Por Mgter. María Belén Mendé, Rectora de la Universidad Siglo 21. 
Transitamos tiempos de transformaciones y oportunidades profundas, radicales y evolutivas a la condición humana. Las nuevas tecnologías y la comunicación nos atraviesan y modifican nuestras relaciones sociales, económicas, políticas y culturales. En gran parte, este fenómeno de época expresa la necesidad de acelerar el proceso de concientización social del rol del género, de la necesidad de inclusión y de naturalizar lo femenino en la sociedad, en paridad.

La forma como nos informamos adopta no solo nuevos canales, sino también contenidos y lenguajes diferentes, con mayor apertura a la visibilidad y el empoderamiento de las mujeres; revela los retrasos respecto de sus derechos y transparenta la indiscutible igualdad de potencialidades más allá de los géneros que une a la condición humana.

Nuestro reto como educadores está en concientizar y reaccionar ante estos desafíos, y acelerar el proceso para permitir que aquellas deudas, en el reconocimiento de la igualdad entre géneros, se trabaje con inmediatez, se aborde desde la complementariedad y se construya con plena responsabilidad hasta que queden saldados. Esto debe darse en todos los aspectos de la formación, experiencia universitaria y vida profesional.

Las universidades y las organizaciones son responsables de formar y desarrollar profesionales para atender las demandas del mundo productivo y social, diverso y ágil. Y es un ejercicio reaccionario y sin sentido no incluir para cualquier campo tanto la participación activa de las mujeres como de los hombres.

La realidad ha cambiado y no podemos negarla, la complementariedad en materia de género es un imperativo y la necesidad de comprender nuevas construcciones en donde las carreras de las ciencias denominadas duras y blandas se eligen indistintamente a la condición de género, también.
Los espacios absolutamente masculinos o femeninos han dejado de existir: el mundo es amplio y diverso, y para cualquier ámbito hay lugar para los protagonismos de personas formadas y preparadas, sin importar su género.

Las empresas seguramente ya observan la transición de los perfiles en las profesiones más especializadas. El valor agregado de esta heterogeneización, genera y potencia la innovación, la flexibilidad, la capacidad de adaptación y de observación únicas que surgen de la diversidad de miradas.

Durante mi carrera académica y profesional atravesé diferentes procesos y limitaciones que significaron un gran desafío, pero que agradezco porque forjaron quién soy. Me formé como Licenciada en Ciencia Política y tuve tres profesiones antes de entrar en el mundo académico. En gran parte de estos ámbitos, los hombres eran mayoría. Ser parte de la minoría no siempre significó discriminación, pero sí que las probabilidades de enfrentarse con limitaciones injustificadas se incrementaban. Hoy, las mujeres están creciendo en un ámbito más preparado para ellas. Pero no debemos olvidarnos: estos retos están primero en los hogares, después en la socialización y luego ingresa en el ámbito laboral. Las limitaciones e inequidad de género tienen una fuerte raíz cultural, la neurociencia ha descartado diferencias en la composición del cerebro humano de manera general, sin embargo, somos biológicamente diferentes.

“Es necesario que las instituciones dejemos de replicar estereotipos”. Mgter. María Belén Mendé, Rectora de la Universidad Siglo 21.

Nuestros estudiantes han cambiado, la generación Z nos trae evolución y claridad frente a estos temas. No son el tipo de personas que el sistema educativo pretendía formar cuando fue diseñado. Ellos han desarrollado la necesidad de recibir un aprendizaje personalizado, y así lo demandan. Su inquietud les permite un grado de motivación que debemos apoyar, fomentar y cuidar. Y su mayor enseñanza, la que ellos traen al sistema, es que vienen con la mente abierta y libres de prejuicios sin sentido, abiertos a compartir y convivir con otros, naturalizando la diversidad y beneficiándose de ella. Las instituciones educativas debemos estar a la altura de esto que es, antes que nada, un cambio cultural y un capital individual de los sujetos de esta época.

Estamos ante un nuevo mundo. La innovación educativa requiere la adopción de nuevos modelos más ágiles y flexibles. Pero no solo nos obliga a ello: es necesario que las instituciones dejemos de replicar estereotipos y nos abramos a construir experiencias y procesos abiertos, que incluyan, reconozcan la igualdad y estén a la altura de lo que cada alumno, habitante y comunidad ha reconocido como una verdad que ya no acepta discusiones: la igualdad de derechos más allá de los géneros.

*Publicado en El Cronista