Por Mgter. Andrés Pallaro. Director del Observatorio del Futuro.

El año 2018 será recordado por el record de conversación, análisis y debate sobre el futuro del empleo en el marco de las transformaciones que viven nuestras sociedades, especialmente por aceleración tecnológica vía inteligencia artificial y robots. El G20 realizado en Argentina es sintomático de ello, al adoptar el futuro del empleo como temática central de reflexión y generación de propuestas.

El trabajo de los seres humanos ya no será lo que viene siendo por la sencilla razón de que máquinas y software harán por nosotros muchas más tareas en todos los tipos de actividades. El fenómeno es global y genera muchas incógnitas, tanto en las miradas positivas o negativas sobre la danza entre humanos y tecnologías. En países desarrollados, con pleno empleo, la problemática se manifiesta en la calidad de los nuevos empleos y las distancias crecientes entre los empleos mejores pagos y los de la base. En países subdesarrollados o en desarrollo, la problemática se concentra en las dificultades para transformar los empleos propios de la era industrial en nuevos empleos con base tecnológica y generar nuevas oportunidades para enormes segmentos excluidos del mercado laboral formal.

Hay un común denominador en todos los abordajes sobre el tema: apostar por la educación, capaz de desarrollar en las personas habilidades para nuevos empleos y proyectos independientes. Se multiplican las propuestas bajo esta consigna, tanto a nivel gobiernos, organismos internacionales,  organizaciones privadas y sin fines de lucro. El aprendizaje como actividad permanente a lo largo de la vida y aprender a aprender como meta-competencia a desarrollar por cada persona sin distinción de niveles sociales, orientaciones o rubros, constituyen consignas inapelables. Todo ello acompañado por medidas que ganan terreno más allá de la orientación ideológica de cada Gobierno: impulso a la suba de salarios mínimos, mayor flexibilización de regímenes laborales, mayores incentivos a las empresas para formar a sus trabajadores, etc.

Pero hay una gran evidencia: no podemos esperar porque la curva de aceleración tecnológica es mucho más pronunciada que la curva de preparación de la gente para aprovecharla y de desarrollo de nuevos modelos y sistemas para la era digital. En otros términos, el mundo está tomando conciencia que no alcanza con lo que se está haciendo para que la dinámica de reconversión laboral y social equiparen a la disrupción tecnológica y globalización acelerada. Por ello, proponemos la idea de hackear los mercados de trabajo. El reformismo progresivo en este terreno ya no garantiza eficacia y se requiere una acción colectiva en múltiples frentes que permita resultados de gran escala a corto plazo. Hacker, en definitiva, significa lograr grandes atajos para hacer las cosas que sabemos (con distintos niveles de evidencia) que hay que hacer antes de que los cambios produzcan grietas sociales de difícil reversión. Para hackear mercados de trabajo, al menos hay que:

