Dos sábados al mes, Ignacio Fontini se pone el traje de albañil para construir espacios comunitarios en algún barrio de Buenos Aires. Desde 2015 es parte de los trabajadores voluntarios de Ingeniería Sin Fronteras, una ONG que promueve el desarrollo sostenible en las comunidades en situación de vulnerabilidad del país.

“Nacho”, como le dicen, estudia la Licenciatura en Gestión de Recursos Humanos en la Universidad Siglo 21, y la carrera incluye una materia llamada Práctica Solidaria, en la cual los alumnos eligen una organización de la sociedad civil para realizar una experiencia de acercamiento a la realidad y las problemáticas de las personas. Él conoció Ingeniería Sin Fronteras a través de un amigo que conocía a su director, Adán Levy, y desde el comienzo se sintió a gusto. La primera jornada en la que participó, puso ladrillos para la construcción de un jardín de infantes en Quilmes. “En lo social también es muy lindo lo que hacemos, es gratificante, es la transformación de la realidad para quienes lo necesitan”, cuenta sobre los alcances de las tareas comunitarias.

La materia dura un cuatrimestre, pero Ignacio extendió su participación hasta tiempo indeterminado.

Además de estudiar, trabaja en AFIP y es Técnico Superior en Seguros, tiene 34 años. “Me parece excelente, es superador que una universidad proponga conocimientos con la experiencia viva de las organizaciones civiles. Si bien son proyectos de ingeniería y yo estoy estudiando otra carrera, me sirve para conocer este mundo y meter el pie en el barro. Ayudar en el desarrollo de las comunidades también es enriquecedor para la profesión. Un aplauso a la iniciativa”, comenta sobre esta posibilidad. En su caso, Ingeniería Sin Fronteras es un ONG sin fines de lucro, que articula con diferentes niveles del Estado y con otras organizaciones de la sociedad civil, Propone que los saberes de ingenieros se unan al de  profesionales de otras disciplinas y trabajadores de distintos oficios para edificar salones de usos múltiples, comedores, ampliaciones de escuelas, obras de agua y saneamiento, entre otros proyectos. Las iniciativas se llevan adelante en  Santiago del Estero, Chaco, Buenos Aires, Córdoba y Tierra del Fuego y en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, gracias al trabajo de los 260 voluntarios. Además, en el staff de la organización está la Comisión Directiva y los encargados de la campaña en la vía pública, que suman trece personas.

La coordinación que tiene “Nacho” como baterista, la aplica a la hora de usar el trompito, la máquina que hace el cemento. “Son tareas de construcción, poniendo ladrillos, haciendo mezcla, buscando agua, carga y descarga de material. Le fui agarrando la mano, vas adquiriendo cierto oficio, está bueno. Con las tareas de fuerza nos ayudamos entre todos, nos ponemos todos los elementos de precaución previamente. Hay que perderle el miedo, nos sabía nada y aprendí un montón de cosas”, describe un día de actividad, en los que nunca falta la música, los mates y una pausa para charlar y conocerse. Los sábados que no se suma a las actividades de la ONG, los dedica a estudiar o a ensayar con su banda Magos Cuánticos.

Estar para el otro, ser un factor de reacción y no de queja o inacción. Participar, transformar y ponerle mucha garra. En la vida uno puede quejarse en un bar o ir y hacer.  En algún punto es de soñador querer transformar la realidad, y así es que vamos y construimos”, dice sobre la riqueza de la experiencia. Asegura que de cada jornada de trabajo en el barrio, vuelve cansado pero feliz porque ese jardín de infante que ayudó a levantar “va a durar más que tu propia vida, te trasciende”.