Por Mgter. Jorge Fantin, Docente y Director de la Maestría en Administración de Negocios y Aplicaciones Tecnológicas de Universidad Siglo 21.
El término inteligencia artificial ha pasado a formar parte del lenguaje cotidiano de la gente de la calle, aun cuando muy pocos saben con precisión de qué se trata y para qué podría servir.
Más allá de las aproximaciones al concepto a partir de las propuestas de la ciencia ficción, muy poco se sabe al respecto y menos aún acerca de las consecuencias que una adopción masiva de este tipo de soluciones podría tener para el nivel de empleo.
Muchos se maravillan cuando miran documentales sobre máquinas capaces de cocinar, atender llamadas telefónicas o conducir automóviles, pero pocos se preguntan qué podría significar esto para todos nosotros en el largo plazo.Toda tecnología es buena o mala dependiendo de cómo y para qué se utilice, y esta no es una excepción.

 

¿Es algo bueno que cuando formulamos una pregunta a una plataforma de atención al cliente, quien se encuentre del otro lado no sea un ser humano sino una pieza de software especialmente diseñada para simular una interfase amigable? ¿Está bien que a partir de ahora todos los trenes, subtes y buses funcionen sin choferes y sean reemplazados por tecnología inteligente? ¿Nos sentimos cómodos al dejar al criterio de un algoritmo qué es lo que podemos ver, leer o escuchar? ¿Nos entusiasma la idea de que un robot se encuentre al frente en una mesa de operaciones? ¿Nos gustaría que la maestra de nuestros hijos fuera reemplazada por una máquina?
Más allá de lo que cada uno de nosotros pueda opinar acerca de estas y otras preguntas similares, lo cierto es que las aplicaciones basadas en automatización inteligente han ido ocupando lugares que hasta no hace mucho tiempo se creían reservados exclusivamente para los seres humanos.
Pero en todo esto hay una pregunta fundamental que continúa sin ser respondida. ¿Estamos ante un avance tecnológico que permitirá elevar a toda la humanidad hacia un mejor estado de bienestar, o esto sólo servirá para el beneficio de una minoría, postergando al resto a una situación de fragilidad económica y social inimaginable? ¿Habrá más y mejores trabajos para todos o nos enfrentaremos a una ola de desocupación masiva por obsolescencia tecnológica de la fuerza laboral?
Es cierto que cada vez que emerge un nuevo paradigma tecnológico surgen las mismas dudas y hasta ahora la historia nos muestra que no deberíamos tener nada que temer.

Quienes ven con optimismo el fenómeno de la revolución industrial 4.0 siempre exhiben como prueba de su optimismo lo sucedido durante la primera revolución.

En efecto, cuando se pusieron en marcha los primeros telares mecánicos y la máquina de vapor, no sólo no se produjo una ola de desocupación masiva, sino que se inició un período de crecimiento económico que no ha parado hasta el presente.
A más de doscientos cincuenta años de su irrupción podemos afirmar que, tras un tortuoso período de ajuste no exento de víctimas inocentes y muchos padecimientos, la revolución industrial terminó introduciendo mejoras en la calidad de vida de miles de millones de personas y permitió que muchos bienes y servicios, antes reservados sólo para unos pocos, estuvieran al alcance de las mayorías.
Pero hay una gran diferencia entre la primera revolución industrial y la que ahora estamos analizando. Aquellas máquinas no eran inteligentes y su propósito era el de sustituir fuerza bruta por mecanismos capaces de emularla de manera más eficiente. Nunca pretendieron reemplazar a los seres humanos, sino a quienes tan sólo tuvieran para ofrecer su cuerpo y sus músculos: los animales de trabajo. Es por esa razón que la primera revolución industrial no generó desocupación. Nunca fue su propósito ni estuvo en condiciones de provocarla.
Claro que tampoco puede decirse que se haya tratado de un proceso sin percances y sin víctimas humanas, porque las hubo y en grandes cantidades, pero digamos que al final de un largo proceso de ajuste, la humanidad terminó alcanzando, en promedio, un mayor nivel de bienestar.

 

Pero hubo una víctima silenciosa y completamente inocente en esta revolución: el caballo. Suena raro, pero fue así.
Tras la revolución industrial la demanda de caballos para tareas agrícolas fue decreciendo de manera continua, y como estos no tenían la capacidad de trasladarse a las ciudades para reconvertirse en obreros o capataces en las nuevas fábricas, se quedaron sin trabajo.
De los más de 3 millones de caballos que había en Inglaterra a fines del siglo 19, en la actualidad quedan apenas unos 300 mil.
Algo similar sucedió luego de la invención y fabricación en serie del automóvil. Los conductores de diligencias pudieron convertirse en choferes o en obreros, pero los caballos que tiraban de ellas no tuvieron ninguna oportunidad.
En los EE. UU. la población de caballos alcanzó un récord de 25 millones de animales en el año 1920, justo en la época en que los automóviles empezaban a circular de manera masiva. En la actualidad, apenas quedan unos 4 millones.
Las primeras máquinas no eran inteligentes, así que nunca pusieron en riesgo a los seres humanos, sino a aquellos integrantes del sistema productivo que sólo tenían para ofrecer su musculatura.

Pero la nueva revolución industrial, la de la automatización inteligente, nos propone el uso de máquinas con capacidades comparables a las de los humanos.

