Por Biólogo Federico Kopta, Mentor de la Licenciatura en Gestión Ambiental

Los incendios en la Amazonia nos conmueven. Y no es para menos: desde niños se nos enseñó que es el pulmón del planeta, por su capacidad de fijar dióxido de carbono mediante la fotosíntesis. Pero con el tiempo fuimos valorando más cosas: que es un bioma con una biodiversidad formidable, que regula el clima a escala regional y que cumple un papel fundamental como reservorio de carbono, que de otra manera sería emitido a la atmósfera como CO2, incrementando el calentamiento global. Y también que es hogar de pueblos originarios cuya cultura y relación con la selva permite su autoperpetuación como bioma.

Como sucede en Córdoba, la Amazonia tiene también una estación seca con riesgo de incendios. Y como sucede aquí, también la mayoría de los incendios son intencionales. Y su propósito es eliminar la selva para dar otro uso al suelo: agricultura o siembra de pasturas para el ganado a gran escala.

Por eso, los incendios son el paso previo a la desaparición de amplios sectores de selva, despojando su biodiversidad en forma drástica y en la práctica, irreversible.

Pese a su exuberancia, las selvas tropicales tienen suelos particularmente pobres. Es que, por las abundantes lluvias, la alta temperatura y la abundante materia orgánica en descomposición, se producen sustancias ácidas que van lixiviando los minerales, que son arrastrados aguas abajo. De esta manera, el grueso de los nutrientes está en la propia vegetación. Por eso, cuando se desmonta, los suelos se agotan a los pocos años.

¿Qué ha pasado este año? El número de focos de incendio se ha incrementado significativamente, al igual que la superficie afectada. Esto no es casual. Hay una vista gorda oficial para seguir incrementando el área agropecuaria, para favorecer la producción de commodities exportables.

Un laissez faire, un dejar hacer oficial permitiendo que se desmonte, no solo tiene consecuencias de orden ecológico: las tiene también en forma directa en los pueblos originarios que viven en la selva, cuyo destino es desaparecer. Esa política roza los delitos de lesa humanidad. Es que en 2016 se actualizó el documento sobre priorización de casos de la Corte Penal Internacional, cuyo punto 41 dice: “El impacto de los delitos puede evaluarse a la luz de, entre otras cosas, la mayor vulnerabilidad de las víctimas, el terror infundido posteriormente o el daño social, económico y ambiental infligido a las comunidades afectadas. En este contexto, la Oficina prestará especial atención al enjuiciamiento de los delitos del Estatuto de Roma que se cometan por medio de, o que resulten, entre otras cosas, la destrucción del medio ambiente, la explotación ilegal de los recursos naturales o el despojo ilegal de tierras.”

Hoy contamos con conocimiento científico sólido sobre la inminencia de una sexta extinción masiva a escala global, según el informe de la Plataforma Intergubernamental Científico-normativa sobre Biodiversidad y Servicios de los Ecosistemas (IPBES) presentado este año.

La última extinción masiva fue cuando desaparecieron los dinosaurios, hace 65 millones de años, lo cual sucedió, según las evidencias, cuando colisionó un meteorito gigante contra el planeta. Ahora no es un meteorito, ni son erupciones volcánicas masivas: es la actividad del hombre.

Y más precisamente la de un sector minoritario de la sociedad que impuso un modelo económico y cultural dominante y hegemónico, que está llevando al abismo a la vida en el planeta. Está en nuestras manos torcer ese destino.