El Dr. Rubén M. Pereyra, Cotutor de la Licenciatura en Psicología de Siglo 21, se adentra en el campo de la neurociencia y, más específicamente, de la neurofilosofía. 

Para muchos autores, Churchland entre uno de ellos, la neurociencia tiene un interés central y creciente para la filosofía. Partiendo de la base de que los procesos cerebrales son su objeto de estudio es innegable que la filosofía, como disciplina del pensamiento, está involucrada en la discusión. La rama científica que relaciona ambas inquietudes se denomina neurofilosofía.

En otro orden, Churchland defiende el llamado “materialismo eliminativo”. Este concepto postula que los procesos cerebrales de la neurociencia coinciden con los procesos mentales, objeto, entre otros, de la psicología. Sin embargo para este autor, la psicología debería ser eliminada como disciplina ya que no está desarrollada ni evolucionada como la neurociencia, porque si no su paradigma coincidiría enteramente con el de la misma. Lo cierto es que este reduccionismo como todos, obtura posibilidades y perspectivas de aperturas, de campos de comprensión, de los imbricados mecanismos y procesos del pensamiento humano.

Algunos pensadores griegos como Parménides (s. V a.C.) sostenían que “es lo mismo pensar que ser” Este es otro reduccionismo en donde el ser de las cosas está determinado por el pensamiento sobre ellas quedando fuera el universo material que las compone. En este sentido  la ciencia no sería más que algo meramente especulativo ya que bastaría solo “pensar” para construir teoría sin que sea necesario someterlas a valoraciones empíricas.

Si las palabras (lenguajes) como las ideas, son medios para el pensamiento pero nunca el pensamiento mismo, entonces, ¿es posible pensar sin lenguaje?

Aristóteles establecía una jerarquía: la palabra escrita, la palabra hablada y el concepto o idea. De este modo nos permite plantearnos otro interrogante: ¿la idea es el pensamiento o este puede ir más allá de la idea, puede no depender de ella para su desarrollo?

Desde las neurociencias se sabe que la escritura es de naturaleza espacial y que al fonetizar palabras a través de la lectura se les imprime una naturaleza temporal. La escritura depende de la memoria visual que, en comparación a la memoria auditiva de la lectura, es más pobre a nivel temporal. Estas últimas consideraciones nos permiten introducirnos en la problemática de las significaciones. Es decir, que es viable encontrar o descubrir el concepto correspondiente de una palabra antes de ser pronunciada o incluso después de haberlo hecho en otro tiempo, fenómeno llamado elipsis. Esto implica la posibilidad de liberar materia en cualquier escrito dotando al mismo de un dinamismo inigualable en términos de pensamiento humano.

Otro de los fenómenos susceptible de ser explicado por la neurociencia es el desajuste temporal (o no correspondencia) entre el momento en que oímos una palabra y el momento en que le atribuimos un significado o concepto correspondiente.

Esta premisa nos permite sostener, como mencionáramos en párrafos anteriores, que las palabras no son la causa del pensamiento, sino que son sólo un medio posible, entre tantos, capaces de lograr el mismo fin: un pensamiento.

¿Pensamiento sin palabras?

Desde antes que apareciera la semiótica como disciplina que estudia los signos y discursos sociales entendemos que existe el lenguaje de los gestos, las imágenes, los silencios, etc. Darwin (1891) en su obra “The descent of man”, expresó casi en la totalidad de su capítulo V, la comparación entre las facultades mentales del hombre y los animales inferiores a él. En esta obra sostuvo que el hombre no es el único animal que posee lenguaje: los monos utilizan gritos de alturas sonoras variables y los perros cuentan con un amplio repertorio de ladridos; sin embargo también postuló que este sistema de comunicación corresponde más a señales sonoras de alarma que a una compleja estructura de lenguaje.

“Lo que diferencia al hombre de los animales inferiores, es la facultad infinita-mente más grande que él posee para asociar los sonidos más diversos con las ideas más diferentes, lo que depende evidentemente del desarrollo extraordinario de sus facultades mentales (…). No se puede desarrollar un pensamiento prolongado y complejo sin la ayuda de las palabras”.[1]

Mucho tiempo después sucesores de Darwin admitieron que el llamado homo habilis (un millón de años) usaba gritos con significados en una especie de prelenguaje, con fines comunicativos entre sus congéneres. El homo erectus ya presentaba un protolenguaje pero el verdadero lenguaje apareció alrededor de doscientos mil años con el homo sapiens.

