Por Lic. Claudia Guevara y Lic. Federico Lozzano de la Licenciatura en Relaciones Internacionales.

Han pasado dos años desde que Donald Trump llegó a la presidencia de Estados Unidos, con lo cual se observa que los daños causados por su Gobierno en el ámbito de las relaciones internacionales han sido mayores de lo que se temía. Además, el país se ha caracterizado por un período de algo que podría denominarse “anti-política exterior” debido principalmente al modo de operar de la administración Trump, por lo que se puede afirmar que sus acciones rozan la irracionalidad en cuanto a las relaciones tanto bilaterales como multilaterales.

Queda claro que siempre hay una ruptura cuando llega un nuevo presidente a ejercer su mandato. En enero de 2009, lo primero que hizo Obama al llegar a la Casa Blanca fue firmar un decreto para cerrar la prisión de Guantánamo, el símbolo de los abusos cometidos durante la administración del republicano George W. Bush. Pero este no es un país de virajes bruscos. La continuidad suele prevalecer; Guantánamo, que ocho años después sigue abierto, es la prueba de esto.

Según Kitchen (2010), la política exterior es un conjunto de acciones y estrategias de carácter sistémico, llevadas a cabo por diversos Estados que buscan lograr sus objetivos y mantener relaciones beneficiosas con otros países.

Por ello, se puede decir que no estamos frente al desarrollo de una verdadera política exterior de Estados Unidos, al menos no desde la óptica Republicana, y mucho menos desde la Demócrata. En todo caso podría pensarse que nos encontramos frente a un “outsider” de la política norteamericana, noción que algunos sostienen como un valor en tanto que de alguna manera se opone al establishment (del cual él ha formado parte en algún momento).

Sin embargo, con el correr de sus acciones, cada vez más son los adeptos a ponerlo en la lista de los peores desatinos cometidos por un país que enarbola la bandera de la paz y la democracia como carta de presentación.

En el contexto particular de América Latina, se podría decir que en términos de “diálogo de intereses entre países” nunca fuimos tenidos en cuenta para el gigante del norte, sin embargo, en la era del nuevo presidente norteamericano parece que la confrontación es la política más visible para con la mayoría de los países de América Latina y el Caribe.

Los casos que ejemplifican dicho comportamiento son numerosos, algunos de los más representativos son: la cuestión del “muro” en la frontera con México; la decisión de quitar el amparo contra la deportación a cientos de miles de inmigrantes latinos en EE.UU.; renunciar  al Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP) con países latinoamericanos y asiáticos; cuestionar al tratado NAFTA de libre comercio entre EE.UU, México y Canadá; y no menos importante las cuestiones comerciales hacia Perú, Argentina y Brasil en menor medida.

Por su parte, la salida de EE.UU. del TPP ha perjudicado claramente a tres naciones latinas: México, Chile y Perú que esperaban poder ampliar su espectro y capacidad comercial para con los vecinos asiáticos. Este accionar, responde en efecto al slogan de campaña propuesto por Trump de America First, el cual en síntesis es una propuesta de aislamiento y renegociación de tratados que perjudicaban a los Estados Unidos.

Otro hecho sumamente relevante para la política internacional hemisférica, es el recorte presupuestario en la participación de EE.UU. en la Organización de Estados Americanos (OEA), de la cual la mayor parte de los miembros pertenecen a América Latina. Esto es el claro reflejo de un alejamiento unilateral de Estados Unidos de las decisiones regionales, y el hecho de que sus intereses en la actualidad no se rigen por la convergencia con los de los demás Estados, sino en buscar el beneficio propio a toda costa y sin importar las formas.

Según un análisis de la BBC Mundo, de julio de 2017, se puede observar que las relaciones de EE.UU. con América Latina no han sido prioridad ni lo van a ser en el futuro próximo, en tanto dichas relaciones han pasado más por cuestiones formales, y en algunos casos en tono de burla por parte del presidente norteamericano.

Por su parte, Michael Shifter, presidente del Diálogo Interamericano, sostiene que “se ha comentado en otras administraciones que a Washington no le importa América Latina, y eso es cierto, pero ahora es dramáticamente peor”.

Y las consecuencias de eso ya se vislumbran, incluido un desplome de la imagen de EE.UU. en América Latina y una creciente influencia China en la región.

En otras palabras, América Latina debe posicionarse de modo diferente ante Estados Unidos, ya que no puede esperar nada su presidente Donald Trump.

Nuestra región tiene que buscar nuevos socios o mejorar condiciones en Europa y Asia priorizando inversión y asistencia técnica en ciencia y tecnología, facilitando de este modo el camino comercial con dichas territorios; tratando de buscar el beneficio mutuo.

Mirar hacia arriba con cautela y mientras tanto ampliar el horizonte de posibilidades puede significar un crecimiento en términos de una región que debe madurar para encontrar su posición frente a la adversidad.