Emprendo una tarea difícil, una serie de artículos dedicados a concientizar sobre las tensiones éticas que las sociedades complejas y plurales comportan. Pero quiero comenzar con algo que siguiendo a la filósofa feminista Donna Haraway llamaríamos “conocimiento situado”. Esto es, hablamos siempre desde una experiencia, aunque nos propongamos distanciarnos de lo contingente de nuestra experiencia y anclar en conceptos que se puedan universalizar. Las palabras, esas perras negras de las que hablaba Cortazar, son a la vez cóncavas y convexas: hacia el interior del sujeto conforman plexos de color y forma diferentes que hacia el exterior. El arte de convocar lo convexo y convexizar lo cóncavo es complejo y sutil, y no solo en manos de los constructores de barcos para singlar, en este caso, los piélagos de emociones, nociones, percepciones, nociocepciones, etc., sutiles y variados.

Cuando en las sociedades hablamos de la diversidad pocas veces nos damos cuenta de que la principal forma de abordarla es la comprensión. No una empatía entendida como “ponerse en el lugar del otro”, pues para ponerse en el lugar del otro el otro tiene que correrse de su lugar.

De tal modo, ponerse en el lugar del otro es una ficción a la que ese otro nos tiene que convidar, invitar, situar. Y tal ficción remite a toda una compleja hermenéutica de la comprensión. Hannah Arendt, pensadora judía que sufrió en carne propia la terrible circunstancia de identificarse con los suyos en base al totalitarismo de los nazis, situaba la comprensión como fundamento de la política. Ya hablaremos de esto. Por el momento, en este caso, quiero llamar la atención sobre algo simple: toda comprensión presupone la disposición a comprender. Todo acto, por más racional que sea, se sienta sobre un suelo emocional: la deliberación racional, por ejemplo, sobre la sensibilidad a razones (Broncano).

La sensibilidad, por más que tiene bases fisiológicas, neurológicas, psico-sociales y culturales que universalizan ciertos rasgos (así como particularizan otros), emerge sobre un nutricio suelo de raíces existenciales de la persona de muy compleja dimensión. Rof Carballo, quien fue médico de atención primaria en una aldea gallega perdida de la mano de Dios y luego como psiquiatra psicoanalista escribió múltiples obras llegando a la Academia de la Lengua, hablaba de la urdimbre constitutiva del sujeto, de la persona. Una urdimbre que arranca ya desde antes del nacimiento del mismo, y que incluye un suelo de reacciones, expectativas, fantasías, etc., que más que propias de un ser aislado ponen de manifiesto, precisamente, la urdimbre relacional que hace nacer a la persona. En el camino de esas urdimbres unos seres se hacen de un modo y otros seres de otro. La pluralidad, pues, habita en el ser mismo de la persona.

Fíjense que mencioné autores y situé ciertos rasgos suyos biográficos. De esto quería hablar en este primer artículo, de conceptos que enlazo con experiencias.

¿Qué es la discriminación? Sus modos, formas, actos y actitudes son polimorfos, a veces silenciosos y silenciados casi siempre por diversas rutinas, hábitos o disposiciones afines al poder. Si algo está claro es que el principal conocedor de la discriminación es quien la recibe.

Por esto hoy les comparto esta experiencia, con la intención de dar a entender lo sutil de la discriminación y las modulaciones que el contexto puede ejercer sobre los trayectos existenciales. Y ojo, advierto, las discriminaciones que aquí cuento son pura anécdota al lado de las que sufren tantos miles y millones de seres humanos sobre el planeta, en estos mismos momentos.