Estos son hechos históricos que permiten asociar un contexto evolutivo en el surgimiento del lenguaje y argumentar que no siempre el mismo tuvo forma verbal a través de palabras. Sin embargo es de suponer que el hombre siempre pudo pensar.

En dos poblaciones de nuestro globo terráqueo subsiste actualmente una forma de lenguaje elemental llamado “pidgin”, son los Melanesios y los Caraíbes, grupos de islas (del griego:melas, negro,nesio) del Pacífico sur, como Nueva Guinea, Kanaky, Vanuatu, Salomón, Fiji, Santa Cruz, así como en otras más pequeñas y en los archipiélagos de Bismarck y el de las Luisíadas.

El pidgin es considerado un prelenguaje destinado a transmitir informaciones personales sin sintaxis, es decir, sin reglas que determinen un orden de subordinación de sentidos y sin razonamiento referido a conexiones causales y lógicas.

Dejando las cuestiones evolutivas, neurocientificamente es posible aseverar que el hemisferio derecho posee capacidades cognitivas no lingüísticas como son: el reconocimiento holístico de las imágenes visuales, de los rostros, de las mímicas y las melodías, por tanto, posibilidades de generar objetos de pensamiento sin el lenguaje como históricamente lo conocemos.

También hechos patológicos como el síndrome de las desconexiones hemisféricas, ciertas afasias, las demencias semánticas, los sordomudos, aportan ejemplos bien palpables de pensamientos sin lenguaje verbal.

En este recorrido por tanto nos interesa poder bordear el equívoco de que toda filosofía depende de su sujeción a las palabras. A pesar de que casi todos los filósofos sostienen que las palabras son instrumentos groseros, incapaces de asir la realidad nos vale la pregunta: ¿es posible una filosofía sin palabras? Y ¿es posible una filosofía sin pensamiento?

Estos interrogantes como piedra de toque podrían ayudarnos a ir más allá de la reflexión sobre la relación entre pensamiento y lenguaje. Como ya lo sugería Deleuze (Cine II: 2009), podríamos comenzar a indagar sobre la existencia de una filosofía de signos entendiendo como signos también a las imágenes. ¿Cómo nos vemos frente al horizonte de una comunicación y un pensamiento no atravesado por las palabras?

Estas líneas pudieron ser elaboradas antes de constituirse en pensamiento lingüístico… pudieron ser pensadas justamente sin palabras.  Quizás si otra fuera nuestra cultura, si otro fuera nuestro contexto, otra fuera la época evolutiva en la que escribiéramos, nada de este ensayo pudiera haber sido posible… al menos en palabras.

Lo cierto es que cerebro, pensamiento, psiquis, son constructos imbricados en una trama compleja y en esa complejidad formando parte de un flujo dinámico, surgen los productos del pensamiento a veces expresados en palabras, pero sin dudas con origen en protoimágenes, protosonidos, protosensaciones olfatorias, táctiles y gustativas que resultan en unidades modulares creadoras y con capacidad génica de pensamiento rudimentario luego convertido en pensamiento superior.

Es preciso en este recorrido reconocer que el pensamiento hegemónico dominante marca su impronta en la imposibilidad de concebir un pensamiento sin palabras, ya que las palabras son también capital y por ende poseedoras de valor agregado, facilitando la creación y establecimiento de categorías y jerarquías de evidente valor social.  Desde esta lógica aparece la casi prohibición de siquiera pensar una filosofía sin pensamientos…expresados mediante este universo que conocemos estructurado en base a las palabras…

Sin embargo, a medida que la neurociencia avanza a nivel cognoscitivo otros horizontes parecen abrirse, horizontes que nos obligan a replantearnos supuestos dados como hechos. De allí la pregunta inicial, ¿es posible un pensamiento sin lenguaje?  

 

[1] Darwin, 1891, pp. 90.