzó en el 2011 la rebelión contra el régimen de Muammar Jadafy. Pero la “Operación Dignidad” finalmente puso la estratégica Bengasi bajo control del autoproclamado Ejército Nacional Libio, con que el mariscal Haftar controla el este del país magrebí, tras derrotar al llamado Consejo de la Shura, que aglutinaba una coalición en la que ISIS convivía con Ansar Alsharia, un grupo afiliado a Al Qaeda.

Sin pozos

Sin el control de yacimientos sirios, iraquíes y libios, el Estado Islámico irá perdiendo influencia en milicias diseminadas desde Mali hasta las islas del sur de Filipinas. La pregunta es si se debilitará también la vasta red de células dormidas que llegó a controlar en Europa, y que Al Qaeda quiere recuperar.

La organización donde se engendró ISIS, había quedado totalmente opacada y relegada. Mantiene una milicia poderosa en la guerra de Yemen, pero perdió el control de otras milicias, como el Frente al Nusra, en Siria. No obstante, en ese segundo plano, Al Qaeda planificó su reconquista de la vanguardia del terrorismo global.
Su líder, el egipcio Abi Mohamed Aymán al-Zawahiri, ha logrado mantener en estado latente la organización que perdió a su fundador en Abbottabat.

En lo que se concentró ese médico egipcio que dejó una clínica en El Cairo para sumarse a la jihad, es en lograr la capacidad de provocar un atentado que supere el nivel de devastación provocado el 11-S. Y en lo que coinciden varios servicios europeos de inteligencia, es que lo intentaría con una bomba química o nuclear.

Mensajes

A Qaeda emitió sus primeras señales. El primero mensaje lo dio a través de Hamza Bin Laden, el hijo del líder abatido por los comandos de elite norteamericanos en Pakistán. Al segundo salió del propio Al Zawahiri, exhortando a los jihadistas del mundo a dejar de ser leales al ISIS. El jefe de Al Qaeda habló de “los crímenes atroces” cometidos por ISIS; absurda contradicción si se tiene en cuenta que está intentando hacer estallar una “bomba sucia” en alguna ciudad europea. Si lo consiguiera, por tratarse de un explosivo por fisión de bajo rendimiento que dispersaría elementos radiactivos en la atmósfera, la “vuelta al podio” de Al Qaeda implicaría una devastación que podría alcanzar el nivel de genocidio, superando incluso las tres mil muertes que dejaron los atentados de setiembre del 2001 en los Estados Unidos.

Los aparatos de inteligencia norteamericanos (la CIA y el FBI), dicen tener testimonios de que Al Qaeda ya posee una “bomba sucia”. Quizá son exageraciones de sus fuentes de información. No obstante, está claro que Al Zawahiri planea anunciar el relanzamiento de Al Qaeda con un atentado exterminador en alguna ciudad de Occidente.

Si lo logra, tal vez pueda recuperar la influencia que logró ISIS en cuanto desquiciado, fanático o sociópata decide inmolarse en una deflagración, dedicándole la masacre al califato que presidió Abu Bakr al Bagdadí.

De ese proto-Estado que en un momento amenazó con llegar a tener una extensión similar o mayor a la del Imperio Otomano, ya solo quedan retazos y focos de resistencia. Paro la territorial es una de las dimensiones en la que existe ISIS. La otra es la espectral dimensión de las células dormidas y los “lobos solitarios”. Y allí es donde Al Qaeda se dispone a recuperar el terreno perdido.

*Publicado originalmente en Revista Noticias.