Francisco Cesar,  Lic. en Gestión Ambiental, especialista en gestión de tecnologías innovadoras y tutor de la Licenciatura en Gestión Ambiental de la Universidad Siglo 21.

“En nuestras cosmovisiones, somos seres surgidos de la tierra, el río y el maíz; de los ríos somos custodios ancestrales del pueblo Lenca, resguardados además por los espíritus de las niñas, que nos enseñan que dar la vida de múltiples formas por la defensa de los ríos es dar la vida para el bien de la humanidad y de este planeta.” 

Berta Cáceres en su discurso al recibir el Premio Goldman.

 

Aunque es indudable el crecimiento del acceso de las minorías a los debates centrales, también es indiscutible que este siglo crea de manera ininterrumpida mecanismos de exclusión cada vez más sofisticados. En la película “Matrix I”, de las hermanas Wachowsky, en unos de sus diálogos Morpheo le dice al elegido que se encuentra en una prisión que no puede saborear, oler o tocar; es decir, es invisible a la vista, pero peor aún, es invisible al resto de los sentidos. La palabra más precisa para ese tipo de jaula, prisión o sistema puede ser indetectable. Un mecanismo de exclusión sofisticado hace referencia justamente a que sea indetectable.

Se pueden poner ejemplos tales como la caverna de Platón o el domo en donde vivía Truman en la película “The Truman Show”. Sin embargo, y como repite Darío Sztajnszrajber en sus presentaciones, esto se podría convertir en una cinta de Moebius donde luego de salir de nuestra primera caverna, entramos a otra más grande, y siguiendo con el ejemplo de Truman, luego de salir de su primer domo, se encuentra dentro de otro domo aún más grande y así al infinito.

Esta singularidad, llevada al medio ambiente, implica un dispositivo de exclusión de dificultosa detección: gozar de un medio ambiente sano es cada vez más un privilegio para unos pocos. Esto parte de una premisa, la cual busca comunicar que el medio ambiente se deteriora de manera ecuánime, es decir que somos igual de responsables por ese deterioro y que padecemos las consecuencias de la contaminación de forma equitativa.

Las interpretaciones muestran con cierta contundencia que sucede todo lo contrario. En primera instancia, no somos responsables en igual medida de la degradación del planeta:

El 20% de los países comete el 80% de los crímenes ambientales, y los 24 países desarrollados que forman la Organización para la Cooperación en el Desarrollo Económico del Tercer Mundo producen el 98% de los desechos tóxicos de todo el planeta.

En segundo lugar, el ambiente no se degrada de manera simétrica, existen regiones que presentan grado de contaminación y de degradación de los recursos en niveles en donde es insostenible la vida humana, si acordamos con la definición de calidad de vida de la OMS. Son las regiones que han tenido un descuido o un grado de explotación que han quedado con la incapacidad de albergar vida de calidad. Pensemos en todos aquellos territorios cercanos o influenciados por basurales a cielo abierto, tierras excesivamente fumigadas, depósitos de residuos peligrosos de grandes explotaciones mineras, desembocaduras de sistemas cloacales sin tratamiento de medianas y grandes localidades, residuos radiactivos mal gestionados, pruebas nucleares, residuos producto de guerra química, entre tantos otros.

Esta falsa premisa de un medio ambiente prolijamente contaminado en todos los territorios de forma similar, invisibiliza el conflicto ambiental, que viene a denunciar que justamente la situación no es así. Algunos viven en lugares donde no se cumple el derecho a vivir en un medio ambiente sano que propone Naciones Unidas y nuestra constitución, mientras que otros sí. Allí está el conflicto. Quién o qué mano invisible designa a quiénes les toca vivir en uno o en otro lado.

La segunda década del siglo XXI, ha sido marcada como la década más sangrienta para los ambientalistas. Se calcula que solo en 2017 han sido asesinados 207 ambientalistas (Global Witness, 2018) de manera directa y un número mayor en manera indirecta. Personas que buscan sacar a luz este principio de inequidad terminan pagando con difamación, robos, quita de tierras y hasta con su vida en este tipo de denuncia. Esta forma de exclusión, “la tendencia a que los problemas medio ambientales sean más importantes en las zonas próximas a las personas más desfavorecidas y, especialmente las minorías” (Macionis J. & Plummer K., 2007, p. 608), es el racismo ambiental.

Esta situación de exclusión e inequidad entre países centrales y periféricos, lejos está de liberarnos de responsabilidad frente a nuestras decisiones cotidianas que afectan al medio ambiente.

Así como sucede con los fractales, esto se replica dentro de un mismo país en donde hay regiones más protegidas que otras, y hasta también en una misma ciudad, donde hay barrios que se cuidan ambientalmente mejores que otros.

Un caso que refleja de manera contundente este escenario es el de las OMAS, un grupo de mujeres que denuncian el abandono ambiental de un barrio que se ubica en las cercanías de la planta de tratamiento de líquidos cloacales de la Ciudad de Córdoba y vivencian en cuerpo propio las consecuencias en el deterioro de su salud.

Si buscás, como quien escribe, colaborar con una sociedad que conviva con un medio ambiente saludable, en primera medida es necesario comprender la existencia del racismo ambiental, es decir que los más desfavorecidos padecen en mayor medida las problemáticas ambientales no sólo con el deterioro de salud sino incluso, como hemos visto hasta con violencia en su máxima expresión.

Entender que no todos dañamos al ambiente en igual forma, pero todos tenemos un grado de responsabilidad.

 

Por último, saber que la problemática ambiental siempre viene asociada y entrelazada con intereses económicos, sociales y de conflicto de poder, por eso no existen soluciones mágicas, sino que, por el contrario, las propuestas deben estar enmarcadas en el territorio, en el sentido, en las prácticas, en la historia, en las personas y sobre todo en el afecto y la empatía.