  • Modernizar el abordaje de la gestión pública sobre el trabajo. Ministerios nacionales y provinciales siguen haciendo más de lo mismo. Urge al menos construir una plataforma digital única en cada país que sea capaz de registrar las habilidades que cada ciudadano va logrando, que pueda visibilizar y catalizar oportunidades de trabajo en rubros y actividades dinámicas y que pueda conectar a la gente de forma más ágil y eficiente con mecanismos de formación específicos para adquirir las competencias que requieren esas oportunidades. Acompañar a las personas en el permanente camino de adaptación y actualización laboral debiera ser un mantra de todo Gobierno inteligente y los ministerios de Trabajo las unidades de aplicación de semejante misión. Si adherimos a la idea liberal de que el Gobierno no puede hacerlo bien, solo nos queda regular y esperar a que el mercado lo haga.
  • Fomentar y multiplicar iniciativas que de forma creativa apuntan a llevar colectivos sociales más rezagados hacia las competencias requeridas hoy y, sobre todo, a futuro (digitales, empresariales, interpersonales, científicas). Existen en Argentina (y en otros países) múltiples proyectos (públicos, privados y sociales) que requieren ser acelerados, conectados y optimizados. Solo para nombrar algunos: Potrero Digital en La Matanza, Arbusta formando y contratando a jóvenes vulnerables para tareas tecnológicas de baja complejidad, escuelas Proa en la Pcia de Córdoba, Programa Caminos Al Progreso de Fundación Citi, Teclab como primer Instituto terciario online con carreras para los nuevos empleos, etc. Toda esta energía necesita elevarse a la máxima potencia para llegar en pocos años a amplios segmentos que no pueden auto gestionarse la transformación.
  • Blindar nuevas experiencias de desarrollo laboral que requieren de ensayos, promociones y regímenes especiales para nacer y reproducirse. Necesitamos un paraguas que permita apartar las instituciones más tradicionales del derecho laboral y desarrollar evidencias sobre la dinámica y potencial de actividades y sectores que pueden generar más y mejores oportunidades laborales para la gente. No se puede experimentar e impulsar nuevas actividades bajo las pautas y regulaciones de aquello que ya está maduro y que en muchos casos, se está muriendo. Acuerdos políticos en serio se requieren aquí para emular por ejemplo lo realizado hace algunos años con la Ley de promoción del Software (hoy actualizada con el nuevo proyecto de Ley de Economía del Conocimiento), que hizo más factible la expansión de una industria de alto valor agregado y generación de empleos de calidad directos e indirectos. Regímenes especiales como los estatutos de amas de casa y peones rurales, aunque muy perfectibles, reflejan esta necesidad. La economía de los cuidados, por ejemplo, responsable hoy de entre el 15 y el 25% del PBI y del 74% de la proyección de creación de nuevos empleos en muchos países desarrollados, es uno de los espacios que merecen esquemas especiales para acelerar su escalamiento. Actividades de atención de niños y ancianos, prevención de salud, servicios de vida sana, coaching y acompañamiento de personas, etc., están dentro de este sector que promete oportunidades masivas de trabajo bien remunerado y cuya curva podría acelerarse con un marco de regulación más simple y menos costoso.
  • Recrear la dinámica de las mesas de transformación sectorial de industrias y servicios. No se puede seguir con secuencias incrementales de lento impacto en este tema tan crucial. Mapear las transformaciones necesarias en cada sector, acelerar las conversaciones, construir acuerdos y acelerar implementaciones público-privadas debiera ser una prioridad absoluta. Todos los sectores de la economía esta sujetos al impacto de la inteligencia artificial pero se sabe poco aun sobre los trabajos que cambian, desaparecen y se crean nuevos en cada uno de ellos. Hay que acelerar este proceso, con la mejor inteligencia puesta sobre la mesa. De lo contrario, el imperio de los diagnósticos seguirá ejerciendo su dominio y los avances concretos quedaran limitados a casos específicos de bajo alcance.
  • Innovar en serio en la política impositiva para convertirla en palanca del desarrollo laboral del futuro. Claro está que el tema es complejo y sensible. Pero no hay más tiempo. La agenda impositiva no puede seguir siendo rehén de las disputas políticas y concentrada en la cobertura poco inteligente del gasto público desbocado. Hay muchas aristas para discutir aquí, además del fuerte capitulo internacional que supone (países de agresivas políticas impositivas para atraer locaciones de grandes compañías…), pero consideramos que un eje central debiera ser conectar mejor los beneficios impositivos a los avances en materia de transformación digital de las empresas (claves para su sustentabilidad), entrenamiento de trabajadores para nuevos requerimientos y creación de nuevos empleos. Más que nunca, los impuestos deben incentivar la generación de empleos pues ya no habrá Estado que pueda compensar la cuenta. De la mano de esto, el mundo va entendiendo que la incorporación de robots en procesos productivos no debe ser combativo pero tampoco impositivamente neutro, al menos con el afán de que las enormes ganancias de productividad que suponen ayuden a financiar la transición de millones de personas.

Estos y otros elementos serian la punta de lanza para hackear el mercado de trabajo y acelerar la construcción de soluciones que ya no pueden esperar al gradualismo ni al derrame. Y más aún, un equipo de Gobierno actual podría elevarse a la categoría de estadistas siempre y cuando lograran avanzar en el cambio de paradigma que requiere el fin del trabajo para toda la vida. Esto supone una gran audacia y claridad para abordar la seguridad social y diseñar nuevos modelos que permitan proteger más y mejor la persona del trabajador y no el trabajo específico que cada uno de ellos desempeña en distintos momentos de sus vidas. Asignaciones universales, seguros de desempleo, planes trabajar, subsidios y todos los mecanismos similares deben ser puestos en cuestión para diseñar modelos más efectivos que contengan al trabajador en medio de semejantes transformaciones.

Expertos en economía del desarrollo, como Robert Solow y Dani Rodrik, hace varios años advirtieron que el éxito o fracaso de la globalización dependerá de asegurar un reparto equitativo de los dividendos digitales. Llevamos varios años en transición y tímidos resultados se traducen en creciente marginación de personas de esas instancias de evolución del trabajo que las tecnologías y el desarrollo prometen. Hacker los mercados de trabajo y evitar que las grietas se hagan inmanejables es un imperativo moral y una prueba de fuero para la sostenibilidad de las democracias en el mundo.