Nací en las montañas de Asturias, de familia más bien humilde. El recorrido al colegio era complicado, por bosques poblados de riesgos varios, entre ellos lobos. Lo transitaba sólo todos los días. La escuela era, quizá en aquel momento, el espacio de libertad que nos abría al amplio y objetivo mundo, desde los mapas hasta los poemas que memorizábamos, pasando por esos intrincados símbolos matemáticos que se empecinaban en hacernos interiorizar. La maestra me tuvo una especial animadversión, sin justificación alguna a mi juicio ni el de nadie, que sólo de adulto comprendí. Luego pasé a otro colegio. Por mis raíces culturales me terminé juntando con los vaqueiros de alzada, esos seres brutos a los que un alcalde (intendente) del lugar tuvo a bien separar en los actos públicos de los demás aldeanos, bajo el concepto: las personas a este lado, los vaqueiros al otro. Niño aún, ya en la pubertad, transité ese aprendizaje del binarismo de género, esa incorporación de las estructuras del patriarcado (que Gilligan sitúa en esos años) bajo la sutil discriminación de quienes me señalaban por bruto en base a mi filiación cultural. Una discriminación que sólo luego, cuando estudié sociología, pude comprender en su profundidad. El dominado asume las categorías que le impone quien domina. Y lo mismo sirve para la dominación masculina (Bourdieu) y del masculimismo socialmente imperante. No hace falta ahondar mucho.

Tuve la suerte, porque no todo se explica por la estructura social o al menos hay sutiles movimientos y desplazamientos en el espacio social que permiten comprender la posibilidad de cambios de trayectorias, de que en mi camino se metieron ciertos profesores, entre otros uno de filosofía, Tomás García, que me enseñaron ante todo lo profundo que es el sentimiento de la libertad y la dignidad humana cuando nace de dos fuentes: una suerte de pulsión por el saber y la exigencia de coherencia existencial. El vivo ejemplo de estos profesores cambió mi sino quizá. Decidí pues estudiar, y terminé siendo profesor. Primero en secundarios. Secundarios de zonas complicadas en la comunidad de Madrid. En los mismos crecían problemáticas muy variadas. La exclusión, la experiencia socialmente acumulada de la denigración personal, la construcción de estereotipos discriminativos, el saber existencial del propio sujeto relativo a las posibilidades objetivas que el mundo le ofrece, etc., cobran carne en los cuerpos y almas de esos alumnos que tienen trayectorias vitales, culturales, y por supuesto morales, muy heterogéneas. Se me abría allí un mundo de, dicho en términos emic -en las palabras de los propios sujetos que las empleaban: gitanos, moros, judíos, rumanos, sudacas, chinos, etc.

Tanto cuando fui docente como cuando fui encargado de gestionar docentes me vi ante múltiples problemáticas culturales: el uso del pañuelo en niñas musulmanas, prohibido en las aulas, cómo actuar en épocas de ramadán con los alumnos, generar espacios comunicacionales para seres de lenguas, religiones, morales, etc., diversas y en ocasiones contrapuestos. Cierta alumna marroquí le dijo a una profesora de lengua: para ustedes la libertad es destaparse, para mí la libertad suya es exhibirse a los ojos de los hombres, lo que va contra nuestra noción de decoro. Ella sostenía ponerse el pañuelo contra la voluntad de su padre, que quería se integrara con los demás chicos y chicas españoles. En otra ocasión un profesor, muy ateo y laico, ofendió a una alumna ecuatoriana de una iglesia cristiana. Como coordinador tuve que intervenir. Y como creo que no hay modo de convencer más genuino que el de hacerlo desde la construcción de un sentido común -sentido que Kant situaba como suelo nutricio de toda razón práctica, de toda racionalidad que se las ve con los conflictos morales- le apelé a algo simple: no sólo ha de buscar la imparcialidad en la transmisión del saber el docente, también ha de procurar que anide en el alumno el amor por el mundo y por la vida (como gustaba decir Arendt).

No hay amor que anide sobre la base del desprecio.

Pensarán que fui de mambo con este escrito. Pero la cosa es simple: la palabra “discriminación” tiene sin duda afecciones objetivas que la legislación explora, pero es importante asomarse también al lado cóncavo de la misma. Ese lado al que no se accede con simples palabras y sí se precisa de muchos silencios. Porque el silencio permite la escucha, y para una democracia sólida precisamos más escucha (Dobson) y menos ruidos comunicacionales que distorisionan el ethos con el que construimos el espacio público (Arias Maldonado).
El espacio público, ese que todos habitamos y en el que todos aparecemos, nos mostramos, es un espacio psíquico (Roiz). Un espacio a la vez interno y público. Por eso el feminismo sabe muy bien que privatizar las relaciones de género, convertir lo público del género en algo privado es no sólo falso, sino perverso. El espacio público que hoy habitamos es múltiple, diverso, heterogéneo, etc. en sus dimensiones de género, generacionales, étnicas, religiosas, ideológicas, etc. Sin duda, como comentaremos en posteriores artículos, esta diversidad genera tensiones. La inteligencia e imaginación ética que desarrollemos permitirá hacer de las mismas motor de crecimiento. Estamos, como institución universitaria, comprometidos con esto. Y esta es, les confieso una vez más desde mi experiencia, una de las razones por las que me habito en este espacio universitario. Lean bien: me habito, no sólo habito.

