En un nuevo aniversario del Día Mundial del Orgullo Gay –28 de junio–, recuperamos las experiencias de cuatro activistas LGBTIQ invitados por el Área de Género(s) y Diversidad Sexual del Decanato de Ciencias Sociales y Humanas de nuestra Universidad, que reflexionaron sobre los desafíos de diversidad, disidencia e inclusión.[1]

El primer disparador que propone Noe Gall, doctoranda en Estudios de Género (CEA-UNC), activista feminista y lesbiana pro sexo, es el acceso a la cultura. “Desde el Festival el Deleite de los Cuerpos, estamos en Córdoba hace ocho años haciendo actividades culturales con este fin: los derechos y accesos públicos son sumamente necesarios”, afirma.

“La cultura de la heterosexualidad se construye y distribuye masivamente, sin embargo, nosotras no tenemos lugar en los medios”, señala. Cita como ejemplo una de las publicidades que se utilizaron para el Mundial, que luego fue retirada, ya que se refería a la comunidad gay a partir de todos los lugares comunes a los que podía apelar. “Estaba pensada para un público específico, heterosexual, con el que podían enfatizar y reírse del puto, marica, homosexual” expresa y a la vez aclara, fue algo que molestó no sólo a la comunidad LGTB sino también a muchas personas heterosexuales.

“Este tipo de publicidades construyen cultura, que es la que nos mata y nos está costando la vida. Hay 38 mujeres trans* y tavestis asesinadas y muertas por abandono del estado”, agrega.

“Entre el chiste y la violencia hay una relación directa. Por eso, señalo la importancia de generar cultura y herramientas críticas hacia las representaciones de gays, lesbianas, porque la burla, la estigmatización y el chiste fácil, ya no van”.

“Hay que generar otras cabezas, otras sensibilizaciones para tener un acceso real al mundo. Necesitamos una cultura que nos haga parte. Yo preferiría que el Mundial sea más inclusivo. Que dejemos de ver varones y un negocio. Ni hablar que un jugador se mostrara gay adentro de su equipo de fútbol. Seguramente hay muchos homosexuales pero no están los marcos habilitados para que esa persona se visibilice”, afirma.

Otro aspecto para abordar la temática de diversidad o disidencias sexuales es entender la diferencia entre sexo y género. Quien ilustra al respecto de esta tensión es Beto Canseco, doctor en Estudios de Género (CEA-UNC) y activista de la disidencia sexual.

“Debemos pensar la heterosexualidad no como un casillerito más a completar en un formulario, sino como el régimen político, obligatorio y compulsivo que obliga a nuestros cuerpos a habitar el mundo de un determinado modo y no de otro. Todo lo que está por fuera de lo heterosexual se consideran identidades complementarias o cuerpos desviados, que no son parte de la norma, que es heterosexual”, explica.

Cita a través de las reflexiones de Simone de Beauvoir: “no se nace mujer, se llega a serlo”,  un puntapié que “nos ayuda a pensar una distinción del sexo –que en principio se va a pensar- como lo dado, lo natural y el género, que sería la interpretación cultural que se tiene de esa materialidad. No toda hembra humana llega a ser mujer”. Y a la vez afirma que este puntapié inicial de pensar el sexo dentro del mito de lo dado, comienza a ponerse en cuestión.

Propone el siguiente ejemplo: cuando nace un bebé, cuando ese sujeto llega al mundo “rápidamente lo primero que se pregunta es por el sexo, y cuando se lo dice a través del saber médico no solo se nombra una característica corporal, sino que a ella se adosan todos los mandatos que esa asignación sexual y genérica deberá tener o cumplir”; es decir, ese sexo se convierte en género asignado, a tal punto que atraviesa el imaginario que ese sujeto futuro deberá cumplir. “Hay un futuro que se imagina de ese cuerpo: nombres, roles, formas de conducirse, de habitar el mundo”, expresa Canseco.

El cuerpo, enfatiza, “es el resultado de disputas de poder” por lo que “si pensamos que el sexo está solo en el lugar de naturaleza, se convierte en una verdad develada y allí no entra la crítica ni la discusión política.” Propone en cambio, comprender el cuerpo como campo de disputas de poder en el entramado de esa heterosexualidad compulsiva, en tanto régimen político que interviene en la regulación y ordenación de los cuerpos. “Si pensáramos en el marco de la separación entre sexo y género, podríamos advertir que ni siquiera se corresponderían –uno con otro de manera obligatoria-, pero esa coherencia –a tal sexo tal género- está articulada políticamente a través de diversos mecanismos sociales y políticos, como el estado, la iglesia, el saber médico o psicológico”.

Para hablar de “género” Canseco propone distinguir entre Identidad de género –que es cómo me reconozco en el espejo, tiene que ver con auto percepción que todas y todos tenemos-, y la Expresión de género, –cómo performamos esa masculinidad o feminidad en el mundo, cómo se hace reconocible por otros y otras-.

“La reivindicación genérica no es una zoncera, no es una cuestión subjetiva particular. Está en juego nuestro ser humano, ser sujeto se hace inteligible a partir del género en el que somos leídos. Cuando pensamos en los derechos humanos de las mujeres o de la comunidad LGBT estamos diciendo que a la hora de pensar la humanidad, no estábamos pensábamos en ellas/os”, afirma.

