Por el Lic. Ariel Fuentes, Profesor Experto de la Tecnicatura en Investigación de la Escena del Crimen.

Desde el período cuaternario, principalmente cuando el hombre deja de ser nómade y comienza a agruparse para formar pequeñas comunidades asentadas, surge la inevitable necesidad de vivir en pequeñas cuevas o chozas. Con la nueva forma de vida, germinan las actividades de dibujo en cavernas, construcción de elementos rudimentarios para la caza y la pesca, además de las diferentes actividades como los rituales de los muertos. Toda esta situación, deja marcada de alguna manera y sin quererlo una pequeña autoría o rudimentaria identificación.

Como sabemos, las manos impresas en las “Grutas de Gargas” son hoy un claro ejemplo que el ser humano quería mostrarse individualmente en un dibujo colectivo. Sin saberlo, en esa época ya se estaba manifestando su identificación individual. Otra evidencia científica nos ilustra que los chinos en el siglo VII, utilizaban las impresiones dactilares sobre los documentos y escritos como una forma de certificación. Poco a poco la humanidad comienza a utilizar este nuevo sistema de identidad.

El tiempo y la curiosidad humana llevan a diferentes científicos a estudiar esto como un verdadero sistema de identificación empírico. Actores como Malpighi, Purkinje, Herschel, Galton y nuestro querido Juan Vucetich construyeron los cimientos de la “dactiloscopía” (del griego δάκτυλος -dáktulos, dedo, que pasó al latín como dactylos- y σκοπειν -skopein, observar, que pasó al latín como scopia), sistema primordial, seguro, confiable y rápido de identificación mundial.

“Hoy nuestra vida está codificada a través de ceros y unos”

Hasta hace poco, uno de los principales indicios que se buscaban en la escena de un crimen estaba relacionado con las huellas dactilares, también llamadas comúnmente “digitales”. Como todos sabemos, y la historia es testigo, el hombre siempre evoluciona: el descubrimiento de la cadena completa del ácido desoxirribonucleico (ADN), el estudio del iris y de la voz, entre otros, han permitido otra forma de identificación igual de segura y precisa que la dactilar.

En esa vorágine de cambios científicos y tecnológicos surge lo que lo llamo en mis seminarios la “nueva huella digital”. Esta nueva huella no refiere a una identidad tan precisa y categórica como las mencionadas anteriormente, sino que nos permite establecer pautas de conducta, información, relaciones, actividades, lugares, situaciones o cualquier otra cosa que permita esclarecer un hecho criminal. Si bien no brinda certeza absoluta y por ende “identificación”, considero que logra en muchos casos la “individualización” de la persona.

Ahora bien, ¿a qué nos estamos refiriendo cuando hablamos de la “nueva huella digital”?

La respuesta es a la interacción que todos hacemos con el mundo digital, dentro del cual incluimos celulares, redes sociales y por supuesto el internet. Como dato no menor, el informe anual de Mobile Economy de la GSMA informa que, en el año 2017, el número de usuarios únicos de telefonía móvil cerró con 5.000 millones de usuarios y que el número de tarjetas SIM usadas fue de 7.800 millones de usuarios (¡más que la población mundial!).

¿Por qué puede esto considerarse una nueva forma de individualización? 

Nuestra vida actual está digitalizada. Una buena noticia, una mala noticia, un evento, una actividad, un estado de ánimo, un sentimiento, una conducta o lo que se nos pueda ocurrir, hoy deja su “huella” en este mundo digital a través de un posteo en Facebook, Instagram, Twitter, WhatsApp, Telegram o cualquier otra forma de comunicación hacia los otros usuarios digitales del mundo. Como consecuencia de todas las interacciones digitales que hacemos, podemos afirmar que hoy nuestra vida está codificada a través de ceros y unos. Podríamos decir que las hermanas Wachowski en esa famosa trilogía de películas de ciencia ficción llamadas “Matrix” fueron unas visionarias de lo que hoy estamos viviendo.

Retomando la idea anterior: hasta hace poco las huellas dactilares eran uno de los principales indicios en la escena de un hecho. Si bien la importancia sigue siendo primordial, estas nuevas tecnologías hoy también están presentes y, por lo tanto, deben ser absolutamente valoradas al momento de la investigación ya sea en la escena del hecho o en el mundo virtual.

El investigador criminal debe estar al tanto de los nuevos paradigmas delictivos y de esta situación moderna, actual, vigente y popular que nos puede llevar a caminos muy asertivos y permitir el esclarecimiento de muchos hechos violentos. Hoy existen nuevos tipos de delitos digitales que antes eran impensados. La suplantación o robo de identidad (phishing); el secuestro de datos (ransomware); la pedofilia o el cyberbullying; son delitos que han logrado traspasar fronteras físicas y que han obligado a los distintos organismos de Justicia y Seguridad a formar áreas de investigación específica para combatir este flagelo.

Existe una delgada línea entre lo privado y lo público. Nuestros datos y nuestra identidad se encuentran cada vez más inmersos en este mundo intangible. Ahora, me pregunto y les pregunto: ¿Qué nos deparará el futuro en cuanto a la digitalización de nuestra vida?