Por Claudio Fantini. Mentor de la Licenciatura en Ciencia Política de la Universidad Siglo 21.

Arabia Saudita apunta a Hezbolá en el Líbano, para desatar un conflicto directo con Irán. Alianza con Israel y Washington.

Mohamed bin Salman Bin al Saud es el nombre de una nueva “tormenta del desierto”. El príncipe que acapara el poder en Arabia Saudita, ya involucró de lleno a su país en la guerra de Yemen y ahora apunta hacia el Líbano, para destruir a Hezbolá. Por ese camino se desemboca, inexorablemente, en una guerra directa con la República Islámica de Irán.

Sobre el desierto de la Península Arábiga ya están en posición de batirse a duelo las principales ramas del Islam. El reino saudí es la cabeza del sunismo, y el Estado persa del chiismo. Lo que hasta aquí fue una Guerra Fría, en la que las dos potencias se combatían a través de otros países y milicias, ahora podría convertirse en una guerra directa y total.

El príncipe Mohamed parece convencido que sus tíos, los reyes Fahd y Abdulá, fueron pusilánimes ante el avance y posicionamiento iraní en los países árabes.Y actúa como si ya no hubiera margen para seguir postergando la confrontación directa. El misil lanzado contra Riad por los hutíes (chiitas pro-iraníes) desde Yemen, es uno de los argumentos del nuevo hombre fuerte saudita para justificar un frente que declare la guerra a Irán.

Mohamed lo considera una urgencia estratégica de tanta gravedad que hasta justifica una alianza con Israel. Lo que siempre fue considerado por el reino de la familia Saud como un “ente sionista” impostor en “la tierra del profeta”, ya coordina acciones del Mossad con la Istakhbarat (los aparatos de inteligencia israelí y saudita) contra los enemigos comunes.

Enemigos

Irán y Hezbolá están en la mira de la coalición que podrá incluir a Egipto y Jordania. El conflicto comenzará con la milicia del chiismo libanés. De hecho, el líder de Hizbolá Hassan Nasrallah ya dijo que Riad le “declaró la guerra al Líbano”. La renuncia de Saad Hariri al cargo de primer ministro libanés, es una muestra de que crece la posibilidad de un conflicto para barrer del Líbano a Hezbolá y a todo lo que permita la influencia iraní en el País de Los Cedros.

Saad Hariri justificó su dimisión aduciendo un complot para asesinarlo. En su argumento, a la aludida conspiración la urdieron Irán, Hezbolá y el régimen sirio, los mismos que planearon y ejecutaron el atentado del 2005 en el que murió su padre, el entonces primer ministro Rafik Hariri. Pero Saad Hariri renunció estando en Riad y comunicándolo a los libaneses a través de la televisión saudita. La falta de claridad en las explicaciones que balbuceó, justifican la sospecha del presidente libanés Michel Aoun y del Tayyar al-Mustqbal (Movimiento El Futuro). La sensación que predominó en Beirut es que el primer ministro quedaba atrapado en Arabia Saudita, porque el príncipe Mohamed quiere reemplazarlo por su hermano Bahaa al frente del gobierno libanés.

Bahaa Hariri está totalmente alineado el reino saudita, país donde su padre amasó una fortuna y el poder político que lo convirtió en primer ministro. En cambio Saad parecía partidario de mantener el pacto con Hizbolá, defendido también por Michel Aoun, el general cristiano que comandaba las falanges (milicia de los maronitas) durante la guerra civil, y luego alcanzó un acuerdo con Hassan Nasrallah y el clero chiita para convertirse en presidente.

Nuevo orden

La única diferencia de la actual repartición étnica del poder (pactada en su momento con la bendición de Riad y Teherán) con la que dejaron los franceses en el Líbano, es la inmensa porción que quedó en manos de los chiitas. Y eso es lo que quiere cambiar Arabia Saudita.

Siempre hubo tumultuosas internas en la multitudinaria familia real saudí. En 1964, Faisal hizo abdicar a su hermano Saud por haber repartido entre sus 109 hijos el grueso del poder y también de lo saqueado a la compañía petrolera ARAMCO.

Once años más tarde, a Faisal lo asesinó un sobrino como venganza por la represión lanzada contra un sector de la familia. El sucesor fue Jálid, monarca al que le estalló la rebelión de los jeques religiosos que, siguiendo preceptos del wahabismo, exigían el fin de la sociedad con los “infieles” norteamericanos.

Al morir Jalid en 1982, lo sucedió el rey Fahd, quien ocupó el trono hasta su muerte, en el 2005. En el final de su reinado se tuvo que reconstruir la relación con Washington, dañada por Al Qaeda y el 11-S, dejando a la vista la consecuencia del wahabismo (cerrada vertiente teológica del reino) y de la financiación desde las arcas reales a las organizaciones fundamentalistas que, a su vez, financiaban a grupos terroristas.

En lo mismo se concentró su sucesor, Abdullah. Y ahora que está en el trono Salmán, se da el insólito hecho de la concentración del poder en manos de un príncipe. El padre reina, pero Mohamed gobierna.

Su tío Abdullah también había gobernado antes de sentarse en el trono, pero lo hizo en calidad de regente, desde que en 1995 un infarto dejó incapacitado al rey Fahd. En cambio Mohamed no es regente de su padre. Se supone que Salmán está en condiciones de reinar y gobernar, sin embargo, en los hechos, quien manda es ese príncipe de 32 años que ha encarcelado a decenas de familiares y altos funcionarios acusándolos de corrupción, en una maniobra que le despeja el camino hacia el poder total. Con todo ese poder, mientras impulsa una modernización que llevaría el país desde el Medio Evo hasta el siglo XXI sin escalas, reformula el tablero estratégico del Oriente Medio.

Arabia Saudita se militariza, se foguea en la guerra de Yemen y teje una alianza que incluye a Israel, mientras apunta su mira a Hizbolá en el Líbano, al régimen de Bashar al Asad en Damasco y al gobierno de mayoría chiita que encabeza Haider al-Abadi en Irak.
Cuando el todopoderoso príncipe Mohamed bin Salman al Saud decida apretar el gatillo, hará estallar una guerra directa con Irán.

*Publicado originalmente en Revista Noticias.