*Por Lic. Ariadna Martinez Mourelle, Docente de la Lic Ambiente y Energías Renovables y Licenciatura en Gestión Ambiental.

Incendios en el Amazonas, en las sierras cordobesas, inundaciones, catástrofes, refugiados ambientales, pobreza… Cada día se ven más estas problemáticas y todas son parte de los cambios globales, pero con incidencia en lo local.

Todos hemos advertido las imágenes de los más de 30.000 focos de incendios forestales ocurridos en agosto y, según la BBC, triplican los datos de 2018. Pero, ¿qué hay de fondo? Más allá de las miles de hectáreas de bosque que se perdieron y que tardarán en recuperarse, el Amazonas constituye una suerte de pulmón de la tierra. Nos provee de una de las mayores riquezas en cuanto a biodiversidad. Centenas son las comunidades que viven de sus recursos, culturas diversas con formas distintas de conectar e interactuar con la naturaleza que se ven severamente perjudicadas. Sin embargo, no es necesario ir tan lejos. En las sierras de Córdoba, miles de hectáreas de bosque -principalmente nativo- arrasadas por el fuego, donde distintas especies se encuentran en peligro, y, por este motivo, se ven obligadas a desplazarse de sus espacios, muchas de las cuales no sobrevivirán.

Según la revista Muy Interesante, “Estamos ante los primeros pasos de la sexta oleada de extinción biológica en masa del planeta, en el que los insectos, arañas o gusanos, tan importantes en nuestra vida diaria (como en la polinización, el control de plagas de los cultivos o la descomposición y el ciclo de los nutrientes) han sufrido un descenso tal que su pérdida y deterioro no hacen sino atestiguar la preocupante situación en la que nos encontramos”. Un claro ejemplo es la evidente disminución en la población apícola.

Los incendios ocurren de manera natural como parte del equilibrio de ecosistemas, pero también se ven intensificados por las extensas sequías y aumentos de la temperatura.

El cambio climático es un potenciador de esta situación. Entre los principales modos de accionar humanos encontramos: las prácticas agropecuarias con ineficiente gestión de la extinción del fuego para el mantenimiento de los campos, la quema descontrolada e ilegal para la apertura de la frontera agropecuaria y también la falta de conciencia, como ciudadanos, de la utilización del fuego en zonas donde existe una gran propensión a los incendios y, consecuentemente, un leve descuido podría generar un incendio difícil de controlar.

De igual manera sucede con los desmontes. El chaco sudamericano le sigue al Amazonas y, en particular, el chaco salteño fue en los últimos años el más deforestado del mundo, que representa el 2,5% anual, porcentaje que se eleva en gran medida del promedio mundial, de 0,20%. La deforestación -en su mayoría de bosque nativo- como práctica para el cambio de uso del suelo, ya sea para fines agropecuarios o residencial, sin un ordenamiento territorial, genera tensiones entre los distintos actores en el espacio. Todo esto se adiciona a la ineficiente aplicación de las políticas públicas ambientales y la ausencia del presupuesto correspondiente para el control de los incendios, las prácticas ilegales y los desmontes.

Siendo los bosques excelentes reguladores del clima, amortiguadores de las inundaciones, contenedores de una extensa biodiversidad y aporte de servicios ecosistémicos importantes para la supervivencia de distintas especies, incluidas la nuestra, es prioritaria su conservación y uso sustentable, en particular, el aporte a la reducción de los gases de efecto invernadero, como el CO2. Vivimos en una sociedad dependiente de los combustibles fósiles, contaminación atmosférica, usos desmedidos e irracionales de la energía y consumos que superan el umbral aceptable para la posterior recomposición de estos recursos naturales. El último informe del IPCC de octubre de 2018 nos plantea que hay una necesidad concreta de no superar en 1,5°C la temperatura media del planeta para evitar la eventualidad de cambios devastadores y, en muchos casos, irreversibles en cuanto al clima, las especies, los ecosistemas y las comunidades.

¿Qué estrategias debemos tomar frente a las crecientes problemáticas que ya están ocasionando los desastres? Estamos frente a nuevos paradigmas para repensar nuestros modos de producción y consumo. Ya el cambio climático nos lleva a hablar de otros escenarios inminentes, lo que llamamos desastres naturales ya queda marcado significativamente por nuestros accionares que profundizan los fenómenos anteriormente mencionados. Por ello, hoy se habla de cambios globales y desastres climáticos haciendo un mayor énfasis en nuestra responsabilidad.

Ahora bien, ¿Cuáles son las medidas propuestas para mitigar estas consecuencias? Las de mayor alcance son los convenios internacionales. Entre ellos, se encuentra el Marco de Sendai para la reducción del riesgo de desastres 2015-2030, en donde se pone de manifiesto la necesidad de repensar los riesgos y la adaptación climática, por medio de la Gestión Integral del Riesgo de Desastres y en particular, el climático.

En octubre, transitamos el mes de la Reducción de riesgos de desastres, enmarcado en los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la ONU, que plantea entre sus metas, el modo de accionar frente al cambio climático (ODS 7) y la generación de ciudades y comunidades más resilientes (ODS 12). Estas estratégias de reducción llaman a aunar esfuerzos por generar planes, políticas y programas que pongan como protagonistas a las comunidades para generar medidas concretas frente a los escenarios cambiantes, no sólo de prevención, sino también de adaptación y resiliencia.

El incremento de los desastres en el mundo y en América Latina no ocurre de manera inocente ni circunstancial. El crecimiento de la población y las desigualdades sociales han incrementado la intensidad de algunas amenazas naturales, y la vulnerabilidad de las comunidades y el entorno. Cada vez es más evidente que el aumento gradual en la frecuencia e intensidad de los desastres, amenaza para los ecosistemas y los sistemas de soporte de la vida como el acceso al agua, alimentos e infraestructura. Pero los desastres no son inevitables. Por eso, la prevención de desastres se ha convertido en uno de los principales asuntos del desarrollo.

El desafío, entonces, es reconocer nuestros propios hábitos de consumo y producción, atender a cuáles son las vulnerabilidades que sufren nuestros territorios, para generar espacios dentro de nuestra vida cotidiana que incluyan emprendimientos sustentables, investigación e innovación en otras fuentes renovables o con menor impacto negativo, conciencia de aportar al buen vivir y prácticas más saludables para nosotros y nuestro entorno. Además, poder ser ciudadanos comprometidos, comprendiendo que podemos aportar como profesionales, pero que la mayor riqueza se encuentra en el trabajo colectivo.

El ambiente no es solamente lo que ocurre afuera de nuestra cotidianidad, sino que es el soporte que habitamos y queremos dejar a las futuras generaciones.

“Comprender cómo acciona una determinada población expuesta a una amenaza es clave para medir el riesgo y planificar políticas de gestión sostenibles en el tiempo. Las poblaciones sufren en mayor o menor medida los impactos de los desastres climáticos; pero para poder reducir el riesgo, es necesario comprender los comportamientos culturales, los escenarios territoriales donde están insertos, y los factores económicos que los hacen más o menos vulnerables”.