Un gran filósofo estadounidense, William Connnolly, puso sobre la mesa lo esencial. La diversidad es riqueza, pero las identidades rígidas, las identificaciones -de ese Otro, u otros que marcan desde la convexidad del lenguaje con profunda ignorancia de su concavidad- que sitúan a los cuerpos y las almas de ese ser humano de carne y hueso en un espacio de significaciones que no debiera asumir, son un riesgo. El riesgo de convertir la diversidad en una sala de espejos giratorios que marean y distorsionan lo esencial. Basta mirarse a sí mismo, recorrer la propia experiencia y no cegarse por la convexidad del lenguaje, para comprender lo fundamental: todos somos plurales. Visto desde el espacio público, la democracia supone un ethos (carácter) de pluralización (Connolly). Ethos que es imposible edificar sin un trabajo sobre los registros afectivos propios, de modo privado y de modo público e interactivo. Generar este ethos supone (Connolly): sensibilidad crítica -frente a injusticias, discriminaciones, incapacidad de escucha, falta de atención, etc.; respeto agonístico por las opiniones e identificaciones morales, o ideológicas, diferentes e incluso rivales; tolerancia activa -esforzarse por comprender y sentir con el otro, pero sobre todo desde la escucha de sus afectos y razones morales; reflexividad para reconocer las fracturas del mundo moral y la experiencia propia en ellas implicadas; trabajo de interculturalidad y transculturalidad para comprender los núcleos de experiencia afines; y sobre todo, compromiso generoso.

Sabrán que para los teólogos cristianos son tres las grandes virtudes: Fe, Esperanza y Caridad. Por motivos existenciales varios abandoné el cristianismo, pero en el camino me topé con un judío, expulsado de su comunidad y hostigado por protestantes y católicos, el filósofo Baruch Spinoza, que sostuvo siempre un firme compromiso con la diversidad y la libertad de pensamiento. Para él las virtudes son tres también: Fortaleza -para conquistar principios sanos de vida; Firmeza -para sostenerlos; y Generosidad -para compartirlos. La generosidad, por sí sola, abre el mundo a interacciones inauditas. Sitúa al ser en eso que las éticas orientales llamarían el dharma. En el budismo mediante la generosidad se comprende el universo. El judío Spinoza puso en la generosidad la raíz misma del conocimiento más perfecto, aquel que nos sitúa ante el misterioso orden del universo. Generosidad comprometida significa pues, generosidad en recibir al otro que se escapa siempre de toda categorización. Al otro como persona (persona, sostenía Kant, es lo que no nos podemos representar).

¿Es armoniosa esta construcción? No siempre, como trataremos de ver en otros artículos. Pero una cosa es la diafonía de opiniones y otra su cacofonía. De la diversidad, insisto, brotan tensiones (por ejemplo entre derechos humanos y derechos de los pueblos: ¿es legítima una práctica cultural que atenta contra la dignificad física o psicológica de uno de ellos miembros de la misma? ¿Son respetables todas las ideas?) Trabajar reflexivamente en el abordaje de las mismas, tematizando los valores, principios, actitudes, etc., que en ellas emergen, es necesario. Pero el suelo sobre el que tal tematización ha de brotar es la lógica del cuidado: atención, responsabilidad, prestación y recepción. Cuidar para cultivar lo que es bueno, eso que los griegos llamaban Themis (norma, costumbre, regla, ley, uso, etc.) y que por dinámicas sociales, culturales y económicas complejas se tiende a olvidar. Ciertamente hablar de verdad moral (lo que es bueno) es complicado. Pero el poeta Antonio Machado nos da una clave importante: “no tu verdad, ni mi verdad, sino la verdad. Y si quieres, ven conmigo a buscarla”.

* Por Dr. Jaime Rodríguez Alba, Doctor en Filosofía y docente de Siglo 21.