A partir de su intolerancia a la lactosa, el filósofo español Antonio Guerrero, finalista del Concurso de Ensayos “Pensando el siglo XXI”, propone reconectar la filosofía con la realidad social.

Los contextos de crisis y cambio, como el que estamos atravesando, generan un clima de incertidumbre que a veces paraliza a las personas y otras les permite resignificarlo, buscar herramientas que brinden mayor seguridad e interpelar el mundo que queremos alcanzar. Iniciativas como el Concurso de Ensayos “Pensando el siglo XXI”, organizada por Universidad Siglo 21, buscan justamente anticiparse a dicha situación y estar preparados para ello.

Reflexionar sobre el futuro que nos espera implica también compartir los conocimientos, experiencias y saberes, traspasar los límites académicos e ir al lugar donde están ocurriendo los hechos. En definitiva, como se dice habitualmente, “transitar la calle”. En esta dirección, el español Antonio Guerrero, Máster en Filosofía Teórica y Práctica, plantea en su ensayo Filosofía sin Lactosa “una crítica al exceso de academicismo en el mundo de las humanidades y a la poca conexión que tiene este con la realidad social”.

Un cambio de paradigma

Como finalista del certamen, el filósofo residente en Almería estima que “es necesario un saneamiento en la disciplina filosófica para reconstruirla desde los parámetros de su origen: el ágora, la tradición oral y la experiencialidad, en lugar de la texualidad como único principio y fin de la filosofía”.

“Yo soy intolerante a la lactosa”, resalta Guerrero en relación a la metáfora que da nombre a su ensayo y agrega: “es una licencia que he empleado para referirme a lo que se añade innecesariamente a algo”.

“En la alimentación, la lactosa se incorpora a alimentos, que no la tienen de forma natural, como conservante. En la cultura ha pasado algo similar. La filosofía se llenó de lo innecesario para hacer uso inadecuado de la filosofía”, destaca el español.

El ensayo advierte que en la actualidad no hay filósofos que estén dispuestos a cambiar el mundo, sólo buscan adquirir notoriedad social a través del juego de la provocación en la cultura de masas. El gran problema de este presente de la disciplina son los sofistas o “charlatanes”, como el autor prefiere llamarlos, y contra quienes los filósofos tienen un enfrentamiento que se remonta a la Antigua Grecia.

Guerrero reniega de que la filosofía “se ha convertido en un género literario más basándose en la textualidad y alejándose de la experiencialidad”, provocando que los filósofos dejen de ser prácticos y se encierren en el campo académico. “No por eso la academia deja de ser necesaria sino que se ha hecho insuficiente, puesto que ha desconectado a los filósofos de la realidad”, aclara.

Transitar la calle

Lo que busca el ensayo es encauzar el ideal del sabio en el modelo ofrecido por el mito del Quijote: el del disidente con una utopía y el empeño para realizarlo, o el del disidente que cuestiona el poder.

Del mismo modo, sostiene que el filósofo debe ser un inconformista, un provocador, un generador de cambios, sino la filosofía se convierte en texto escrito y pseudofilosofía.

Guerrero considera que la forma de llevar esto a cabo se llama intervencionismo filosófico, una acción donde la tarea del filósofo se limita a “proporcionar herramientas intelectuales a los sujetos afectados y deben ser estos de forma autónoma quienes reconstruyan el horizonte de sentido”. De eso se trata el trabajo de campo, donde “el filósofo transfiere conocimientos y obtiene nuevos conocimientos que se los proporciona la creatividad de los intervenidos”, enfatiza.

En sintonía con lo escrito, el autor español fundó y dirige la asociación Filosofía en la calle, que busca bajar la disciplina a la realidad y cotidianidad de la vida social. “Por eso defiendo la idea de una filosofía práctica como vía para lograr su recuperación, eso sería una filosofía sin lactosa”, menciona.