Lic. Gisela Caraglio, Coordinadora de la Diplomatura en Competencias para la Inclusión Social y Laboral.

A lo largo de la historia, existieron distintas concepciones sobre las personas con discapacidad, la mayoría de ellas discriminatorias y relacionadas a la anulación de derechos. Hoy todos somos responsables de promover su inclusión y respeto en condiciones de igualdad.

Dicen que los grandes cambios llevan mucho tiempo. Sobre todo aquellos que implican saltos cualitativos en las sociedades y en la evolución de la humanidad. Este tipo de procesos históricos conllevan crisis, dolor y luego revoluciones. La lucha de las personas con discapacidad por no ser discriminadas es uno de ellos.

Según la Organización Mundial de la Salud, la discapacidad es “toda restricción o ausencia debido a una deficiencia, de la capacidad de realizar alguna actividad en la forma o dentro del margen considerado normal para el ser humano”. Puede ser temporal o permanente, reversible o irreversible. Es una limitación funcional, consecuencia de una diferencia, que se manifiesta en la vida cotidiana.

La discapacidad se tiene. La persona no es discapacitada, sino que está discapacitada.

El movimiento mundial “Nada sobre nosotros sin nosotros” o la declaración de la Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad de la ONU en 2006 son logros recientes en la historia que responden a décadas de lucha por la no discriminación.

A lo largo de los años surgieron distintas reivindicaciones, resignificaciones de la discapacidad, cambios de conceptos, paradigmas y el mismo lenguaje se vio obligado a cambiar para dar lugar a otras posibilidades, y sobre todo para otorgar dignidad y humanidad a personas que durante años fueron denigradas y estigmatizadas.

A principios del Siglo XX era común que a las personas con discapacidad se las denomine retardadas, incapaces, minusválidas o idiotas, ubicando a esta condición física en un status de maldición o castigo divino. Son conocidas las historias de personas que solían ser escondidas en sus hogares para que nadie las pudiera ver.

Esta concepción fue mutando a lo largo de las últimas décadas, entre tantos intentos de cambio y avance. El Modelo Médico-rehabilitador surgió como otra manera de concebir a las personas con discapacidad, consideradas como cuerpos-mentes que debían ser “tratadas para el logro de la normalización”.

De a poco, se comenzó a transitar desde una concepción discriminatoria y excluyente, hacia otra más ligada a la integración, sin que esto implique grandes avances para su calidad de vida o el respeto pleno de sus derechos.

A mediados de siglo comenzaron a cobrar fuerza nuevos movimientos que nos traen hasta la actualidad, pero con una característica distintiva.

Esta vez, son las mismas personas con discapacidad quienes comenzaron a encabezar las luchas por sus derechos y la presencia en nuevos espacios, llevando consigo la bandera de la no discriminación.

Sumado a esto, el Modelo Social junto a la Convención sobre los Derechos de la Personas con Discapacidad que en nuestro país es ley desde el año 2006, proponen un cambio que impacta directamente en las responsabilidades no sólo de los estados sino en toda la sociedad civil.

Hoy la discapacidad ya no es una condición relacionada a una deficiencia física de las personas, sino que es producto de las barreras impuestas por el entorno y la sociedad, que dificultan su participación plena y efectiva en igualdad de condiciones.

Todos y todas somos responsables de exigir que sus derechos sean respetados. No hacerlo es permitir que la discriminación se sostenga, convirtiéndonos en cómplices por acción u por omisión.

La no discriminación, el respeto, la inclusión y la aceptación de la diversidad son máximas para convertirnos en una sociedad cada día más armónica y evolucionada en donde podamos vivir en paz.