Además, propone una tercera categoría de análisis –además del sexo y el género- que es el Deseo sexual, a partir de la cual podemos pensar desde cuando la utilizamos como herramienta “categorizadora” de las personas –heterosexuales/homosexuales-. Y destaca que esto no es más que una de las formas en las que se podría poner en juego como “clasificar” a las personas en base a su sexualidad, ya que podríamos usar otras categorías como; “Si se masturban, si necesitan un vínculo afectivo, si necesitan un juguete sexual…”, de allí el carácter político del deseo.

Con esto, concluye: “Hay que pensar el género como una actuación, no como una esencia. Estamos tomando un guión de lo que es lo femenino y masculino en un mundo marcado por lo heteronormativo”, buscando referirse a este aspecto coercitivo del género en el marco de la hetero-norma.

A su turno, María Alejandra Navarro, trabajadora social  y referente provincial  de Trabas peronistas habla sobre las dificultades de la comunidad trans* para acceder a un empleo formal. “Se nos complica de manera, cuasi imposible, acceder a un trabajo formal. Nos queda el trabajo sexual”, señala.

“¿Qué significa la dignidad del trabajo? Para las personas hetero, gay o lesbiana es la posibilidad de lograr un ascenso en la categoría social. ‘Si consigo trabajo puedo escalar’, acceder a la movilidad entra diversas clases, ese es el pensamiento. Sin embargo, las compañeras trans* no tienen esa posibilidad. No podemos pensar en comprarnos un auto, una moto. No estamos teniendo la posibilidad ni de pensar a mediano plazo. Y estas cuestiones que se pueden sentir tan básicas, como por ejemplo hacer changas, tener oficios, nosotras no tenemos si quiera esas opciones”, dispara.

“Se nos cosifica tanto, se nos sexualiza tanto, que el único espacio que nos dejan es la calle y la noche”, sostiene Navarro.

Además, Navarro plantea que la falta de trabajo equivale a la ausencia de derechos: “Si hablamos  de inclusión, no nos olvidemos que hay muchas compañeras que no terminaron el secundario. ¿Las obligamos a cursar la escuela? ¿Cómo sobreviven? Vuelven a estar excluidas. Entonces hay que debatir qué hacemos con el cupo laboral, porque aparecen también este tipo de problemas: es costoso ingresar al mercado laboral”. Y a la vez expone que quienes han atravesado exitosamente un proceso de formación, se encuentran con todo otro set de discriminaciones, prejuicios y exclusiones, que nuevamente las expulsa o peor aún les priva de antemano el ingreso al mercado de trabajo formal.

Por último, resalta la importancia del acceso a la salud, entre ello, a gozar de una práctica deportiva. “La salud, el deporte, el trabajo, no son derechos ajenos, nos pertenecen. Si no empezamos a construir desde ahora, cuando lleguen las vacas flacas nos va a costar un perú”.

A continuación, Santiago Merlo, licenciado en Comunicación Social y miembro de la Red Nacional de Docentes Trans comparte su experiencia como docente trans* de la Provincia. “A mí transición la hago en una escuela donde trabajo hace cinco años. A mitad de camino, hablé con la directora, no como un pedido de permiso sino porque esperaba que aquello que fuera surgiendo de las y los docentes, lo fuéramos trabajando en el taller”, cuenta.

Previo a salir del closet, Santiago montaba un personaje en su ciudad natal, Villa Dolores. “En 2004 me fuí, anduve 10 años fuera de Córdoba y dije: ‘el día que vuelva voy a volver de la forma que quiero ser’”, recuerda.

Así fue que en 2013 entró al Programa de Inclusión y Terminalidad (PIT) en el Ipem 92 de Argüello. “Es una comunidad muy vulnerable y me he sentido muy abrazado por ellos, cuando debería haber sido al revés. Porque en este camino, los que más naturalizan las cosas son los chicos”, explica.

En 2015, y advirtiendo la necesidad de repensar el proceso político y pedagógico del cuerpo, auto gestionó un taller para comprender cómo iba a ser su transición. “Hablamos sobre los derechos del niño, y nos paramos en el Derecho a la Identidad. Es necesario hacer en Córdoba material pedagógico para trabajar en las aulas y que la diversidad sea transversal y obligatoria para poder entendernos”, opina.

“La profe que ustedes conocían se llama Santiago y me van a tener que respetar como tal”, afirmó en aquél entonces ante sus alumnas y alumnos presentes.

“Que el cuerpo trans sea un territorio pedagógico, eso lo tenemos tomar como una oportunidad. Pensar que las teorías se bajan a tierra, que podemos preguntar todo lo que queramos preguntar porque entendemos que el cambio cultural se hace en pequeños y grandes entornos. Todos somos multiplicadores de esto”, reflexiona.

[1] Extractos del Panel sobre Derechos LGTBIQ – Desafíos de diversidad, disidencia e inclusión, dictada en el marco del Día Internacional de lucha contra la discriminación por Orientación Sexual, Identidad de Género y su expresión.