Esta vez es diferente, y de ahí que sea lícito preguntar si hay riesgo de que los trabajadores del siglo XXI terminen siendo los “caballos” de la revolución industrial 4.0, y si así fuera, qué deberíamos hacer para evitarlo.
Las nuevas tecnologías no proponen automatización simple para tareas repetitivas, sino que aportan la capacidad de analizar contextos complejos, de identificar patrones y de elegir el mejor curso de acción, todo ello con niveles de productividad inigualables por cualquier ser humano.

¿Estamos frente a una amenaza de desempleo masivo como consecuencia de la introducción de soluciones automáticas inteligentes? Sin ninguna duda. ¿Hay soluciones? Es posible, pero no está claro.

Los primeros empleos que se perderán serán aquellos en los que el aporte de inteligencia humana sea limitado, como es el caso de la imputación de transacciones en un sistema contable o la conducción de vehículos que circulen sobre rieles.
También habrá sustitución parcial de tareas, liberando a muchos trabajadores de tener que realizar trabajos relativamente sencillos, pero poco creativos, dejándoles más tiempo para enfocarse en aquellos para los que se encuentren mejor capacitados.
Así es como, por ejemplo, los médicos dejarán de diagnosticar en base a la interpretación de análisis clínicos, pero seguirán atendiendo pacientes y los abogados ya no tendrán que buscar antecedentes jurisprudenciales para sus casos, pero continuarán redactando alegatos.
Estos trabajadores, ahora relevados de la obligación de tener que realizar tareas poco creativas, aumentarán notablemente su productividad. La duda es si esto llegará a generar redundancias o no.
Algunos estudios nos hablan de porcentajes de sustitución del orden del 30 al 40 por ciento, lo que significa que de cada tres profesionales, uno podría quedar redundante, salvo que la demanda de servicios profesionales aumentara en un porcentaje similar como para compensarlo.

Más adelante, a medida que la inteligencia artificial vaya ganando en capacidad, irán sustituyéndose tareas más complejas, poniendo más presión para encontrar empleo para los que vayan quedando a un costado.

¿Y qué pasaría si la tasa de sustitución de trabajadores fuera mayor y más acelerada que la de crecimiento de nuevos empleos?
Pongamos números a las ideas. Supongamos que un banco pudiera sustituir a diez analistas de riesgo por un sistema autónomo inteligente y conservara al mejor de sus analistas para oficiar como auditor y control de calidad del nuevo sistema. Frente a esta tasa de sustitución de 0.1, por cada nuevo empleo generado hay diez desplazados. Ahora bien, para que los restantes nueve analistas pudieran encontrar trabajo como auditores y controles de calidad deberían abrirse nueve nuevos bancos, o el mismo banco debería crecer nueve veces su tamaño. ¿Parece realista?

 

La sustitución será inevitable y es muy posible que muchos trabajadores no puedan elevar sus niveles de capacitación para evitar el mismo destino de aquellos caballos en el siglo XIX.
Pero hay otro tema sobre el que no hemos visto demasiados análisis: el riesgo de que la nueva revolución industrial termine destruyendo más mercados de los que pueda crear.
Supongamos que una cadena de comidas rápidas decida sustituir a sus empleados por máquinas capaces de tomar pedidos, procesar pagos y elaborar hamburguesas y papas fritas. Imaginemos también que una universidad reemplace a sus profesores por computadoras para ofrecer capacitación personalizada a decenas de miles de alumnos las 24 horas del día y que en un banco comience a procesar solicitudes de crédito mediante sistemas inteligentes prescindiendo de sus analistas.
Es probable que en un principio cada empresario se sienta satisfecho con los ahorros y aumentos en productividad conseguidos, excepto que hay un problema: sin saberlo y sin quererlo, se ha quedado sin clientes.
El ex analista de riesgo no tendrá dinero para llevar a sus hijos a comer hamburguesas, el ex empleado de la hamburguesería no podrá pagar la cuota de la universidad y el profesor universitario no tendrá empleo así que ningún sistema podrá otorgarle un crédito.

Es posible que lleguemos a tener un mundo perfecto, pero sin clientes.

Por supuesto que el avance tecnológico no se puede ignorar, pero sí es una obligación moral preguntarnos si debería analizarse la opción de establecer límites o impuestos a la implantación de soluciones autónomas inteligentes, cuando estas no signifiquen un genuino agregado de valor para la sociedad.
¿Qué nos espera y cómo podemos enfrentarlo?
Cuando hombres y caballos fueron amenazados por las máquinas de la primera revolución industrial, los primeros encontraron refugio en las nuevas fábricas que empezaban a instalarse en las ciudades, en tanto que los últimos se quedaron en el camino. Quizás ahora también debamos salir en la búsqueda de un refugio, sólo que en esta ocasión la opción está más cerca de lo que imaginamos: nuestra propia humanidad.

 

Aquellas profesiones en las que el empleo de atributos exclusivamente humanos, como la empatía y la capacidad de sentir y transmitir emociones, sean un requerimiento excluyente, serán las menos vulnerables.
En este nuevo mundo, trabajadores tales como artistas, sacerdotes, filósofos, escritores, pensadores, investigadores, creativos, diseñadores, enfermeros, cuidadores de niños o enfermos y mentores, entre otros, estarán a salvo del desempleo.
En un mundo en el que la inteligencia artificial sea capaz de ofrecer soluciones inteligentes comparables con algunas maneras de la inteligencia humana, sería una pésima idea tratar de competir, así como hubiera sido un error que un trabajador rural del siglo XIX tratara de ser más fuerte y resistente que una máquina de vapor para mantener su empleo.
La respuesta está en la explotación de nuestra única ventaja competitiva sustentable: nuestra humanidad.