Por Soledad de la Riva, Directora de la Diplomatura en Diseño y Comportamiento Humano.

Muchos de nosotros estamos muy preocupados. A muchos de nosotros no nos gusta lo que estamos viviendo. Nos alarma el nivel de violencia que vemos cada día, ya sea en ámbitos sociales como en ámbitos familiares.

Muchos de nosotros hemos probado con distintas estrategias, pero no hemos logrado buenos resultados. Es urgente que empecemos a pensar cómo construir un mundo menos violento. Es urgente comenzar a asociarnos para buscar y encontrar recursos para vivir de una forma más equitativa, pacífica, sostenible y satisfactoria.

Un inicio posible sería comenzar haciéndonos algunas preguntas:

  • Por qué si cada niño que nace y está dotado para convertirse en un individuo amoroso, creativo, solidario, comprensivo y compasivo; vivimos en un mundo con tanto odio, tanta crueldad, tanta lucha y tanta destrucción.
  • Qué estamos haciendo como sociedad y cada uno de nosotros como individuos, que somos capaces de convertir un niño que nace con infinitas capacidades de amar en un adulto desesperado o lleno de furia.

Muchos de nosotros tenemos un deseo común: vivir en una sociedad menos virulenta. Es hora de repensarnos para recrearnos. Entonces, ¿por dónde comenzar con este “desafío creativo”?

Un buen punto de partida sería conocer la naturaleza humana y buscar la forma de recuperar esas cualidades humanas de comunicación, solidaridad, cooperación, respeto  mutuo y colaboración.

Es importante conocer que este sistema de sometimiento y dominación, en el cual estamos inmersos  -seamos conscientes de ello o no- no ha sido naturalmente la forma original de vincularnos ni de organizarnos como sociedad.

Si tan solo pudiéramos recordarlo….

Hubo una época anterior a esta civilización patriarcal, donde prevalecían la participación, la creatividad y los afectos; donde había más relaciones de cooperación, mutualidad, y solidaridad que competencia, jerarquías y sometimiento de los más poderosos sobre los menos poderosos. A distintas escalas hablamos de países sobre otros países, religiones sobre otras religiones, médicos sobre pacientes, maestros sobre alumnos, padres sobre hijos, adultos sobre niños, jefes sobre empleados…en todos los casos, la lógica es la misma.

Es preciso reconocer, recuperar, decidir con madurez y con voluntad comenzar a desplegar estas capacidades que están olvidadas o dormidas.

Si pensamos que una comunidad o una sociedad es la sumatoria de los individuos que la componen, podemos también pensar que las transformaciones de una sociedad comienzan cuando cada individuo registra y hace consciente la cuota de paciencia, comprensión, respeto por lo distinto, generosidad, compasión, creatividad para recibir las nuevas ideas o la cuota de intolerancia, odio, agresividad y destrucción que aporta en lo cotidiano.

Si cada uno de nosotros pudiera comprender cómo ha sido violentado en el pasado y como ha generado mecanismos de defensa también violentos que hoy lastiman a otros; si cada uno de nosotros  pudiera con consciencia y madurez comenzar a ensayar nuevas maneras de vincularse menos violentas; si cada uno de nosotros pudiera acompasar al niño que tiene cerca sin violentarlo, acompañarlo a desplegar sus habilidades humanas sin la necesidad de desplegar sus propios mecanismos de supervivencia emocional… Quizás esos niños devenidos jóvenes y luego adultos, sean capaces de organizar instituciones, empresas, corporaciones, comunidades y sociedades menos violentas.

Si pretendemos una sociedad más pacífica para vivir debemos cuidar, amparar y no lastimar a quienes son niños hoy. Debemos contagiar a padres, maestros, profesores, y toda persona que se relacionen con ellos para que sepan que tienen un tesoro entre sus manos. Debemos ser conscientes los adultos que los niños son el bien más preciado si pretendemos crear una sociedad menos violenta para vivir.

En la vida de los seres humanos hay dos etapas: una de “puro recibir”, amor, cuidados, nutrición, protección, amparo, compañía; esa etapa es la infancia y la adolescencia. Así cuando lleguemos a la adultez, que es la etapa de DAR, nos encuentre llenos y podamos ofrecer, acompañar, acompasar a quienes son niños en ese momento.

Cada niño amorosamente tratado se convertirá en adulto amoroso, que sin miedo saldrá a repartir, a compartir sus dones, sus atributos y sus habilidades personales en beneficio de todos; sin tomar para si, sin competir, porque necesita llenar su vacío. Si no, que estará dispuesto a DAR.

Si pretendemos una sociedad menos violenta debemos ocuparnos de la infancia con urgencia. ¿Cómo? Conociendo lo que es un niño en su diseño y naturaleza. Comprendiendo cómo “sin darnos cuenta” lo lastimamos y lo obligamos a generar mecanismos de defensa en lugar de desplegar su “humanidad”.

Comprendiendo que si lastimamos a quienes son niños hoy, ellos mismos lastimarán a los niños de mañana y así generación tras generación perpetuamos el sistema. Este es el momento de decidir con generosidad y madurez, hacer algo distinto, algo nuevo, algo innovador que rompa esta cadena de ceguera y sufrimiento.

Quienes somos adultos hoy, quienes somos guías, quienes somos maestros, quienes nos ocupamos de la salud y la educación, quienes lideramos equipos de trabajo, quienes estamos en la gestión humana, quienes estamos dispuestos a emprender, a innovar, a crear lo nuevo, a romper paradigmas obsoletos, debemos conocernos, encontrarnos, prepararnos, asociarnos e iniciar un viaje de aprendizaje junto a otros adultos que están haciéndose la misma pregunta: ¿Por dónde empezamos?